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Por Vicent Albaro
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Al Qüra o las luchas en la Edad Media

25/11/2014
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Sabido es por casi todos, que en la edad media existía una lucha feroz y continuada de señor feudal contra señor feudal, generalmente era para agrandar territorios y sumar poder y riqueza con conquistas, y así mantener prebendas. Aunque también existían otras rivalidades que movían a la lucha y a la inestabilidad continua entre territorios. De hecho en la primera cruzada del siglo XI, uno de los principales motivos del Papa de Roma para autorizarla, no fue solo recuperar los santos lugares de Jerusalén, sino también canalizar el fratricida ardor guerrero existente en Europa, por una causa noble y justa, como darle caña al infiel y lograr indulgencias para ganar el cielo.

A día de hoy se han puesto de moda las fiestas medievales. Hay mercados, batallas, hechos históricos, gastronomía, cetrería, bodas y un largo compendio de actividades más o menos relacionadas con esta etapa histórica, que tantos argumentos le da al cine de aventuras, y tan poco le ha devuelto ese cine de Hollywood en autenticidad y veracidad histórica. Pero como siempre y casi todo en la vida, el cine es un negocio y hay que vender entradas al público, brioso de gozar con aventuras a la carta, y que terminen bien como por ejemplo, chico guapo besa a chica espectacular después de ganar la última batalla en una puesta de sol cenital. The End.

En el mundillo medieval en la actualidad, hay de casi todo. La mayoría piensa que se trata de ponerse un disfraz más o menos aparente, o de aquello que a mí más me va o me agrada, o que me recuerda aquella película de mi niñez, que tanto me gustó y que me dejó embobado/a, o de princesa y Ginebra; o queriendo ser o el Cid, o Percebal, o Lanzarote, o el mismísimo rey Arturo… el que fuere, dentro de esa mística bélica de castillos, espadas, caballos, lanzas, estandartes, intrigas, bellacos y justicieros. Y quien puede lo hace realidad, se apunta a cualquier asociación en boga, que realiza actividades de este tipo, y encima rinde honor y pleitesía, galantería y juegos florales, donde versados trovadores agasajan a la gran dama, lo que constituye el colmo del orgasmo caballeresco.

Casi todo el mundo pasa por ahí, es un fenómeno común para quien se interesa por la Edad media, y queda fascinado del colorido y ambiente de estos actos extraordinarios. Lo que ocurre es que si entras en el argot y eres un poco inquieto y pejiguero, compruebas que de lo visto nada de nada. Si comienzas a leer libros de historia, dibujos antiguos, elaboras precisos escrutinios de estampas y miniaturas de códices y beatos, si consultas a profesores y eruditos, en definitiva, cruzas la frontera de la frivolidad y el pasacalle, te caes de bruces. Y compruebas con harto dolor que, efectivamente, una cosa es la recreación y otra bien distinta el disfraz. Y ahora resulta, que tu traje maravilloso es un anacronismo, y tu espada toledana solo sirve para colgar en una bonita pared de recuerdos. Y todo tu mundo medieval presuntuoso y colorista, se cae de bruces como en un duelo de película, cuando de un lanzazo te descabalga tu contrincante, y apunto estas de romperte la crisma además de potrearte su caballo.

Y ahora resulta que la fiesta y el jolgorio son una cosa, y la recreación histórica otra. Todo dentro del supuesto mundillo medieval. Y tú tienes que elegir, pues son dos mundos incompatibles e irreconciliables. Uno es la festorra, el jolgorio, la verbena, las birras, el pasacalle, actos sociales de rendibú, exhibicionismo espectacular hollywoodiense, y actuaciones de lágrima fácil para un público dominical y festero, educado en los parques temáticos de cualquier condición, ansioso y ávido de batallas, luchas y sangre. Más medieval imposible. Medieval de las películas, claro, a las que hacía alusión al principio de mi escrito. Y el lema es: pasarlo bien. Pues claro que sí.

Ahora viene el otro mundo, el de la recreación y esto sí que es complejo. Todo tiene que ajustarse al máximo rigor histórico. Un rigor marcado por esas estampas de época a las que aludía, y que reflejan la vida desde el rey hasta el último villano pasando por el clero, que mandaba lo suyo. Y no te confundas de siglo, que te puedes morir. Es como si en la época de los pantalones de campana, apareciera uno con camales de piquillo. Pues eso. Hay que elegir las telas, nada de tergal moderno, sino: seda, algodón, lino, sarga, arpilleras, etc. todo lo más genuino posible. Nada de cremalleras, ni hebillas, sino fíbulas, vendas y cueros puros y duros. Y así hasta la extenuación. Las mujeres van con la cabeza cubierta menos las niñas y meretrices, vamos las putas. Calzones, calzas, túnicas, capas, pellotes, hábitos, crespinas, almófares… armamento y protecciones de combate reales…heráldica real y no inventada, ya no me quiero alargar más, pero si ves a un recreacionista quisquilloso, y lo observas con detalle, te puedes morir de los detalles que lleva puestos, los euros que eso cuesta y lo currado que lo tiene en horas de estudio y recopilación.

Y por qué cuento todo esto, pues después de haber andado por todo lo largo y ancho de la tierra hispana, resulta que los de la recreación o su mayoría, no quieren mezclarse con los del disfraz. Los motivos son obvios, y se deben centrar en no combinar gratuitamente lo complicado con lo facilón. Y es así, guste más o menos. Y esta circunstancia o fuerza mayor, te obliga en algún momento de tu trayectoria medieval, a traspasar el Rubicón o quedarte en los comienzos. Lo que debería ser una separación amistosa y de buen rollito, a la moda del momento, es todo lo contrario; se precipita en un odio visceral y sempiterno. Todo muy medieval. Y los grupos se dividen y re dividen. Se refundan y alían, vamos, como la vida misma. Y al final confluyen en aparente armonía en algunos eventos, pero aunque juntos, nunca andan revueltos. Y es lo que hay. Bueno también hay algún que otro concejal de pueblo, que le va la lucha medieval. Es más bien un disparador de arco desde la barbacana amurallada del poderoso castillo, y que dispara saetas envenenadas a quien no rinde debida pleitesía a su omnipotencia y savoir faire.

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Vicent Bosch i Paús
Tot fa festa.
Com sempre de tot hi ha en la vinya del Senyor.
Els que més semblen gaudir i fruir de la trobada són els que venen per la festa.
A mi, particularment, retre homenatge a uns invasors... que per afany de lucre, fotien a uns altres senyors per quedar-se ells i el poble pla a seguir treballant per als que tenien tots els drets, fins el de cuixa, i ells cap.
A mi les processons i les trobades medievals em semblen molt colorades, vistoses i donen vida al poble i, també, es conversa amb altres gents d'altres contrades.
Enviado el 26/11/2014    
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