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Per José Vilaseca
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Crisis vecinal

    Regreso a esta columna como el hebreo creyente se dirige al Muro de las Lamentaciones, compungido y crispado a partes iguales. En esta ocasión, empujado por las encendidas palabras de ese vecino “modelo mosca cojonera”, del cual todos tenemos al menos uno en nuestra vida, y que se ha dedicado a hacerme la vida imposible desde que me trasladé de vivienda. Después de obligarme a insonorizar una habitación, molestarme a deshoras e intentar provocar accidentes menores a base de choques y portazos, ahora ya se ha dedicado a mentar a mi madre y rescatar insultos que no había escuchado en mi puñetera vida, obligándome a echar mano del diccionario.

    Supongo que muchos de los que tienen a bien leerme, habrán encontrado energúmenos así en su convivencia comunitaria: Jubilados con demasiado tiempo libre, jovenzuelos escandalosos que convierten el zaguán en fumadero, nativos prepotentes o emigrantes que pretenden “multiculturalizarles” a base de música étnica a altas horas de la madrugada. Poco importa el perfil del vecino molesto porque, al final, las ganas de picar espuelas y alojarse en un sitio aislado, lejos de tanta hijoputez, se convierten en soñada solución común.

    Suele ocurrir que esa “pieza que chirría” del gran puzzle social que es una comunidad de vecinos, no solo chirría para uno, sino que son varias las familias que lo sufren; es más, muchas de esas comunidades se comportan de forma amable entre sus miembros… hasta que el engranaje roto, la pieza que no encaja, la “mosca cojonera”, como decía, vuelve a la acción y te obliga a encerrarte en casa para que no se te lleven los diablos.

    Tengo edad suficiente para recordar que este no siempre ha sido así. Cierto que no he llegado a ver, como nuestros mayores recuerdan con añoranza, esa época en la que las puertas de las casas no se cerraban con llave salvo de noche (y, a veces, ni siquiera eso), y cualquier vecino podía entrar en tu hogar, dando una simple voz desde el umbral, sin llamar siquiera al timbre. Pero no menos cierto es que, de chiquillo, he merendado en al menos media docena de cocinas de vecinos, que me han tratado como uno más de la familia, o que en ausencia de padre o madre, jugando en la calle, una llamada de atención de uno de tus vecinos tenía valor de ley, como la película.

    No es de extrañar que el cine y la televisión hayan pescado en río revuelto, y convertido esas comunidades aparentemente pacíficas en carne de audiencia, sacando a la luz los trapos sucios de cada casa: Viejas pegadas al visillo, rancios obsesionados con las aventuras sexuales de sus convecinas, presidentes eternos aferrados a la derrama… Caricaturas, al fin y al cabo, pero que a veces encajan de forma sospechosamente efectiva entre las personas junto a las que vivimos.

    Espero, de corazón, que no tengan que sufrir a pijas faltas de “pinchitos”, a líderes de descansillo exigiéndoles no sé qué chorradas respecto de las zonas comunes, profesionales del morbo aferrados a la mirilla ni ninguna otra clase de subespecie vecinal. Ojalá todavía puedan pedirle un poco de café o sal a la puerta de enfrente, y todos sean capaces de entender a qué horas se vive y a qué horas se duerme.

    Yo, por mi parte, trataré de soportar al triste que me ha tocado pared con pared. Porque, al fin y al cabo, con las otras dieciocho familias no he tenido ningún problema, y nos seguimos saludando educadamente cada vez que nos cruzamos en el rellano o la escalera. Como tiene que ser, ¿no?

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