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Por Manuel Altava
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La sonrisa de la Infanta

    En los albores de 1975, cuando la salud del general Franco se resentía de forma alarmante, la actitud del entonces Príncipe de España ya se decía que era más que encomiable por su aguante y su nada estirado comportamiento institucional. Una vez convertido en Jefe del Estado a título de Rey, su impulso en favor de lograr una monarquía parlamentaria e implantar una democracia constitucional se tradujo en la más grande admiración de su figura y su persona dentro y fuera de nuestro país y nuestro más cercano entorno. Como indica Ramírez Rodríguez, en los arranques del jaleado sistema democrático español la monarquía española se caracterizaba por su cercanía, la ausencia de arrogancia de su titular y la identificación de los ciudadanos con la Familia Real. En tiempo record se pudo pasar de un régimen totalitario de partido único, más o menos dulcificado por necesidades del entorno echando mano de conceptos tales como el de democracia orgánica, a la masiva aprobación en referéndum de una Constitución democrática y elecciones libres. No pasaron muchos años para que se diera otra gran prueba. El intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981 se sofocó en manos de Juan Carlos I. Nadie más coherente que aquél que impulsó la democracia con todas sus fuerzas e inteligencia para devolver al camino recto esa terrible situación de sobresalto de la esperanza. Entre los grandes errores de los golpistas, uno fue crucial: confundir al jefe supremo de las Fuerzas Armadas con el anterior general. Nunca fueron iguales y nunca quisieron lo mismo.

    Las elecciones libres se sucedieron unas tras otras y en gran número. Europa nos aceptó como nunca y nos otorgó el respeto del que en tantas ocasiones históricas contemporáneas carecimos. Nos acostumbramos a un cambio tan rápido que sorprendía mirar atrás habiendo pasado tan poco tiempo. Aún hoy treinta y cuatro años después es muy poco tiempo para que cundan afanes revisionistas o hasta reinstauradores. Un defecto comprensible pero letal, la miope falta de perspectiva histórica, sociológica y política de los que, quizá, quieren resolver sus malos episodios o incompetencia temporal poniendo en riesgo la causa de todos.

    Ha habido más ocasiones en las que el Rey ha protagonizado con inusitada brillantez su hoja de servicios. Sus grandes dotes diplomáticas han facilitado nuestro comercio y, con su mediación, se han hecho posibles grandes oportunidades para las empresas españolas, siendo bien cierto que a otras pruebas se ha visto sometida también nuestra Monarquía, resueltas con naturalidad, cercanía y responsabilidad, como la participación en una cacería en Botsuana.

    Hoy, la imputación de la Infanta doña Cristina y su interrogatorio del pasado sábado han sido una prueba más. Con independencia de que nos pueda parecer bien o mal la sonrisa de una Infanta de España yendo a declarar en calidad de imputada o seamos partidarios de la monarquía o de la república, es momento de reconocer el papel desarrollado por la monarquía. Muchas encuestas y más tinta se ha gastado sobre si los preguntados opinan que hay inocencia o no en la conducta de la hija del Rey. Muchos desean condenarla y muchos más que sea declarada inocente, llegado el juicio. Este pueblo siempre acaba por evidenciar que es más sabio que muchos de sus dirigentes y rechaza que nada ni nadie nunca debe poner en jaque al Estado.

    Es cierto que, asumida la Transición, se la ha analizado posteriormente con ojo crítico y se ha hecho con un empecinamiento en arrebatarle su carácter de icono o modélico hito. Toda empresa humana es imperfecta y susceptible de ser radiografiada. Su resultado siempre mostrará determinados flancos débiles contra los que poder arremeter, pero si la minuciosidad de la investigación echa mano de razonables criterios de objetividad y adecuación a los tiempos y los hechos solo podrá colegirse la grandeza y alta calidad del proceso y su consecuencia. Cuesta celebrar lo que nos ocurre de bueno cuando nos viene dado. Ojalá no tengamos que echar en falta algún día aquello que hasta aquí hemos aprendido a tener tan a disposición diaria.

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