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Por J. P. Enrique
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“La lista de Schindler” en diferentes versiones

    LA VERSIÓN ORIGINAL  Osckar Schindler era un empresario alemán que militaba en las SS. De la mano de su contable urdió un plan para librar de la muerte a más de mil judíos polacos encarcelados en Cracovia durante la Segunda Guerra Mundial. El plan consistía en ampliar la producción de una fábrica para que fuera creíble que necesitaba mano de obra abundante que  iría a buscar a los campos de concentración.

    Esos hechos históricos Spielberg los llevó al cine apuntando con la cámara hacia una niña pequeña vestida de rojo que deambulaba  por el campo de concentración tras una brutal agresión de los nazis.

     La novela en la que se describen esos hechos históricos  y  la película, muestran la grandeza humana del  empresario alemán. Una grandeza que,  transcurrido el tiempo, nos emociona a todos  sin que nadie se pregunte ahora ¿Cómo este alemán se atrevió a ir contra la legalidad? ¿Cómo pudo dilapidar su fortuna empleando trabajadores extranjeros cuando podía haber entre ellos, espías rusos infiltrados o peligrosos comunistas o terroristas? ¿Cómo, habiendo tanta miseria en el país  no priorizó  salvar primero a sus compatriotas que también necesitaban trabajo?

    LA VERSIÓN AMERICANA ACTUAL Un boliviano con su hija de dos años vestida de rojo llega al muro construido por Trump vigilado por miles de policías armados. El suramericano huye de la miseria y de la inseguridad de su país y busca  un futuro para él y para su hija.

    Tras superar cuantos obstáculos se le cruzaron en su camino, finalmente logró hacer un agujero debajo de la fortificación y empujó  a su hija para cruzar al otro lado. ¡Es su hija! ¡Es lo que más quiere! Lo hace con la esperanza de  encontrarse al otro lado  con un policía llamado  Schindler que se apiade de ellos, les acoja y les abra las puertas hacia el futuro.

    Si el hispano no tiene suerte la niña la recogerá, de malas maneras, un agente federal pensando que es su deber impedir la llegada de inmigrantes. Pensará que estos latinos pueden traer enfermedades. Pensará que  pueden haber llegado de la mano de grupos de mafiosos. Entonces, cumpliendo con la legalidad, los separará por más que la niña llore, desesperada y desconsoladamente llamando a su papá y les hacinará en campos de refugiados para que luego otros, también cumpliendo con su deber, les devuelvan a su país.

    LA VERSIÓN  PALESTINA ACTUAL  Un niño palestino sabe que sus antepasados  han vivido durante generaciones en Cisjordania. A su alrededor hay cada vez más viviendas de colonos.  El niño  ha visto como varias casas de sus amigos han sido derribadas con sentencias de la justicia israelí que falla siempre a favor de los colonos, o por simple decisión del ejército que manda  tanquetas para derribar alguna vivienda palestina, tras algún atentado, sin que la justicia intervenga.

    El niño  recuerda que una vez acompañó a un joven palestino  que  cogió una piedra y se la lanzó a un policía. El policía disparó matándole tras sufrir más de dos horas de agonía. En su informe el policía israelí puso  que  había abatido a “un peligroso terrorista” y días después la gendarmería mandó maquinaria pesada a la casa en donde vivían sus padres y la derribó obligando a su familia a tratar de subsistir en algún campo de refugiados lejos de donde  estuvo su hogar durante generaciones.  El pequeño, vestido o no de rojo, tampoco tuvo suerte y en su corta vida no pudo encontrarse con un policía israelí llamado Schindler al que se le ablandara el corazón y contraviniera las leyes, no ya para protegerle, sino para que, al menos, no utilizar su sofisticado armamento contra él.

    LA VERSIÓN ESPAÑOLA ACTUAL   Un maliense, huyendo de la persecución que sufría y de las atrocidades que pasó en su ciudad natal, tras seis intentos fallidos de saltar la valla de Melilla y uno de cruzar escondido en un camión, finalmente se lanzó al mar en una balsa hinchable con otras 29 personas. Tuvo la suerte que no tuvieron otros quince que desaparecieron en el mar. Finalmente fue rescatado. Tras varias peripecias llegó a Almería y allí trabajó ocasionalmente, durante seis años, en la recogida de fresas en los invernaderos de plástico por lo poco que decidieron pagarle.  De ahí  se fue a Madrid.

    El africano sabe que no tiene papeles y por lo tanto sigue sin tener  derecho a trabajar. Sabe también que la ley  le impide que, si está enfermo, pueda acudir a  un hospital.

    Colegas con los que se ha encontrado le ha propuesto dedicarse a vender música. No tiene otra opción. El trabajo es así: se compra la mercancía, se intentar vender  en la calle y hay que estar atento para recoger deprisa y correr cuando llega la policía.

    “Es la ley. Es la legalidad.” Piensan los  transeúntes con los que se cruza, que se preguntan mientras le miran con cierto desprecio ¿Cómo vienen estos  aquí con los problemas de paro que ya tenemos?  

    El maliense aun confía en encontrarse con alguien llamado Schindler que contravenga la legalidad, se apiade de él, le preste una cama en donde dormir y le facilite  un trabajo legal de bracero o de barrendero aunque sea a tiempo parcial para poder vivir en paz sin que le insulten o le peguen algunos fanáticos del orden (de su orden) gritando el amor a una bandera mientras odian e insultan y hasta a veces apalean  a las personas  cuando son pobres.

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