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Por Vicent Albaro
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Nos vamos de comuniones

18/05/2016
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Inapelable, el calendario litúrgico de la Iglesia Católica en el mes de mayo. Tocan inexorablemente comuniones y en este curso, hasta con la Pascua granada de Pentecostés de por medio. Las comuniones son esos actos protocolarios en que se reúnen todos los familiares para festejar un evento. Ese en que la niña se viste de princesa y el niño de marinero, se reúnen en la iglesia del pueblo donde el señor cura les hace una fiesta solemne, van todos modositos en fila, con las manos juntas a comulgar. Ese día donde los fotógrafos se hinchan de hacer fotografías y después de la ceremonia, todos marchan de comilona al restaurante de turno. Para la mayoría no es más que un acto social, de los tantos que tenemos en el ciclo gregario de nuestras vidas. Para otros, un fastidio a soportar porque te privan de un buen fin de semana en libertad, para disfrutar del hobby preferido. Comuniones es sinónimo de bautizos y de bodas, un ineludible compromiso al que hay que asistir sí o sí. Una excusa perfecta para estrenar ropa, zapatos, etc. y al mismo tiempo, pasar revista a los familiares que no has visto desde no se sabe cuánto tiempo.

Tocan comuniones claro que sí. Una alegría mientras los niños tengan la bendita inocencia en su interior, y dure hasta que esta sociedad deslenguada, sucia y barriobajera, no les pervierta el alma con toda clase de inmundicias para robarles la niñez, la juventud y si se dejan la esperanza de futuro. La primera comunión es un ritual iniciático, porque le abre las puertas al aspirante a recibir en su interior, el pan sacramentado del Cuerpo de Cristo. Si desde tiempo formaba parte de la comunidad cristiana al ser rociado y bendecido con las aguas bautismales, ahora ya puede ejercer de pleno derecho como el resto de parroquianos. Pero, ¿Qué significa recibir a Jesús Sacramentado comulgando la Hostia Santa? Esa pregunta vital seguro la habrán escuchado muchas veces en las catequesis, charlas y leído en catecismos y libritos ex profeso. ¿Pero son conscientes del relevante hecho que están llevando a cabo esos niños? ¿Lo son quizás sus padres y familiares que les rodean? ¿Qué significado tiene abrirse a Cristo de par en par?

Acostumbrados a quedarnos en el envoltorio casi siempre, no solemos advertir el profundo significado de muchos de nuestros actos. La rutina lo deslavaza casi todo, lo mangonea hasta perder el lustre que un día tuvo aquello que tanto nos marcó. Hay como un halo de vulgaridad y abatimiento que torna rutina hasta lo más sagrado. Es éste un concepto que el hombre moderno ha olvidado. Ya nadie busca: “Acogerse a sagrado” ni respeta un juramento “Por lo más sagrado” ¿Qué es eso? ¿Para qué sirve? La mayoría sentenciará la manida frase. “Cosa de curas o de beatas” Y al final la inquina contra la iglesia es la pócima que lo justifica todo, arrea con todo y en especial contra quienes se acercan con mansedumbre a escuchar la Palabra de Jesús de Nazaret. Para apostillar como conclusión final, aquello archisabido de no fiarse de aquel o aquella; que los que se dan golpes de pecho son los peores. Y en medio de todo este absurdo galimatías, los niños y niñas vestidos de marineros y princesas van a tomar la comunión, es decir a comulgar el Jesús Sacramentado en este ambiente tan surrealista, anticlerical, o menfótico que he narrado. Por eso brillan más esos niños con toda su pureza y candidez en esa jornada tan especial para ellos. Ojalá la Comunión no fuera un oasis en sus vidas.

Porque solo cinco o seis años después, te puedes encontrar una docena de chiquillas alborotando en la puerta de su garito, que está enfrente de la lateral de la iglesia parroquial. Al pasar les preguntas inocentemente, si esperan a que les abran la puerta para ir a misa. Te encuentras con una risotada general y varios epítetos salidos de tono dedicados a tu “gracieta”, resultando a la postre que eres un chistoso sin saberlo, cuando uno creía que era un grupo preparando la confirmación. En solo cinco años han pasado de princesas a vampirelas, de Judith a Salomé en menos que canta un gallo, y lo que te rondaré morena. ¿Es que no se prepararon bien en la catequesis de la comunión? ¿Tanto tira la vida y el ambiente callejero para olvidarlo todo? No voy a contestar estas preguntas, si las supiera y pudiera poner remedio, sería un ser extraordinario y no lo soy. A lo sumo un pobre mortal que se hace preguntas y no encuentra respuestas.

Leer los textos evangélicos es gratificante. Da lo mismo si lo haces desde la fidelidad del creyente, como si es por lectura filosófica de las enseñanzas del Maestro de Judea clavado en una cruz. Al final todo se reduce a cumplir unos mandamientos, unas normas de conducta civilizada sencillas que hablan de hacer el bien y de no dañar a nadie. De querer al prójimo y procurarle bienestar, de tener fuerza para resistir los envites del pecado que te harán renunciar de esa conducta de beatitud, pasando al extremo de destrozar al otro mientras te destrozas a ti mismo. Ese es el significado de tener a Jesús Sacramentado en tu interior, de comulgar en la primera o la milésima comunión. Cristo muere por nosotros, da su sangre por la humanidad. El Dios Infinito, el eterno y misericordioso, el Creador de todas las cosas, sacrifica a su propio Hijo para redimir a los hombres del pecado. Cada vez que la Hostia Santa entra en tu interior, es Cristo quien te hace más fuerte, más afable, más comprensivo, más sabio, más amoroso, más íntegro, más fiel, más justo, más hermano, más amigo, más esposo, más hijo, más padre, más bondadoso, más bienaventurado. Y todos los que están a tu lado deben notarlo y saberlo para entender y conocer, que estás en contacto con lo “Sagrado”.

Así que en este tiempo de primeras comuniones, de fiestas y comilonas, de regalitos y fotografías, de reuniones familiares ante princesitas y marineros…un ruego a los mayores, dejémosles ser niños muchos años. La inocencia perdida ya no se recupera jamás, nos dedicamos media vida a recordarla con nostalgia cuando se nos fue. Y otro ruego, si has extraviado la fe por el camino. Porque te la robaron, la regalaste sin darle ningún valor, la olvidaste, o te era molesta por incómoda y la encerraste bajo cuatro llaves para no remover tu conciencia; porque eres tan listo que esas cosas ya no te las crees y ahora crees en los Ovnis o en Darth Vader; pues a ti también te pido que respetes al menos, a esos niños que van a encontrarse con Jesús por primera vez en su vida. Démosles la oportunidad de que el Amor más grande entre dentro de ellos, y si aún queda algo de aquella lejana primera comunión propia, la ilusión de unos padres jóvenes, o del niño/a que fuiste y tuviste una jornada especial, rebusca en tu interior el braserillo de la fe apagada. No te puedes imaginar cómo puede llegar a arder si la alimentas. Todo es cuestión de Fe, y nunca mejor dicho.

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