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De plagios y endogamias

25/10/2011 Raimundo Montero
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DE PLAGIOS Y ENDOGAMIAS
Al insigne doctor David Garrido, incansable luchador contra la endogamia de la Universidad de Alicante.

Con la venia de los influyentes de España (quienes ostentan la potestad de favorecer) y sus beneficiados (aquéllos que disfrutan de su protección), paso a someter al tribunal de la razón la dialéctica entre el señor (el recomendado que goza de las prebendas) y el siervo (el que, aunque valiese más que el anterior, no encuentra quien lo favorezca).
No pretendo recrearme en la veracidad o no de las pruebas que el señor Paquet presenta sobre los plagios del articulista Monzó (polémica acaecida hace años), sino en que, a mi entender, el conflicto surgió en el instante en que los gerifaltes del periódico "La Vanguardia" y el aludido Quim Monzó, mantuvieron una actitud constante de indiferencia hacia el valiente descubridor de plagios y apadrinamientos, le hayan tratado de cantamañanas, nadie se haya puesto en contacto con él; y me imagino que habrán provocado que él se haya rebelado, se crea cándidamente ciudadano de primera y, en consecuencia, el plebeyo (en su acepción de desfavorecido socialmente) se ha tomado el asunto con tal excesiva gravedad que no se van a perder ni un ripio incluso los dioses del Olimpo de los presumibles plagios de este afamado patricio de las letras conocido por Quim Monzó.
Si bien sorprenderá a ciertas personas, admito que se cometerá una injusticia si se crucifica moralmente a Quim Monzó, pues es la mayoría de la sociedad española en su conjunto, y no sólo él, quien generalmente no estima la valía, la originalidad y la honradez, sino la fama, la recomendación y la bellaquería. Por esa causa, si él es famoso y la estrella del periódico La Vanguardia, seamos honrados aunque sólo sea por un instante, ¿muchos españolitos no se beneficiarían también de esa bicoca y publicarían, plagiando o no, lo que se les antojara? Entonces, ¿el culpable es tan sólo Quim Monzó o también los millones de afectados por el virus intelectual de la titulitis?, quienes valoran mil veces más la firma grandilocuente de un artículo o de una novela (político de turno, catedrático de universidad, gente de la farándula; famosillo, enchufado de turno, etc.) que su contenido (acaso redactado por un simple ciudadano de a pié, pero un escrito original, sensato y con verdadera substancia). Por favor, señores, no le exijamos seriedad y decencia a un español de la cual carece el común de la sociedad de una manera brutal. ¿Creen, de veras, que vivimos en un país serio que, en vez de defenestrar a Ana Rosa Quintana por servirse de un negro literario, continúa cada día en la teletonta y, a pesar de su plagio, se ha convertido en la flamante directora de una revista? De Pirineos hacía arriba, poco después de verificarse el plagio, la abrían puesto de patitas en la calle, por valerse de un "negro" para que le haga la "o" con un canuto.
El quid de la cuestión estriba en que en nuestra querida España para acceder a la bienaventuranza del éxito (publicar en editoriales nacionales, ser profesor de universidad, dedicarse a la política o cualquier otro puesto codiciado), a quienes carecen de una adecuada influencia, se les exige demostrar ser, en la materia de que se trate, de entre los cinco mejores del país; al tiempo que quien se deleita de su prebenda, favoritismo o carta de recomendación, se le abren las puertas de la notoriedad, pese a que se tratase de una persona mediocre y más lerda que un chimpancé a la hora de explicar la metafísica de Aristóteles. Sirvámonos de unos ejemplos clarificadores, si no lo remedia el mismísimo Dios Padre, la endogamia universitaria resulta ser tan desalmada que se ha dado el caso de personas que se han presentado a una plaza, hartas durante una semana de compulsar publicaciones, artículos, títulos; etc.; mientras al favorecido/a del jefe de departamento didáctico que la convocaba, se la han concedido sin ni siquiera molestarse en presentar toda la documentación. Verbigracia, el ilustre doctor en Historia, David Garrido, lleva ocho años de litigio contra la Universidad de Alicante, la cual otorgó una plaza a Verónica Mateo Ripoll de manera ilegal (según sentencia del Tribunal Supremo de la Comunidad Valenciana) y se la desestimó a él, pese a su reconocida valía, admitida incluso por el Tribunal que le denegó la plaza. De similar guisa, si una persona sin prebendas comete la osadía de intentar presentar fotocopia de excelentes artículos a fin de que el director de "El País" o "El Mundo" le contrate en la sección de opinión, ni se rebajará a atenderlo debido a que “está reunido”. Ahora bien, si se presenta en la sede de los susodichos periódicos madrileños un articulista mediocre, mas provisto del contacto de un político o ricachón afín a ese diario, aunque el director estuviese realmente ocupado, despachará de inmediato a quien permaneciese en su despacho y ordenará sin contemplaciones: “¡Abran paso al recomendado!" Y sobre los concursos literarios, observen qué desproporción: ¡con lo fácil que resulta -para quien atesora un ingenio intermedio- redactar una novela parecida o mejor que muchas galardonadas con premios de gran renombre!; sin embargo, nos previenen los entendidos, sin el consabido salvoconducto del contacto es casi imposible ganar esos certámenes.
Vivimos en una dialéctica no del señor y del siervo, pero sí de una relación parecida: la de los que saborean su recomendación y la de los que sufren por carecer de ella. Y prevengo a cualquier persona de humilde cuna, al igual que a mí mismo, que no seamos cándidos, no luchemos contra gigantes que nos pueden aplastar con el dedo meñique si lo desean, pues la única igualación entre el recomendado y el no apadrinado ya nos acaecerá a todos ante la falta de influencias en el silencio eterno de la cripta.
Raimundo Montero es profesor de Filosofía del Instituto Miguel Hernández de Alicante.
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