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Per José Luis Ramos
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Algunas autoridades me recuerdan un burro

    Cada vez que escucho, a alguna de nuestras autoridades, hablar del “fanatismo climático”, la “demagogia ecologista”, de los falsos “ecologistas”, o del “animalismo o la perversa Agenda 2030”, me acuerdo de un burro, que tenía mi tío “Ramón de Gruga”. Les contaré. Mi padre tenía un caballo, que su trabajo habitual era transportar el carro, lo que no resultaba muy pesado. Muy pocos días al año, el caballo tenía que labrar. Según el terreno, como era en nuestro caso, puede resultar muy pesado, y, más si el caballo no está habituado. El caso es que cuando mi padre veía cansado al caballo, lo dejaba descansar. Al parecer al caballo no le parecía suficiente el tiempo que se le daba. Así que, en esos tiempos de descanso, aprendió a escaparse, y regresar cunando se sentía descansado. Un día al parar de labrar y se dejó el caballo para que pasturara, mientras descansaba. Para que no se escapara, se le dejó enganchado a la “taulaora”. El caso, es que para escaparte el caballo intento librarse de la taulaora, dándole un par de coses. Casi se corta una pata por el tobillo, con una cuchilla de las que lleva la taulaora. El caballo lo transporté yo a pie, a casa desde la carretereta Bassa de les Sangoneres, del camí del Marge de Borriana. Algo más de 5 kilómetros. Resulta difícil de creer, porque el caballo se sostenía solo con tres patas, por lo que no podía caminar. Para avanzar, saltaba. Unas 6 horas estuve viendo sufrir al caballo, cada vez que hacía el esfuerzo de brincar, para llegar a casa. Eso era el año 1964, cuando todavía no se había superado la precaria situación económica que la guerra iniciada por los golpistas, había llevado a España.

    Como ocurre en el ámbito rural, en situaciones precarias, la familia y allegados acuden en ayuda de quien la necesita. El hermano de mi madre, Ramón de Gruga, nos dejó su burro para arrastrar el carro. Por cierto, a mí me hacía gracia que le llamaban Genaro. Unas cuantas semanas duró la experiencia. A mí me toco manejarlo. La sensación que me llevé fue que los burros era animales testarudos y desconfiados a lo nuevo. Pondré algunos ejemplos. Al caballo lo haces caminar hacia atrás, sin ningún problema. Al burro no. Es como si no se fiara de pisar lo que no ve. En aquellas fechas se veían las primeras bolsas de plástico. Cuando junto una carretereta había una bolsa o saco de plástico  abandonados, sobre todo si el viento los movía, y el burro tenía que pasar cerca, se plantaba y decía, por ahí no paso. Así que cuando se plantaba y no quería caminar tenía que mirar si había algo extraño en su trayecto y apartarlo. Se plantaba y se negaba a pasar, por los primeros pequeños puentes de hormigón, hechos en las carreteretas para cruzar las acequias. Acabé creyendo que los burros eran tercos y desconfiados con lo desconocido. Es decir, que rechazaban lo nuevo por desconfianza.

    Más tarde la escuela de la vida me hizo comprender que la capacidad de relacionarte con el entorno, depende de la inteligencia de cada persona.  Con posterioridad supe que para Stephen Hawking “la inteligencia es la capacidad de adaptarse a los cambios”. Dicho en palabras de otros intelectuales, el saber mucho no significa tener mucha inteligencia, porque la inteligencia es tener juicio para manejar la información que nos ayuda a entender que la realidad no es estática, sino cambiante. Esa es la razón por la cual, cada vez que escucho manifestaciones, negando el cambio climático, a alguna autoridad, me acuerdo del burro Genaro. Ello es así, porque solo hay que hablar con los que viven de la tierra o de la pesca en el mar. En ambos casos, te dirán que el clima ha cambiado. No lo dicen por lo que lean de los científicos, ni vean en los telediarios, sino por el cambio que observan en las cosechas y la pesca.  En fin, si los organismos científicos internacionales, meteorólogos, biólogos, etc., y hasta el Vaticano, afirman la existencia de cambio climático, y a pesar de ello, tenemos autoridades que lo niegan, significa que al igual que el burro Genaro, desconfían de todo cambio, y ello dificulta su adaptación al cambio climático que tenemos. Y según Stephen Hawking, ello les pasa porque carecen de capacidad para adaptarse a los cambios

    No sé cuántos de esos conocen los lectores, pero yo conozco alguno que otro, y algunos muy cercanos.

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