20 d’agost de 2019 20/8/19
Per Vicent Albaro
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El huerto del Doctor Perales

FOTOS
El huerto del Doctor Perales- (foto 1)
El huerto del Doctor Perales- (foto 2)
El huerto del Doctor Perales- (foto 3)

El lunes 25 de marzo apareció en la página 32 del periódico Mediterráneo una crónica titulada: “De la excelencia al desastre citrícola”. Una página con fotografías a todo color de unos huertos de naranjos con un gran contraste, ufanos y yermos. También se mostraba una foto del protagonista, el médico especialista en aparato digestivo D. José María Perales Pascual, explicando el desastre que acontece a su huerto abandonado hace años, a causa del bajo precio de la naranja en los mercados. Cuenta, que en esas cinco hectáreas de tierra -heredadas de sus padres-, puso pasión, sudores, esperanza y dineros para lograr uno de los huertos más productivos y de mayor calidad de la provincia. Hace cuatro años, harto de malvender la cosecha, dijo basta y optó por dejar que la fruta se pudriera en el árbol. Y recalca, “Lo hice por dignidad, harto de que mal pagaran una fruta especial”. “Me hubiera podido dedicar a navegar o a jugar al golf, pero opté por trabajar la tierra” añade.

No sé en verdad, si la gente habrá podido leer el triste periplo del doctor Perales en un periódico lleno de crónicas festivas, fotografías, pregones, comilonas, gayatas y toda la algarabía festera de la Magdalena, pero a mí me produjo una gran impresión. Soy de la generación, que a los nacidos en el secano nos ponían como ejemplo, las jugosas y rentables tierras de la Plana con sus huertas y naranjales. La riqueza del agua corriendo por las acequias cuando se regaban a manta los huertos, y todo era un vergel grato y agradecido con un denso perfume de azahar inundando cada primavera, en un éxtasis bucólico y a la vez pragmático.

Y hay que preguntarse pero muy en serio, ¿Qué está pasando? ¿Aquí ya no se escapa nadie del desastre y la ruina? ¿Es éste el precio de la globalización? Porque matar nuestra cultura ya lo han hecho hace décadas. Queda una caricatura folclórica que ya veremos cuánto dura. Sus inventos de control de masas han logrado la alienación mental, con ideas programadas para aborregar al personal. Las pantallas de Tv, ordenadores y móviles machacan al incauto con dogmas hedonistas y porquerías varias, hasta hacerle creer que lo virtual es real, y lo real pasa desapercibido o se ignora supinamente. Usar y tirar. Consumir y gastar hasta el delirio sin mayor necesidad que el hábito imbuido, y la costumbre gregaria de las modas totalmente controladas.

Siempre pensé que la verdad estaba en la naturaleza, en esa naturaleza salvaje y a la vez doméstica y sabia de nuestros padres y abuelos, de donde proviene toda la riqueza que hoy se disfruta. Esa naturaleza de la que se mofan los privilegiados del sistema, porque mofarse es dejarla morir, a ella y a sus labradores abocados a la más absoluta miseria. Y esto no va a acabar bien.   Es imposible que ante tantas señales de emergencia, los poderes públicos, quienes tienen la responsabilidad y obligación de actuar, no hagan nada. El mundo rural se muere, y no solo en las zonas despobladas. Como vemos, en ese jardín huertano, la cosa no anda mejor. Hagamos pues un país de políticos y funcionarios acomodaticios, y que no produzca nadie. Todos al edén dominguero a ver campo, y ensoñarnos con un paisaje ilusorio desde nuestro moderno cochecito con pantalla digital. Comer en el restaurante típico o ir a la casita rústica. Y no me pongan granjas cerca que hacen mal olor. Y no escampen estiércol por los bancales que “fan pudor” y la estancia en mi cortijillo ilegal se me hace insoportable. Definitivamente, los urbanitas han ganado la partida.

Antes uno de ciudad llamaba paleto al de campo. Hoy me he convencido totalmente que los paletos son los de ciudad. Porque tendrán muchas carreras y serán sabihondos en todo lo que quieras y más, pero del campo serrano no tienen ni pajolera idea. La misma historia del doctor Perales me la contó hace años mi buen amigo y admirado ceramista, Manolo Chiva Nácher, quien plantó frutales en sus campos de Foyes Ferraes, y al cabo de unos años, después de cultivar con mimo: peras, melocotones, ciruelos y albaricoques, harto de que le pagaran tarde y mal el fruto de sus quebrantos, los abandonó para siempre. La misma historia repetida que el doctor Perales.

Pero es que esto suma y sigue. No hace muchas décadas los campos del Alcalatén estaban plantados de majestuosos algarrobos. La algarroba se pagaba bien porque la numerosa cabaña animal, necesitaba combustible y alimento. Tal era la importancia de este cultivo, que en el folclore local existe un canto popular denominado: “El cant del garrofejar”. Si en otros lugares tienen jotas, seguidillas, fandango y “cant de batre”, por aquí además, tenemos el autóctono de cosechar la algarroba. ¿Quién da más? Pero aquello acabó de forma dramática y los algarrobos fueron pasto del fuego o desgajados y arruinados por el abandono y la enfermedad. Solo quedaron los destinados a la caza del tordo en parañ, altivos, frondosos y cuidados. Hoy ni tan siquiera eso, por causas de sobra conocidas. Otro cultivo para la historia.  

El olivo goza de buena salud por la bondad del aceite y la virtuosa y recia voluntad de gentes apegadas a la tierra. La viña renace en algunas zonas que han sabido elaborar buenos caldos y venderlos mejor. El almendro no se sabe cómo va acabar su peripecia de unos años, bien, otros mal y entre mitad, la temida helada. Así que el mundo rural, el de verdad, ese de los callos en las manos y dolor en el espinazo lo tiene crudo. Hay muchos doctores Perales que ya se plantean mandar los campos al yermo, y dedicarse a navegar o a hacer el vago como la gran mayoría.

Un servidor, que mantiene varias fincas de secano, hace años que renunció a cualquier rentabilidad, porque también fracasó en el empeño como Manolo Chiva y el doctor Perales. Y es que hoy no acompaña nada y la sequía es una corona amarga, salada y demasiado cruel. Así que siguiendo al instinto y amigables consejos, dedico a las fincas un mantenimiento razonable para que no se arruinen. Intentando mantener un paisaje al estilo de la campiña inglesa para goce plástico de caminantes, donde se nota la mano del hombre pero no la  dedicación que debiera un cultivo rentable. Y estoy seguro que el día que me muera, todo esto se acabará por siempre jamás. Es lo que hay. Que San Vicente Ferrer, mi santo de hoy en la liturgia nos ilumine y haga que todo este despropósito cambie pronto. Por pedir un milagro que no sea Visentet. Y amén.

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