21 de juliol de 2019 21/7/19
Per Vicent Albaro
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Más allá de la tradición del toro embolado

Andan nuestros pueblos en estos días inmersos en sus fiestas patronales. Abres un periódico y todo son reseñas o crónicas de lo acontecido en los festejos el día anterior. Y eso implica una actividad febril de comisiones y gentes que organizan y trabajan para que la mayoría se divierta, conmemorando las fechas más señaladas de la población. En nuestros pueblos y en muchos otros lugares, los festejos taurinos abarcan una amplia panoplia del programa festivo. De hecho, el Bou de Vila, constituye el elemento primordial de los actos y la embolada, su ritual pagano y preferido por excelencia.

En los tiempos que vivimos donde todo está en tela de juicio, donde se habla y critica con suma facilidad absolutamente todo, muchas veces sin conocer en profundidad la cuestión, o bien conociéndola y tratando de aniquilarla por cuestiones ideológicas de mercado, o quimeras personales, el tema taurino es y será cuestión de polémicas y agrios desencuentros. No voy a entrar al fondo de la cuestión, aunque estoy bastante de acuerdo con la teoría conspirativa de que se nos quiere despersonalizar, se nos quiere aborregar tocando sensiblerías humanas con habilidad y astucia, para que todo parezca un florido pensil, un decorado teatral amable y super guay, cuando la vida por sí misma ya es un valle de lágrimas al que todos estamos abocados.

Hecho el preámbulo, referiré una reunión en Italia hace escasos días, con personas de ese país e incluso de Francia a tenor de otras cuestiones que no vienen al caso. Pero que allí también andan por estas fechas con las fiestas veraniegas del lugar. Y al entablar tertulia de sobremesa, sale como no, el asunto taurino español. Ni que decir tiene, que toda la argumentación antitaurina que pulula por ahí, sale a colación. Todo el preámbulo es horrible y sangriento. La brutalidad hispana con los toros no es entendible a dos mil kilómetros y pico de aquí. Y después de escuchar la argumentación con sumo respeto y silencio, con mi pobre italiano “prego” y mi francés del bachillerato del plan del 57, intento esgrimir una explicación que asumo a priori, quizás no será convincente, pero entiendo que al menos tendrán mis interlocutores, otros elementos de juicio para al menos, contrastar la leyenda negra de la tauromaquia.

Yo no soy ni he sido nunca un taurino fanático ni furibundo. De hecho, en mi pueblo, asisto a alguna desencajonada que me recomiendan, y la embolada de rigor como costumbre y tradición. No voy a las corridas de toros, aunque procuro estar al día y sé que el torero de moda es un peruano, un tal Andrés Roca Rey. Lo que sí soy es un defensor a ultranza contra los ataques a cualquier grupo, por aquellos que se erigen en justicieros de la causa de moda. Los anti, que los hay a montones, los que prohíben porque sí, y los que con argumentos pírricos y tendenciosos, manipulan y presionan a quien sea para conseguir sus objetivos. Así que recordando en aquel paradisíaco lugar,  la movida taurina de nuestros pueblos, y sintiéndome aludido por la barbarie mentada, me puse a hacer de abogado del diablo defendiendo la causa.

“Caro amici” le decía a mi interlocutor, mientras pinchaba con el tenedor una loncha de “Prosciutto”, una especie de jamón que allí elaboran. ¿Me puedes decir la diferencia que hay entre un “tombet de bou” y estas láminas jugosas que nos hemos zampado? ¿O la ternera mechada con patatas de segundo plato? Yo te lo diré, el toro de lidia que es un ejemplar único en la cabaña ganadera española, ha sobrevivido a la extinción como especie, precisamente por utilizarlo para la lidia. Ese toro que los animalistas lo revisten de sangriento final en una foto, o una imagen rebuscada, ha vivido cinco años como un rey en la dehesa, que es un espacio natural y ecológico de primer orden, milagrosamente conservada de la tala y la transformación, porque allí pastan los toros bravos. Bien comidos, bebidos, entrenados, con servicios veterinarios, protegidos del entorno, y todo para que den prueba de su casta y bravura en una plaza o calle. Con la opción del indulto si su actuación es excepcional. Y se mata, pues claro que sí…como el puerco del jamón, la ternera mechada, los atunes, o los millones de pollos y otras aves que crecen hacinados en granjas, y que son sacrificados en serie para alimentar a los humanos.

