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Hablemos de las fiestas

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    Hablemos de las fiestas- (foto 1)
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    Hablemos de las fiestas- (foto 3)
    Hablemos de las fiestas- (foto 4)

    Con la aparición de Libro de Fiestas la expectativa festera aumenta, es el pistoletazo de salida para preparar el ambiente de cara a estas jornadas anuales, donde la población se transforma. En pocos días el cambio es descomunal, pues de las calles solitarias y aburridas, se pasa gradualmente al lleno absoluto, notándose  extraordinariamente el viernes de la proclamación de la reina y damas. Aquí, como en otros muchos lugares, también hay personal que huye de las fiestas y aprovecha el parón laboral para viajar, o simplemente escaparse del bullicio y la masa frenética, que toma posiciones conforme se va desgranando el programa de actos. 

    A finales de agosto y siguiendo una antigua tradición, l’Alcora se transforma para honrar a su Cristo, una talla barroca que desde hace siglos se venera en la montaña del calvario. Allí acude el pueblo en procesión el último domingo de agosto, para rememorar la costumbre de festejarlo o pedirle favores y merced. Con los años las fiestas se han acomodado a los gustos de la época, y si en décadas pasadas los actos religiosos formaban el cuerpo grueso de la programación, hoy en día y desde ya hace muchos años, las actividades lúdicas lo engullen todo, en especial las taurinas.

    Así pues el cambio es demoledor, como lo ha sido el paso de una sociedad agrícola a industrial. En algún tiempo podía haber notables diferencias entra una u otra villa, hoy en día no existe prácticamente ninguna, ya que todas hacen los mismos actos, visten de igual manera y tocan la misma música charanguera, con la salvedad de mayor o menor participación de gente. A esta generalidad se ha unido la movilidad, esa que ahora permite desplazarse a otros lugares donde hay fiesta, con lo cual, la juerga puede ser permanente desde la primavera hasta bien entrado el otoño. Salvo honrosas excepciones, están todas calcadas, pues la fórmula que funciona en una localidad, se copia o se trata de copiar en la otra, y así va engordando el programa de festejos a la carta.

    Quizás lo notable radica en la sublimación del entorno rutinario, que transgrede lo cotidiano para transformarse. El adorno e iluminación de las calles, el gentío que se agolpa –cosa inusual a diario- la música, el colorido, el bullicio, pasacalles y actos señeros…aunque quizás no tanto, porque actos se realizan durante todo el año en imparable secuencia de fines de semana, organizados por una pléyade de asociaciones de todo tipo. El imaginario colectivo hace que se magnifiquen estos días, como si fuera una obligación cíclica, el gregarismo se adueña del baile de gala, la procesión, la cena popular, y también en los toros cerriles que convierten las calles en improvisado coso taurino.

    Alrededor de las funciones que van desgranándose con el paso de los días, existe una actividad extraoficial de reuniones familiares, partidas de naipes, tapeo, degustación gastronómica, casales particulares de las peñas, etc. el pueblo echado a la calle al menos una vez al año, aprovechando la bondad climática de finales de agosto. Todo son olores y colores fundidos en el rito, hecho leyenda por la memoria de los lugareños que gozan del placentero asalto de las calles, que ya no verán mayor gloria a un año vista. Y eso será, si por el camino no se pierde algún paisano engullido por la fatalidad de la parca, a la que por cierto, se la recuerda en una jornada festiva dedicada a los difuntos con borrosa difusión.

    Cuando vas entrando en años, las fiestas ya han perdido su novedad, y del brillo impetuoso juvenil no queda casi nada; cuando las fuerzas ya no te dan pábulo a excesos, ni riesgos estúpidos vistos desde la distancia, te avienes a observar a aquellos que ya no están, que no pasarán ya ante tus ojos en la masa que se agolpa en la calle central, a la hora de la merienda y después de estallar el cohete que  encierra al toro. Y es que a medida que envejecemos, somos como pequeños archivos de ausencias, los que estaban ya no los vemos, y los que están no los reconocemos. Así que el paisaje es cada vez más desangelado, y entonces intentas buscar tu sitio en un retal del programa, minúsculo, ínfimo, recatado e íntimo, que te devuelva la sensación de pérdida, esa que ya no encuentras, y que con cada festividad te hace zozobrar el alma.

    Pasó el tiempo, y los recuerdos son tantos y de tanta gente que ya se fue, o si vive no la ves, que pasas como de puntillas entre la gran masa enajenada, que disfruta como loca, botella en ristre de fanta de naranja con pócima alcohólica. Y puestos a evocar, te repliegas en los pequeños detalles, en los escasos sabores que aún percibes, son tantos como inenarrables.  Nostalgia dulzona al observar las algarrobas maduras, las almendras con las vulvas abiertas, las campanillas moradas, los cañares del río, en definitiva, ese olor y color del paisaje que brota y se desparrama anunciando el inminente e irremisible final del verano.

    Y sin melancolía ni tristeza, llegas a la conclusión de que todo volverá a su estado inicial, cuando el último trueno rompa la nocturna oscuridad. Aquí no ha acontecido nada. Las gentes desaparecerán de nuevo, los catafalcos se quitarán del medio urbano, las barredoras dejarán el solar impoluto, y el recuerdo de ambrosía almibarada festiva será de nuevo leyenda, agrandándose con el paso de los años. En el hirsuto campo, las otrora apreciadas algarrobas caerán sin hacerles ningún caso, como esos paisanos que se van de año en año, y que salvo familiares y amigos, nadie notará su ausencia. Y puestos a descubrir pequeños detalles, alguno llevará su cirio doblado en su memoria, por entre pinos y cipreses camino del Cristo que está en la montaña, yerto sobre una cruz y coronado de punzantes espinas, siempre.

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    comentari 1 comentari
    Vicent Bosch i Paús
    Vicent Bosch i Paús
    20/08/2017 03:08
    No has nomenat ni els llidons ni el gínjols!

    Sí, tot és un calc dels pobles de la rodalia fins a on canvie de rutina festera. Cert, amb les hormones en decadència, les festes, es viuen molt menys i millor si no les feren als que vivim prop del rogle. Jo pensava estar fora el poble fins passades les festes de Pasqua, però em tindré que tragar les festes majors de l'Alcora. Si Vila-roja fa set bous embolats i una vaca, l'Alcora, Benequigos i la Vall del Porquer, deu i tres vaques. I així tot. L'únic que m'agrade de les festes es poder veure les noves florades que ixen cada any.

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