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Per J. P. Enrique
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A pesar de todo

    Podemos observar estupefactos que en este país hay corrupción (con múltiples caras) en cada rincón y que a partir del  trilero hay una cadena de muchos eslabones de pillos que llega hasta la Casa Real.

    Lamentablemente quienes pueden y deberían  tomar decisiones duras contra esa lacra que nos inunda  no lo hacen porque el nivel de basura petrificada llena demasiadas estancias e impide abrir las ventanas para que circule el aire limpio. Unas ventanas que forcejean para intentar abrirlas  un puñado de jueces justos, algunos partidos honestos y  policías honrados.

    Lo positivo es que aún podamos escandalizarnos de lo que ocurre y podamos expresar nuestros pensamientos de palabra y por escrito. También lo es que podamos criticar o defender lo que pensamos (casi siempre).

    Es positivo que podemos argumentar y debatir con otros con los que discrepamos con total normalidad (aunque a veces esa normalidad se transforme en bronca, en desprecio y hasta en odio), aunque el diálogo sea difícil porque solemos enrocamos en deducir de la realidad lo que está en la línea de lo que queremos que sea y  en defender a “los nuestros” como lo hacen los hinchas de un club de fútbol.

    En los tiempos que vivimos podemos mirar a dirigentes políticos y llamarles embusteros cuando creemos que lo son, e intentar (solo intentar) que les salgan los colores (algo imposible) y hasta pedir que se aparten de su cargo cuando se deslizan (algo aún más difícil). También podemos denunciar que ciertas medidas económicas generan desigualdad  o podemos creer que es justo que el Estado legisle a favor de los grandes  poderes económicos.

    Sin duda gozamos de una libertad que aunque esté a veces manipulada  y coartada,  está ahí y la disfrutamos. Los derechos de expresión y manifestación siguen vivos (a pesar de los  que sueñan con eliminarlos y legislan para cercenarlos) están vivos como pocas veces lo han estado a lo largo de la historia de la humanidad.

    No siempre fue así. Tampoco  abunda en nuestros tiempos la libertad en el ancho mundo, pero es justo reconocer que  nuestra libertad existe y tiene un gran valor que  es bueno constatar.

    Hasta hace nada, en este país  había que guardar los pensamientos para el corro de los muy amigos, teniendo buen cuidado de no hablar en voz alta. Hace siglos las cosas eran aun peores. Como ejemplo transcribo  este párrafo:

    En 1252 el Papa Inocencio IV permitió oficialmente el uso de la tortura para lograr que aquellos «desviados de la religión oficial» cantasen su confesión (y lo que se terciase) a sus sacerdotes. Aquella cruel norma fue proclamada mediante la siguiente bula: «El oficial o párroco debe obtener de todos los herejes que capture una confesión mediante la tortura sin dañar su cuerpo o causar peligro de muerte (algo que no siempre podían seguir al pie de la letra porque no sabían hasta donde aguantaba el insumiso), pues son ladrones y asesinos de almas y apóstatas de los sacramentos de Dios y de la fe.

    Solo con leer lo que ordenaba el líder que ocupaba el escalón más alto, me pongo a temblar pensando en lo que dirían (y harían)  quienes ocupaban los escalones más bajos.

    Menos mal que muchas cosas han cambiado, aunque no tanto, ya que esos mismos métodos los sigue aplicando Israel  a los palestinos y su socio protector, EEUU, se buscó un lugar especial, en Guantánamo, para cometer atrocidades.

    ¡Menuda suerte la nuestra! , la de las personas que estamos por criticar y cuestionar desde nuestra independencia lo que vemos y escuchamos. ¡Menuda suerte la de no haber vivido en otras épocas y de no vivir en otros lugares de este mundo!

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