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Por Vicent Albaro
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El mes de mayo y los mayos

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    El mes de mayo y los mayos- (foto 1)
    El mes de mayo y los mayos- (foto 2)

    No sé si fue suerte o azar, pero yo como muchos otros, paramos a estudiar como alumnos al colegio de los Hermanos de la Salle en Alcora. Un imponente edificio a las afueras de la población y muy cerquita del cuartel de los civiles. Por el sureste algunas casas de rancios tejados que daban a la plaza, por el norte estaba rodeado de patios o descubiertos donde los paisanos criaban gallinas y conejos como suplemento alimenticio. Tenía dos patios y un huerto. El patio trasero para jugar a futbol, en esos partidos memorables por las tardes y antes de que tocara la campanilla, con una regla general: “Patadas al balón y todos contra todos”. El patio delantero era más sofisticado, rellano de la fachada principal con la balconada balaustrada y grandes ventanales en forma de óculos, y el portalón solemne y estriado, rememorando su alta alcurnia.

    Todo envuelto de soberbios pinos con una sombra grata y refrescante las tardes calurosas del verano. Años después se construyó la cancha de baloncesto, y el arranque de los pinos constituyó una epopeya para algunos que tiraban de las cuerdas a la hora de derribarlos.

    La escalinata doble que accedía desde la travesía con el cuadro en azulejos polícromos de san Juan Bautista de la Salle y el busto del mecenas don J.M. Gil del Castillo, le otorgaba un porte señorial, que para quienes solo vislumbrábamos casas de rústica mampostería, nos parecía el palacio de Versalles. En la parte norte lindando con algunas fabriquitas de azulejos y monte vila, estaba el huerto con su imponente higuera, sus corralizas de gallinas y el siempre sufrido conejo. Ese era el entorno estudiantil de horas lectivas, y el patio comunal de propios y foráneos hasta la anochecida cuando el hermano cerraba las puertas, bien entrada ya la noche.

    Cuando llegaba el mes de las flores, mayo, era costumbre celebrar el mes de María. Una pequeña capilla con titular de la Inmaculada en hornacina, y san José y el señor de la Salle a ambos lados en ménsula, formaban aquel retablo siempre adornados de búcaros con rosas, jacarandas, jeringuillas, azucenas, gladiolos, etc. que mirábamos con ojos escudriñadores y absortos mientras un perfume denso, espeso y embriagador lo llenaba todo. En aquel minúsculo espacio se sucedían las cuentas del rosario en misterios, padrenuestros y avemarías, lecturas, cantos y las letanías lauretanas, que te las sabías de memoria. Por dos reales agujereados, (dos quinsets) te daban una estampita de la virgen que coleccionábamos con fruición. Bellas obras de arte de todos los estilos desde el románico, gótico hasta ya el moderno, de la virgen con niño que sin saberlo, nos introducía en el mundo del coleccionismo sacro, porque de los cromos de futbolistas y del mundo salvaje en Vida y Color, ya estábamos servidos.

    Rezar el Mayo era lo normal en nuestro colegio, como lo era también en el de las Hermanas de la Consolación en la plaza de la Iglesia. No tengo claro si en los maestros del grupo Generalísimo a principios de los sesenta, también lo hacían. En nuestra capilla profusamente decorada de tapices barrocos, los cantos eran una polifonía angelical y máxime cuando estos actos, te eximían de ciertas clases duras e incómodas como aritmética, matemáticas o geometría. Por las grandes ventanas abiertas, susurraban las golondrinas (prosopopeya de libro) que anidaban en las esquinas recoletas, mientras un jolgorio de gorriones andaba de amoríos por la copa de los pinos que igualaban en altura a la estancia, con ese canto chirriante y poco grato del pájaro.

    “El trece de mayo la Madre de Dios, bajo de los cielos a Cova d’Iria…Aveeee, Aveeee…Maríaaaaa…..Aveeeee….Aveeee….Aveeeee….Maríaaaaa” El culmen de esta preparación concurría en la procesión del farolito por las calles de la Villa antigua, todos los niños de los colegios, portando un farolillo de colores encendido y en desfile procesional, zigzagueando por la plaza de la Sangre en un circuito predeterminado que desde la altura se leía, AVE MARÍA. Era como el fin de curso, donde también se cantaba la archiconocida canción de Marisol, “Adiós al colegio, Adiós”. Quien lo ha vivido, lo sabe. Aunque es verdad que a veces la memoria es frágil y traicionera.

    Pero el Mayo del mes de mayo, no se quedaba solo en el colegio o la Iglesia. En nuestras casas, en un rincón recoleto, o sobre un aparador o alacena, hacíamos nuestro mayo con una estampa, una figura Virginal o cualquier imagen que nos relacionara con el gran Mayo colegial. Mi madre ponía especial empeño en que no faltara el mayo cada año. Algunos le ponían velitas minúsculas de los cumpleaños y flores del huerto o silvestres, según cada cual. Algo similar a las capillitas de vírgenes y santos que circulan de casa en casa, aún hoy en día y que son de especial devoción por algunas familias.

    No sé si hoy se harán Mayos, alguno seguro que sí, pero quizás no serán muchos. Por fortuna lo he tenido presente por la parte de mi santa, pues su madre Asunción Rosa Presentación, lo hacía cada año además de otras devociones particulares, y nos participaba de su iniciativa. Se crió en ello, como decía, y lo practicó hasta el adiós final una tibia tarde noche de este incipiente mayo, recién puestas las últimas margaritas silvestres.

    Pensamos seguir ese ejemplo, lo merece su entrega sin mesura, el cariño a la vieja usanza, la ternura infantil que subyace en este creativo montaje que, alejados de nostalgias infantiles es un eslabón más en el camino de la sencillez, humildad y visión certera y firme de que al final, solo quedan el amor y el servicio en la entrega. Por eso y más, vivan el mes de mayo y los Mayos.

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