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Camins de l´Alcora
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Por Vicent Albaro

Estudiar para ser gente de provecho

10/03/2017
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Hay caminos sin retorno y no son de exclusivos de l’Alcora sino de muchos otros sitios. En estos días la prensa se ha hecho eco de la despoblación de los pueblos del interior, la gente se hace vieja, muere y no hay recambios para que estos lugares apartados de las grandes urbes estén habitados. La juventud no quiere saber nada del campo, al menos del campo en estado puro, del real, de ese que madruga para sacar el rebaño a pastar, o cuidar los animales de las granjas. De la dureza del laborar agrícola en doblar el espinazo y sus raquíticas compensaciones económicas. No, la juventud no quiere saber nada de eso. Quiere el gregarismo y la comodidad urbana, ese campo que fue el sustento de sus mayores no lo quiere ver ni en pintura. Tal vez en los folletos de turismo, en fotos edulcoradas y rebuscadas para surtir el efecto esperado, que toque la sensibilidad de la gente estresada para salir un rato, a la búsqueda de una paz perdida y necesaria. Eso sí, pero solo un rato que más tiempo cansa, para volver después a la comodidad de la colmena. Y esa bella foto tomada en condiciones bucólicas como una nevada, una luz crepuscular, actividad deportiva, una perspectiva paisajística sugerente… será siempre un decorado artificial para vender una imagen irreal, o parcial de un todo del que la gente huye.

Hay demasiados paseantes y demasiados teóricos. Sobran escritores, deportistas, fotógrafos, poetas, funcionarios, salvadores de la naturaleza y a la postre intrusos a tiempo parcial de nuestros campos. Faltan labradores, pastores, leñadores, paredadores, regadores, podadores, colmeneros, agricultores y todos aquellos oficios que realizaban nuestros viejos en perfecta armonía con el entorno y que hoy no hace casi nadie. Faltan personas que además de la necesaria sensibilidad para observar y comprender la quiebra generacional de nuestros pueblos, se dejen de sermones y lloriqueos vanos, y pongan manos a la obra. De nada sirve que un caminante fotografíe éste o aquel árbol, monumental o no, si es incapaz de coger una herramienta y sanarle una rama podrida que lo corroerá hasta matarlo. Podrá pasar mil veces por ese lugar, seguir con lánguidos lamentos que de seguro serán nobles, pero con ello no hará mejorar la salud del vegetal, que le está pidiendo a gritos una ayuda que parece imposible.

Esa quiebra entre generaciones que se traslada a otros muchos campos de la vida, es culpa de todos y de nadie. Me explico. Cuando éramos niños y acudíamos a la escuela, los maestros nos decían que teníamos que ser hombres de provecho, y para ello teníamos que estudiar mucho y bien. Sacar el bachillerato, estudiar una carrera y salir del pueblo que olía a estiércol y corral de gallinas. ¿Me siguen? En mi pueblo aparte de estos olores existían otros como el del fuel de los hornos cerámicos, o el gas oil y la grasa de los talleres, el humo de los hornos,  también el polvo marrón de la arcilla que se penetraba por todas partes. La consigna era prepararse para salir de allí y buscar otro futuro mejor. De la blusa añeja, el mono grasiento, las ropas repletas de polvo, o la humilde indumentaria labriega de nuestros padres y abuelos, había que pasar totalmente y dejar en el olvido. Los oficios bien vistos en ese tiempo y que gozaban de valoración social eran el de médico, maestro, contable, banquero, abogado, ingeniero, practicante, farmacéutico, cura, y un largo etc. todos mudados y con las manos limpias, a poder ser sentados en una oficina, todo menos seguir con la tradición familiar que al final resultaría mal vista y hasta humillante.

Y claro, si mirabas a tu alrededor no veías excesivas diferencias de clase, trabajando al campo o a la fábrica el lustre era muy similar. Por estos lares nunca hubo clases distinguidas salvo alguna excepción puntual, todo el mundo iba al tajo campero con más o menos hanegadas, con uno o tres mulos en la cuadra. A la azulejera a cumplir el turno, pero al final era una sociedad comunal donde se podía adquirir el sustento necesario para vivir sin excesivas complicaciones. Pero no, a nosotros y a los que vinieron después, ya nos programaron para prosperar y ser gente de provecho. Y qué quería un chaval de los sesenta, pues lo normal, salir cuanto antes de la escuela para ganar un jornal, comprarse una moto y echarse novia. Jugar al fútbol, poner cepos a los zorzales, cazar jilgueros con liga, salir con chicas al baile de los pueblos del contorno, correr el toro embolado y todo aquello que siempre se había hecho en este lugar. Esa juventud, aún ayudaba en las tareas camperas de la  casa, como sacar las patatas, labrar, cortar maleza,  recoger las algarrobas y almendras, hacer brozas para los conejos y cosechar la huerta.

Esa juventud que ahora ronda entre setenta y ochenta años largos, fue el último eslabón hasta la llegada de la quiebra total. Y llegó la explosión industrial de los ochenta. De no haber un mal instituto ni universidad próxima, se pasó a tener de todo y en abundancia. Así que la teoría de ser gente de provecho siguió su curso con mayor empuje, pero ya no como en el pasado que era una utopía, sino con posibilidades reales como así ha sido. Como también ha sido, que nadie ha buscado alternativas para que los viejos oficios siguieran vivos. La marea de la modernidad ha sido tan virulenta y sugestiva, que ha vapuleado cualquier atisbo de seguir ejerciendo los oficios propios del campo, que hagan posible sobrevivir en nuestros pueblos. Desde la utopía autárquica hippye en las masías, hasta los pequeños artesanos casi testimoniales, que sobreviven en las ferias comarcales, no ha habido políticas serias de hacer posible una alternativa rural, para que la juventud quisiera ser gente de provecho pero a la inversa. O sea, sin corbata ni oficina, al campo serrano con remuneración suficiente para convivir con el medio.

Nuestros pueblos están condenados a ser decorados de week-end, lo diga la prensa o no. Un bálsamo para espíritus enfermos que en su día quisieron ser gente de provecho. No sé si lo lograron ni a qué precio, pero ni aún hoy con la promoción que tienen los productos agrícolas naturales, ecológicos, dieta sana y demás zarandajas; la cocina en todas las salsas televisivas con recetas magistrales, se logra estabilizar población rural en este medio. Así que llego al convencimiento, de que los actuales profesores actúan con los niños como los de hace cincuenta años o más: “Estudia para ser un hombre/mujer de provecho”, falta añadir… ¿en el campo o en la ciudad? 

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