¿Y el espectáculo? Si se pone en tela de juicio cualquier tradición donde intervienen  animales, bestias que han acompañado al hombre desde la noche de los tiempos, apaga y vámonos. A un buen taurino, los animalistas anti todo, se le ríen o insultan cuando intenta explicar que en la corrida, entre el torero y el toro se produce una especie de ballet. No hace falta ser un entendido, para ver que en un lance con banderillas, el capote y la muleta, existe una danza gestual, rítmica, lírica y artística en sus movimientos. Poder compaginar ese encuentro con una fiera salvaje de seiscientos kilos, darle movimientos acompasados y transformarlo en un ritual medido, es un arte.

Cuando se critica ácidamente esta fiesta llamada nacional, entran en juego muchos factores que nada tienen que ver con el espectáculo en esencia. Nada importan sus valores étnicos, históricos, plásticos, económicos, culturales o sociales que inspiraron a Lorca, Goya, Picasso o  Hemingway, entre otros. Entran en juego elementos ideológicos, políticos y en cierta forma de acoso y derribo de viejas estructuras, que catalogan de arcaicas y trasnochadas los nuevos gurús del Orden Mundial. Sí esos que nos quieren achatar todas las aristas para hacernos vulgares y clonados para sus intereses y fines, revestidos de falso buenismo. Esos mismos que no soportan la genial individualidad del buen torero que derrocha, valor, nobleza, hombría y arte. Como un antiguo gladiador admirado y venerado por la plebe, acosado sexualmente por las matronas, y envidiado por los mediocres funcionarios del imperio, que no saben nada de valor y arrojo, y mucho de traiciones conspirativas.   

O de cómo en un pueblo perdido en cualquier lugar de la geografía hispana, unos jóvenes anónimos con un valor y habilidad extraordinarias, desafían a la misma fiera para recortarla, reducirla y atarla a un poste, ponerle un collar de campanillas, unos hierros a la cornamenta y fuego ritual en la noche. Unos imberbes bien organizados de apenas setenta kilos, contra una mole de seiscientos, manejándolo a su antojo. La inteligencia contra la fuerza bruta. Como aquellos Indíbil y Mandonio que en la vieja Iberia, diezmaron las disciplinadas e invencibles cohortes romanas, lanzando contra ellos en el campo de batalla, a los toros de fuego que diezmaron su disciplinada estructura combativa, para así asegurar la victoria de los débiles contra la todopoderosa Roma.   

Todo esto y más lo expliqué a los italianos y franceses en la provincia de Pordenone- Venetto. No sé ni me preocupa, el convencimiento o cambio de visión conceptual de la tauromaquia, pero puedo aseguraros que escuchaban embobados estas historias. Y también sé que somos producto de nuestra propia historia, y que ignorarla o desconocerla es un asunto extremadamente peligroso. Buenas fiestas.

 1 comentari
Vicent Bosch i Paús
Vicent Bosch i Paús
25/08/2018 10:08
Amb el temps, el que era, ja no ho és.

Quan encara tenia bones facultats físiques, fa molts anys, mai no vaig rodejar una vaca ni un bou. Tanmateix era un espectador de primera fila arrimat a la barrera, que jo no solia pujar, sinó em colava entre cabirons. Ara amb el temps i l'edat, no puja unes escaletes, encara que senta els cascavells. Jo no crec en les tradicions de les festes. Uns pobles copien dels altres, bous, processons, cort d'honor, entrades del ramat... fins a algun lloc es talla i enllà tenen unes altres tradicions, com falles, moros i cristians... I els bous podrien ser més democràtics, cada any a un barri. Així ho gaudirien tots i els cadafals no ocuparien el lloc a eternitat terrenal. Ara una vegada jubilats i vells o cansats, ho hereten els fills o els néts o el revenen.