15 de desembre de 2019 15/12/19
Per Ángel Padilla
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Yo, amigo perro

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    Yo, amigo perro- (foto 1)

    Ayer domingo íbamos Iratxe y yo por la carretera, camino a ver a mi madre. Escuchábamos una emocionante canción de Medina Azahara, "Mañana amanecerá", y de pronto, como un golpe al alma con un bloque de hierro girante de grúa gigante vimos al torcer carretera frente a nosotros, por el carril de la izquierda un perro en el suelo, un hombre unos metros más allá con el chaleco de accidentes, haciendo gestos con el brazo a los autos para que siguieran por el resto de carriles (la autovía tenía tres). Su auto, cerca del del hombre, se encontraba detenido, claramente estropeado y a la espera de grúa. El auto había matado al perro, que habría salido despistado a la autovía. Lo más triste era la postura del perro, Iratxe lloraba como una niña, como una niña que ha descubierto que se ha ido de paseo por el campo y al volver ve que alguien ha bombardeado todo su pueblo, el perro estaba caído como boca arriba, cruzado en el arcén, semimirando con su hociquito abierto al cielo, inerte, sangre en la parte baja del cuerpo, un cuerpo en postura antinatural, el perro ya no miraba el mundo, intentaba yo consolar a Iratxe, con igual dolor en el alma, qué gran fracaso de este mundo. Iratxe tiene carné de conducir pero lleva años sin hacerlo por estas cosas, se sacó el carné y como vio que había peligro de atropellar algún animal, siempre se desplazó desde entonces en otros medios de locomoción. Es la primera persona de la que escucho algo así, y lleva años, Iratxe es vasca, los vascos son muy leales a sus ideas, a sus fraternidades, con un pañuelo lloraba, en vasco la madre tierra se llama Andra Mari. Me odio por conducir coche, me odio por, para poder seguir en la lucha animalista tener que seguir habitando este lugar de constante muerte, usando a veces sus vehículos letales (para ir a las presentaciones de libros he de viajar en coche, o en ese tren estúpido con gente con traje chaqueta que simula y cree ser superior a ¿qué?...) y sólo se me ocurre para mitigar este dolor que no termina día a día dedicarle a ese amigo desconocido y conocido de siglos, para su memoria bella y altísima, un poema con el que la gente conecta mucho y me es muy pedido. Id despacio y con los ojos muy abiertos con los coches, por favor, el mundo es un perro, y no es propiedad de nadie sino sólo hijo de la alegría, y portavoz de ella.

    DIME

     

    En este mundo hay padres que abandonan a sus hijos,

    amigos de años que de pronto te dejan de hablar.

    Un perro jamás lo haría.

     

    El hombre vende al hombre. Los soldados entran en las casas.

    La mujer y el hombre a lo largo de sus vidas mienten muchas veces.

    Un perro jamás lo hace.

     

    Los amores se rompen, amores de años, decaen y mueren.

    El amor del perro subsiste a la muerte.

     

    Dime si crees que como ama el perro hay algo superior aquí.

    Dime si su fidelidad es comparable a otra.

    Dime si pondrías la mano en el fuego por un amigo humano,

    en los momentos malos,

    en la ruina,

    la soledad,

    el caos,

    la muerte, hasta la tumba te sigue tu hermano perro. Tu hijo perro.

     

    Tu padre perro.

     

    Este mundo es un perro, que olvidó su corazón real.

     

    Que no sabe jugar como el perro.

    Vivir el segundo como el perro.

    Sentir las cosas en su profundo sentido sagrado como el perro.

    Ya no sabemos qué somos.

     

    Y mientras tanto las guerras, los atropellos, las cárceles llenas

    de culpables e inocentes.

     

    Suenan las campanas de una vieja iglesia.

    Parece que aquí todo va a ser igual y nunca va a cambiar.

     

    Y todo va a ir a peor.

     

    Los ojos de los que nos cruzamos por la calle lo atestiguan.

     

    Mas no dicen lo mismo los ojos del perro.

    Allí debemos buscar, aprender, reeducarnos.

     

    Dime si no tengo razón cuando digo

    que el perro que se ha ido de tu lado ha sido sólo por la muerte,

    que es la única capaz de vencerlos

    y que desde entonces jamás has dejado de sentirlo en tu pecho como una presencia más grande que el universo.

     

    Eso es porque ni siquiera en la muerte se van, centinelas. Y rodean nuestro campo de amapolas

    lamiéndonos los ojos cuando lloramos.

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