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Por Vicent Albaro
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Pío, el cocinero de los peregrinos

29/04/2016
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Hoy último viernes de abril, ha salido de les Useres la peregrinación a San Juan de Peñagolosa. El ritual que encierra esta vieja plegaria del pueblo, ha vuelto a hacerse realidad por estas tierras del Alcalatén; y desde el corazón cristiano de la Iglesia de la Transfiguración del Salvador, se han ido sucediendo por las calles en medidos pasos, gestos y cánticos que conmueven y retrotraen en el tiempo. Ya sé que esta actividad es colectiva y cuesta personalizar a alguien en concreto, porque todos forman un cuerpo al servicio de la peregrinación, y la mayoría está muy confortable en el anonimato. Como debe ser. No obstante y con el debido respeto, pido la venia para hablar de un hombre fallecido este verano: Salvador Rubio “Pío” por muchos años, cocinero mayor de los Peregrinos de les Useres.

Conocí a Pío la noche de la llegada a san Juan, en una lóbrega estancia que servía de cocina en aquel cenobítico recinto. Luz mortecina, humo de una chimenea encendida, gente entrando y saliendo, olor a guisos de otros tiempos y un hombre menudo y vivaz, obsequiando platos de sopa caliente. Los peregrinos ya habían cenado y daba este alimento, a base de caldo con pan y almendras, a algunos solicitantes. Después con el tiempo, compartí muchos años ese épico viaje con él y otras gentes de feliz recuerdo. Andaba Pío trajinando siempre utensilios y alimentos de aquí para allá. El bacalao, los huevos duros, las olivas, el pan y la bota de vino. Cómo ejercía con sus ayudantes de chef, en aquel arroz de ayuno que sabía a gloría. O la exquisita salsita de pan mojar que repetía por aquellas cuestas, todo calorías para aguantar el tormento de este camino iniciático.

Su lugar en el viaje de dos días era junto a “les cárregues”, hombres con caballerías que aportan todo lo necesario para la expedición. En el lugar prefijado montaba un mulo y con voz poderosa, comenzaba el rezo del Rosario, “por la señal”, y todos los adyacentes respondían a las plegarias. En las misas de los “cárregues” rezaba al final, invocando a todos los santos de las letanías y alguno de especial devoción, cargando las rodillas de los sufridos arrieros hasta el dolor más insoportable. La peregrinación no es un paseo ni para ir de excursión, es algo muy serio, solía decirme de vez en cuando. Yo siempre creí que la vivía, no ya solo con profundo sentido cristiano, sino también desde el sentimiento de pertenencia a la tradición de su pueblo. Que muy meritoriamente ha sabido conservar esta procesión, de los avatares de los tiempos. En especial de aquellos, en que arrasaron todas estas manifestaciones de la fe popular, y que seguramente, ésta de les Useres también estuvo en serio peligro. La cabezonería a veces resulta proverbial.

Hace tiempo se jubiló del cargo, como otros tantos. Recuerdo un año al cruzar ágil la carretera y enfilar el Filador, observar a un hombre prostrado en silla de ruedas con lágrimas en los ojos. Supe que había sido el cantor mayor en otros tiempos. El cantor mayor, en esta función religiosa, viene a ser como el maestro de ceremonias, vamos la máxima autoridad. Ya no podía subir a san Juan por impedimento físico, pero de seguro que su espíritu se iba con ellos, aún y desde su anclaje físico. Pío también tuvo que dejarlo muy a su pesar, como tantos, la flaqueza no es para esta monumental caminata y los servicios que deben prestar. En ese homenaje que le tributaron sus compañeros, supe que Pío siendo niño, salía del pueblo a las cuatro de la madrugada (los demás salen a las ocho) y partía solo hacia san Miguel de Torrocelles, recogiendo leña por el camino para hacer la comida de los peregrinos. Cada sombra, ruido, las siluetas de las sabinas, ejercían en él un miedo atroz por aquellos desolados montes. Esos fueron sus comienzos en esta pequeña historia, que no es nada en el secular desarrollo de este acto que se pierde en el tiempo.

No sé donde leí una vez, que el tiempo no cuenta en el tozudo empeño de este pueblo recóndito del Alcalatén, de peregrinar a san Juan de Peñagolosa. Porque se suceden las gentes, las calles cambian del frío barro al asfalto; las casas de argamasa y cal se revisten de modernos materiales urbanitas. Todo evoluciona, pero el espíritu sigue intacto. Y la prueba es escuchar sus voces cantar por esas soledades abruptas, o las imprecaciones que se elevan entre los gigantescos pinares del Peñagolosa. Invocar al Dios Trino y Uno, es retornar al principio de cualquier rezo, al más sencillo y al más trascendental, lejos de complejas disquisiciones teológicas.

A Pío le despidió la familia y su pueblo el verano pasado, sobre el ataúd había unas flores y la Cruz de la Peregrinación, “El Niño” que porta el cantor mayor durante todo el viaje, la que entrechoca con otras cruces que salen a recibirles. El niño leñador, el pintor de iglesias, el peregrino, el cocinero, el tío, el hermano, el hombre bueno que fue, se había marchado. La muerte nos arranca sin piedad a los seres queridos, nos hace daño y lloramos su ausencia, los añoramos en el recuerdo. Y es en ese recuerdo donde viven, y en ese recuerdo nunca mueren.

Esta mañana de abril, en su último viernes, he vuelto a les Useres, he visto a los Peregrinos con el sayal azul y envueltos de rosarios, iniciar su camino bordón en mano. He escuchado los cantos, saludado a un montón de amigos, el pueblo vibrante un año más en la fresca mañana, donde se escucha el trino del ruiseñor, y los vencejos chillan en vuelo sobre las calles tapizadas de hiedra. Muchos de los que subían a san Juan ya no pueden, como el cantor mayor emocionado e impedido de hace años. Así estoy yo, así hay muchos más, pero tenemos la suerte de poder despedirlos y hasta rezar con ellos. Y entre ese grupo de gentes, que en tropel se iban a san Juan, delante o tras los Peregrinos, me ha parecido ver a un niño oteando el paisaje, como si buscara leña para el fuego. Un fuego de amistad y de recuerdo, al abrigo de un secular camino de peregrinos.

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