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Por Vicent Albaro
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Los olivos de Getsemaní

17/04/2014
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La luna de Nissan se recortaba contra el cielo azul de la Judea, en silencio y mecido por una luz vaporosa y azulada, un hombre yace gimiente y orante sobre el suelo. Entre olivos, ese árbol símbolo de la paz y de la sabiduría, de la retirada de las aguas mortíferas del diluvio. Ese árbol de cuyo fruto nacen los óleos sagrados, ese olivo que es padre y madre de la vieja cultura mediterránea. Entre esos mismos olivos reza este Rabbí, en amarga soledad. Las copas de olivos lo resguardan en la fría noche de amenazas y traiciones, tejiendo un áspero manto con sus hojas grises y verdosas. Mientras los amigos pierden la vigilia, lo escoltan vigilantes esos troncos vetustos y retorcidos de los olivos. Olivos viejos y eternos, siempre olivos. Jesús está solo, se ha quedado solo. Ni uno solo de sus amigos vela con él, han sucumbido a la flacidez de la carne y han dejado en descorazonada soledad, al Maestro incomprendido.

Está solo y triste, con una honda tristeza hasta de muerte. Como hombre sabe los horribles tormentos que le esperan en el camino de la Cruz, y como hombre, también quiere zafarse y escapar. Cae abatido con el rostro a tierra y el dilema le lacera, la terrible prueba que tanto cuesta y es, aceptar la voluntad de Dios, entre un mar de tentaciones y desalientos. “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú”. (Mateo 26,39). Buscó la compañía de sus íntimos y estaban durmiendo, otro de sus amigos no lejos, maquinaba la traición y su entrega a los príncipes y sacerdotes del pueblo. Él que era la misma inocencia, que solo había hecho el bien curando enfermos y desvalidos, derrochando amor por doquier; él, que había entrado triunfante en Jerusalén aclamado por el gentío, ahora se prepara como víctima para pagar con su sangre las deudas de la humanidad, y solo recibe menosprecio y olvido. Es tanta la congoja y tan fuerte el sufrimiento, que el sudor se torna sangre y la soledad desconsuelo. Se levanta del suelo y de rodillas sobre una gran piedra, con la mirada elevada al infinito, ora profundamente al Dios Padre, le llama “Abba” que quiere decir papá, con esa voz tierna y familiar con que los hijos llaman siempre a sus padres. Ya han quedado atrás los instantes de agonía y de congoja, el Mesías está reconfortado y va a abrazar la Voluntad de Dios sin obstáculos ni condiciones.

Se acercó a los discípulos que seguían durmiendo y los despertó: “Levantaos, vamos; se acerca el que me entrega”. (Mateo 26,46). A lo lejos, en la oscuridad del torrente de Cedrón, ladran unos perros y ulula la lechuza. Se oyen pasos y voces entre los olivos, hay luces de antorchas que abren paso a una comitiva de hombres armados, se adelanta uno azaroso y acercándose a Jesús, le saluda: ¡Salve Maestro! Y le da un beso. “Así Judas, con un beso me entregas al enemigo”. Uno de los discípulos sacó una espada e hirió al criado del sumo sacerdote, y mientras lo sanaba le reprendió diciéndole: “Envaina tu espada. Quien empuña la espada, a espada muere. ¿Crees que no puedo pedirle al Padre que me envíe enseguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirá lo que está escrito, y que ha de suceder?”. (Mateo 26, 52-54) Entonces los discípulos lo abandonaron y huyeron.

Dura lección para el hombre de hoy: arrogante, prepotente, engreído, autosuficiente y casi, casi un semi dios. No hacer mi santa voluntad, sino lo que Dios quiera. No entender lo que pasa, cuando pasa y/o rebelarse-hundirse. Aunque sea un desengaño mayúsculo o la pérdida irreparable de un ser querido. Un sonado fracaso social, familiar o económico. Una terrible enfermedad a un ser querido, o a ti mismo, que te deja hecho polvo restando pensativo, con lo bien que estaba antes de enfermar, y mi futuro es incierto. Otra lección a aprender, en este relato evangélico en los olivos del Getsemaní. El segundo mensaje de hondo calado: prenden a un hombre justo para matarlo, porque lo que pregona no gusta a las clases sociales dirigentes. ¿No es demasiado actual como para no estremecerse? Tercer mensaje: la fragilidad de las relaciones humanas. Uno de sus mejores amigos lo entrega para matarlo, un tal Judas Iscariote lo traiciona con un beso. A mayor relación de cercanía e intimidad, a más entrega y favor, mayor dolor procura la sórdida traición. Y por último, en el mismo capítulo de la veleidad y fragilidad humana, los apóstoles cuando se ven en peligro echan a correr como almas que lleva el diablo, huyen, dejando a Jesucristo en la más absoluta soledad. ¿No es lo que sigue sucediendo a día de hoy, en nuestras relaciones sociales y de amistad entre comillas? ¿Cuántos de los que creías amigos, también echan a correr y te abandonan cuando más los necesitas?

Algunos se preguntan dónde está el misterio de la Fe, en este Mesías Redentor llamado Jesús el Cristo, que cambió la historia del mundo. La respuesta siempre está en su Palabra. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, el que cree en Mí, aunque muera, vivirá”. Y cualquier seguidor actual de Cristo, sabe de las ingentes dificultades que ello entraña. Que demasiadas veces somos los discípulos durmientes, o que huyen al menor peligro. Tal vez seamos el Judas que lo traiciona por treinta siclos de plata. Pero por encima de todo está la oración, el “Abba” de los olivos, para agradecerle su inmenso sacrificio que en estos días de Semana Santa se recuerda y conmemora. Y más aún, su infinito Perdón, fruto del Amor más grande: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna. (Juan 3, 16-17) Feliz semana Santa y Pascua a todos los lectores.

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