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Por Miguel Bataller
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Líbano: ¡Del paraíso al infierno!

    Hace ya muchos años, que no escribo apenas sobre el Líbano, un país entrañable para mí, en el que hice muchos clientes y amigos entre los años 1972 y 1975, cultivé otros durante las décadas de los años ochenta y noventa en los países del Golfo Arábigo, como responsables y accionistas minoritarios legalmente de empresas kuwaitíes, sauditas o de los Emiratos Árabes Unidos.

    El terrible accidente ocurrido en el Puerto de Beirut la semana pasada, me sirvió para recapacitar y tratar de analizar las razones por las que aquel Paraíso de la Paz, la Concordia y la Prosperidad Económica y Multicultural de hace casi medio siglo, ha desaparecido a golpe de guerras civiles y conflictos mal solucionados, tanto de carácter migratorio en su origen, como étnico y sobre todo religioso en los últimos treinta años.

    Cuando yo fui por vez primera a Beirut, fue en otoño de 1972, en uno de mis primeros viajes al extranjero para intentar consolidar un mercado incipiente, ya que la influencia francesa en aquella zona, ofrecía unas posibilidades a las lámparas de bronce y artículos de decoración de estilos Luis XV, Luis XVI, Versalles o Imperio que fuera de Europa apenas se valoraban.

    Mis dos primeros intentos  fueron Marruecos y Argelia en los que las posibilidades eran mínimas, porque con su independencia el sentimiento antieuropeo era evidente y las posibilidades de romper el hielo mínimas, aunque algo hice y se mantuvo e incrementó con el paso de los años.

    Pero al llegar a Beirut, quede maravillado y sorprendido de la similitud de carácter del libanés maronita con el valenciano, ya que su sentido de la hospitalidad, su empatía y ganas de vivir, su capacidad de convivir en sana armonía maronitas y musulmanes y un clima idéntico al nuestro de Valencia, me ayudaron a sentirme como en mi propia casa desde el primer momento.

    Muy pronto conseguí consolidar una clientela pequeña, pero muy fiel y adicta a nuestro producto, lo cual tuvo como primera consecuencia que al mismo tiempo que hacía clientes (todos bastante mayores que yo y que me trataban como a un hijo) consolidara unos amigos que nunca olvidaré.

    La familias Beyrouthy, Mounla, Mullha y Cabbabe siempre viajaran en mi memoria, porque me ayudaron en todos los sentidos y me hicieron conocer no sólo los mejores sitios de Beirut, como la Corniche el Mazraa, el Hotel Saint George (creo recordar) frente al mar y dominando una roca que emergía orgullosa frente a la costa, la muy activa y comercial Rue de Lyon en el centro o la concurridísima zona de la Avenida Bechara el Khoury en el corazón del mercado musulmán.

    Me llevaron a conocer la zona residencial de Hazmieh y el Casino de Jounié , una réplica mejorada de los mejores clubs exclusivos de Paris, como el Folies Berger y era un placer ver salir el sol por la zona montañosa de Los Cedros que, apenas a unos kilómetros de la costa en épocas determinadas del año se podía esquiar.

    Allí el sol salía por la montaña y se ponía en el Mar.

    Aquí es al contrario, pero por todo lo demás nunca encontré un país en el mundo más valenciano que el Líbano y por eso ahora sufro por mis amigos de allí, tanto los que hice entonces como los otros muchos que hice después durante toda mi vida, unos como Farid Shouhair y su familia con los que conservo una relación de amistad entrañable por Facebook y con el que tuve el gusto de trabajar en Dubai primero como responsable de DEBBAS (empresa de la familia libanesa de Cesar Debbas) y luego cambio de sector, pasándose a la limpieza industrial, pero nuestra amistad ha pervivido hasta hoy.

    ¿Por qué ese paso del paraíso al infierno?

    Aunque les pueda sonar raro, por su EXCESIVA SOLIDARIDAD HUMANA CON LOS PALESTINOS, al ser expulsados estos de su tierra por Israel en 1965.

    Ningún otro país musulmán de Oriente Medio, brindo y facilitó una acogida general e ilimitada a los palestinos y tuvo que ser Líbano, con un perfecto equilibrio entre las dos religiones que habían forjado conjuntamente un Estado sólido y estable, quien cavara su propia tumba con esa decisión.

    No quiero con esto culpar a los palestinos, que también fueron víctimas de las decisiones de la ONU, de este problema, pero sin duda ahí empezó la Guerra Civil del Líbano cuyos dos contrincantes eran la OLP de Yaser Arafat y las Falanges Libanesas con los Gemayel al frente.

    En aquellos años, tuve como colaborador para los mercados de Oriente Medio a una bellísima persona, que se vino a estudiar medicina a Valencia y acabó como comercial conmigo.

    Se llamaba Zaki El Kouby y ya murió hace años.

    Se consideraba libanés porque nació en Tiro, cerca de la frontera Israelita, pero nunca supe por él lo que sentía, hasta que estando los dos en Kuwait a mediados de Septiembre 1982 en viaje de trabajo, se produjeron las célebres matanzas de palestinos en los campos de refugiados de Sabra y Shattilla por las Falanges Libanesas en un acto de irracionalidad criminal y le vi llorar desconsoladamente.

    Supe que tenía o había tenido familiares en algún campo aunque al final ninguno de ellos murió allí.

    Por primera vez en unos 15 años, no comprendía a los libaneses y simpaticé con los palestinos.

    Pero el mal ya estaba hecho y el cáncer inoculado, sin posible solución.

    Desde entonces, el Líbano ha pasado de Herodes a Pilatos y en cada batalla seguía debilitándose acabando por convertirse en una provincia de Siria en momentos determinados y ahora después de muchos pactos de paz y búsqueda de su propia identidad, siguen sufriendo y al parecer lo que ha volado por los aires en una de las explosiones y producido las otras por simpatía en el Puerto de Beirut era el arsenal de armas en poder de Hezbolah, la milicia chiita que controla mucho poder en el país y ha sido la única en no hacer la entrega de las armas al Gobierno como si lo hicieron el resto de las fuerzas militares al firmarse el  alto el fuego.

    No lo puedo asegurar, pero no me extrañaría.

    En cualquier caso, la historia se repitió en los años 90 durante la invasión de Kuwait por el Ejército Iraquí de Saddam Hussein, donde de nuevo los palestinos apoyaron mayoritariamente al invasor, en vez de  defender a quienes les dieron cobijo.

    Tengo otros amigos en Valencia, unos médicos y otros que estudiaron medicina pero triunfaron  como comerciales primero y como empresarios más tarde  y tengo que reconocer que les he apreciado a todos ellos, porque hay que ser muy valientes y tener “esos” muy bien puestos para venirse a España desde Oriente Medio hace medio siglo, para reubicarse, aprender español, hacer una carrera y no vivir con la morriña de las raíces de uno.

    Un abrazo a todos ellos si me lee alguno.

    No he querido mencionarles por si no les parece a ellos adecuado, pero me he sentido en la obligación de hacerlo muy agradecido a quienes no viven en España o ya murieron.

    Quizás sería conveniente para nuestros gobernantes, aprender de esas experiencias vividas y explicadas por mi ahora, del Líbano y Kuwait, para no tropezar con la misma piedra nosotros.

    Mis mejores deseos para el Líbano y a ustedes les emplazo hasta la columna que viene amigos.

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