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Por Vicent Albaro
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El fuego de San Antonio Abad

09/02/2015
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La festividad de San Antonio Abad está extendida por toda la geografía española. No hay lugar por remoto que éste sea, que no festeje al santo eremita con mayor o menor profusión y con la sempiterna presencia de los animales, bien ya sean domésticos o de compañía, como eufemísticamente se les denomina ahora. Uno que ya es muy viejo en esto, no entiende demasiado estos epítetos cuando desde siempre, desde que el hombre se volvió agricultor y recolector sedentario, cuando el ser humano domesticó las bestias siempre le han sido ambivalentes, esto es, de utilidad y de compañía. Dos en uno.

Dentro de la geografía española, es en la provincia de Castellón donde esta festividad adquiere una singularidad precisa y concreta, hasta diría extraordinaria. Y dentro de la provincia castellonense, si queremos saborear la auténtica pervivencia de arcaísmos casi invariables, debemos visitar algunas poblaciones de la comarca dels Ports, en concreto las villas de Cinctorres, Todolella, etc. Y muy especialmente Forcall. Y no es que en otras poblaciones la festividad no sea importante, que sin lugar a dudas lo es, pero ha perdido un elemento vital y consustancial: la autenticidad secular. Y ello no ha venido motivado por ningún capricho espurio, sino que ha sido víctima de modificaciones desacertadas por los cambios sociales y culturales, que las han transformado desdibujándolas de su pátina original. A una etapa de bienestar social le siguen otras de cambio y crisis, como una necesidad de adaptación a nuevos tiempos. Y son las ciudades y villas de mayor progreso, las peor paradas por estos cambios sociológicos que ven en estas manifestaciones culturales seculares, una rémora a la modernidad y el desarrollismo. Bajo estas precisas coordenadas la fiesta deviene en cambios progresivos, pérdida de singularidad, menosprecio a atavismos rurales y religiosos que concluyen en una profanación festiva de la esencia de esa actividad colectiva. Además de la irreparable pérdida del ceremonial, actores y ajuares concretos, de su sincretismo original.

Por ello es tan importante la función profano religiosa o Santantonada de Forcall, porque guarda milagrosamente esa esencia, pudiéndola transmitir hoy en día con gran pureza a través del tiempo. Es la envidiable ventaja de los pueblos por los que el progreso pasó de largo. Ese aislamiento geográfico ha sido proverbial. No han resultado víctimas de la construcción desaforada, conservando por ello y en gran medida, sus plazas, calles y casas como los conocieron sus abuelos poniendo en valor sus hitos identitarios. Los monumentos señeros, al no ser derribados por la desaforada piqueta, han tenido una oportunidad de conservación y restauración; han devenido con los años, en un precioso emblema comunitario que refuerza y argamasa el espíritu social.

Atravesar el puerto de Ares es como adentrarse en una tierra nueva, agreste y desconocida, a los mil y pico metros de altitud todo es distinto, casi diría vírgen. En las noches de enero estrelladas y frías como el témpano, la sensación de pisar tierra de pan llevar es inmensa. La carretera se desliza como una enorme sierpe hacia la plaza fuerte de Morella, que en la negritud nocturna, aparece como un islote iluminado en medio de la nada. Bella, sugerente e inexpugnable. Como así la vería don Blasco de Alagón en sus correrías guerreras del siglo XIII. Pero Morella se queda quieta en la altivez de sus murallas, porque el camino llega en poco rato a una villa situada entre tres ríos: Forcall. En esta tarde de invierno con un vientecillo que corta el cutis y enrojece la nariz, en la plaza mayor puedes ver grandes troncas arrancadas de raíz, van consumiéndose lentas al fuego en brasero que invitan al vuelta y vuelta. A pocos metros se alza una monumental hoguera que allí se denomina Barraca. Existe una mágica aureola que flota en el aire, aunque todo despierta una cierta normalidad. Al profesor Henri Bouché le han rendido un pequeño homenaje en el museo etnográfico, quizás sea la persona que más haya escrito sobre las fiestas de los pueblos en honor a San Antonio Abad. Todo parece estar semidesértico y en calma, menos unos chiquillos que vestidos de demonios juegan por las troncas. Y con el tiempo, casi sin darte cuenta, una multitud se ha concentrado en la plaza como esperando la hora exacta. Suenan dulzainas y tambores y aparecen los “Cremallers” ataviados con capas oscuras y capuchas portando unos pebeteros de teas encendidas, tras ellos una legión de demonios “botargues” vestidos de blanco con pinturas zoomorfas de colores vistosos, danzan y gritan con gran algarabía arrastrando de una cuerda a los santos: San Antonio Abad y San Pablo. Otros personajes como el “Despullat”, que abre comitiva, la “Filoseta” que va tentando la virtud de los hombres de Dios. Todo transcurre entre una vertiginosa movilidad y el caos.

La comitiva recorre las principales calles del centro histórico de Forcall, mientras el Despullat conduce atados con cuerda a los santos, acompañados por las botargas que danzan con frenesí al son de la dulzaina y el tabal, golpean al suelo y a la gente expectante. La culminación tiene lugar cuando la Santantonada, llega a la plaza y a la hoguera allí instalada. Los demonios persiguen a los santos para adentrarlos en la cueva de la hoguera; ellos se resisten, pero al final los demonios lo consiguen. Una vez los santos dentro de la hoguera, le prenden fuego a media altura los Cremallers, es el momento de la muerte. La muerte es representada por una melodía melancólica, a modo de lamento. Pero instantes después, la música adquiere aires alegres y los demonios ruedan por el suelo haciendo espavientos con las piernas. El santo ha resucitado al son alegre de las dulzainas, y retorna la alegría a los presentes. Acaba la función encendiendo bengalas, ha terminado el caos y la concordia retorna al lugar. La gente del pueblo y visitantes también pueden pasar por el interior de la barraca mientras arde, rezando una oración al santo pidiendo un deseo que aseguran, se cumplirá.

El espectáculo es abrumador, el inmenso fuego crepitando, la luz enrojecida, las sombras, las espurnas ascendentes, los actores, el gentío, fuegos de artificio, etc. Y con todo, la tremenda convicción de estar presenciando de primera mano, una especie de Acto de Fe de reminiscencias medievales. La eterna lucha entre el bien y el mal, donde no siempre el final se ajusta al guión previsto. Una realidad tan antigua y lejana como omnipresente. San Antonio Abad en los pueblos de la comarca dels Ports, bien merece la sensación ambivalente de calor y frío. Y la suerte de haber conocido al gran fotógrafo y mejor persona, Jesús Monterde Puig.

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Vicent Bosch i Paús
Anys seixanta.
Bon article, riquesa de vocabulari, bona descripció del que has vist.
A l'Alcora, el "boon" industrial dels anys seixanta, una sort econòmica i una desgracia patrimonial, va desfer tot el nucli antic, del qual encara ens queda la plaça de l'Església i alguns carrers adjacents.
Si els PGOU s'hagueren fet amb seny! Però... Jo em vaig oposar a desfer la muntanya de sant Cristòfol, marc de fons del poble i encara que l'arquitecte que el va fer o manar a fer, estava d'acord; el realisme...
I molts dels "destructors" se consideren alcorins de pro...
El mal és irreversible...
I amb els anys, com ara ja és, el Rotllo serà l'emblema de l'Alcora.
Des de San José del Monte, Bulacán, bona nit!
Enviado el 10/02/2015    
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