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Por Asunción Vicente Valls. Castellonense. Escritora y farmacéutica.
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Eterna serpiente de luz

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    Eterna serpiente de luz- (foto 1)

    La luz del atardecer resbala sobre la pequeña colina tiñendo de rosa las piedras de su fortaleza, a cuyo alrededor se apretujan las humildes casas de sus pobladores, gente sencilla que vive de lo que da la tierra. Hoy es un día de mucho ajetreo, cargan sus enseres, animales enjaulados, víveres y aperos de labranza en mulas, asnos y rusticas carretas. Llenan sus alforjas repletas de comida y los pellejos rebosantes de agua para el camino. Toda la jornada han estado preparándose para partir de este lugar dónde muchos han recibido la primera luz, para comenzar una nueva vida en la extensa llanura que se despliega a sus pies en forma de un inmenso cañaveral pantanoso, salpicado de palmeras y alquerías en las zonas fértiles a las que se dirigen para ubicar su nuevo hogar.

    Salen del Castell Vell por la merced que les ha concedido el Rey Jaume I, un privilegio de traslado de la población para poder establecerse en el llano. Anochece y una ligera llovizna salpica los rostros y las gruesas capas de lana parda que los cubren, la ruta se hace difícil; la tierra pantanosa bajo sus pies les obliga a buscar el apoyo de las cañas verdes que encuentran en el camino para avanzar mejor. Cae la noche y esto les obliga a enganchar faroles con velas en los extremos de las cañas, los niños ya no pueden caminar, se arriman a sus padres que los cargan como pueden y los atan a su cintura con bandas de tela para evitar que se pierdan en los cañaverales.  La larga hilera de cañas iluminadas avanza lentamente como una sinuosa serpiente de luz hacia el amanecer de un nuevo día en dirección a la alquería de Benirabe.

    La sequía azota los campos este año del señor de 1503. El consejo de la nueva y pequeña ciudad solicita que se hagan procesiones con rogativas para pedir las lluvias. Una de ellas a Santa María Magdalena, una diminuta ermita que erigió un monje del Monasterio de les Santes Creus pegada a los muros del Castell Vell. Esta rogativa se seguirá haciendo año tras año, como romería penitencial al lugar del que vinieron, pidiendo el perdón de los pecados y conmemorando el traslado al llano. La romería sale de día y regresa al anochecer en forma de procesión nocturna de penitentes y de nuevo el camino se ilumina, vuelve a reptar la serpiente, del Castell Vell a la Plana, con la luz en largos palos de madera en forma de cayado, con verdes cañas y velas encajadas en estructuras de fino alambre, caminando al son de canticos religiosos. Hacen una parada en San Roc para reponer fuerzas y cerca del anochecer ya se acercan a las puertas de la ciudad, no sin antes entrar en la ermita de Lledó; allí se venera la Santa Troballa, la imagen de María Santísima que el labrador Perot de Grañana encontró a la sombra de un lledoner mientras araba con sus bueyes una mañana de 1366. En Forn del Plá se unen con la procesión de padres de San Agustín, clavarios y mayorales de la Cofradía de la Purísima Sangre de Cristo para atravesar las puertas de la ciudad y procesionar hasta la iglesia parroquial caminando a través de las pequeñas calles acompañados de un mar de luces que convierten la noche en día.

    Los gremios de la ciudad hacen sus gayatas en 1865, son ya catorce hermosas gayatas que representan a cerrajeros, sogueros, panaderos, labradores… todas ellas han evolucionado desde las cañas con adornos y velas a estructuras en forma de cayado o pirámide, llenas de cirios o plagadas de vasitos de cristal coloreado donde se enseñorea la luz. Se han hecho grandes, se adornan con tallas de madera pintada, crecen en tamaño y altura a lo largo de los años, pero todas proceden de esa caña verde con luz de sus ancestros, que no se apaga nunca. La serpiente luminosa sigue viva en el corazón de las gentes de Castelló.

    No se puede detener el tiempo, en este atardecer de primavera, una pequeña con ojos ilusionados espera ansiosa que las gayatas desfilen por las calles de la ciudad. Sentada junto a su madre en la calle Mayor, contempla el ir y venir de la gente que intenta acomodarse. Primero ha de pasar la procesión de penitentes y pregunta a su madre con curiosidad por el significado de los cofrades, apóstoles, la imagen de una María Magdalena pecadora y otra arrepentida de larga melena, personajes que pasan ante sus ojos en carros triunfantes. Su madre le explica que se rememora aquella antigua procesión penitencial y rogativa, pero ella quiere ver las gayatas y sus luces, monumentos de luz cada vez más grandes y originales donde brilla la imaginación de los maestros gayateros y dónde ella busca año tras año, los símbolos de tradición de la ciudad que con tanto amor y orgullo de genealogía le han trasmitido sus padres. La procesión pasa y las gayatas se demoran. Inquieta pregunta a su madre ¿por qué tardan tanto? ¿por qué se ha cortado? Su madre solícita, le explica la razón y le recita este dicho popular:

    Si vas a la Magdalena i no pregues a Lledó
    No digues a boca plena que eres fill de Castelló

    Se cubre las piernas con su mantita de lana, la noche esta fría y llovizna de nuevo, cuando de pronto al final de la calle, atisba la luz que avanza en todo su fulgor, una luz que no ha dejado de serpentear por colinas, alquerías y llano para entrar de nuevo en la Ciudad de Castelló. Las ve pasar, una tras otra y se queda ensimismada en sus luces de colores y vasitos de vidrio iluminados buscando en la gayata, el cayado, la ermita de la Magdalena y el escudo de su ciudad.

    La serpiente de luz que nació en 1251 sigue viva en esta primavera de 2024 recorriendo las calles y volviendo por los siglos de los siglos a convertir la noche en día.

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