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Por Vicent Albaro
Camins de l´Alcora - RSS

Arrieros somos...

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    Arrieros somos...- (foto 1)
    Arrieros somos...- (foto 2)

    Hacía tiempo que obviaba esta temática que nos es tan consustancial a los de Alcora. A cuchilladas traicioneras que duelen, esfuerzos y sacrificios de toda índole sin la mínima compensación moral, le añades un sistema burocrático estúpido en contra y todo desemboca en desengaño, y en que, de tener cinco caballerías en la cuadra pasas al vacío más absoluto y que aquel benemérito recinto lo invadan las telarañas, esas telarañas mugrientas, pesadas y densas que siempre han adornado cual guirnaldas mohosas, las esquinas y catafalcos de estas singulares estancias. Y digo que es consustancial –aunque a la mayoría no le importa un carajo-  porque sentimentalmente estamos ligados al oficio arriero en sus diversos grados. Después, porque una de las festividades más genuinas y primigenias como San Antonio Abad, cabalga a lomos de caballerías. Esa festividad que en la negra y fría noche de mediados de enero, saca a relucir la caricatura de lo que fue en otros tiempos, grandes e importantes tiempos que protagonizaron nuestros mayores, los grandes olvidados y sepultados por siempre, amén.

    El oficio arriero ha sido uno de los de mayor tradición por esta zona, con su costumbrismo secular, su vocabulario exclusivo y hasta sus genuinos cantares. Profesión heredada de la más remota antigüedad, era imprescindible para llevar el comercio a todas partes. Pues éste es el oficio de trajinar con bestias de carga, porteando géneros y mercancías de un lugar a otro, ya cercano o lejano, conocidos como arrieros, trajinantes o vendedores ambulantes. Comenzaron utilizando bueyes para salvar el transporte pesado y fatigoso, pero al final se impuso la mula que se aferraba mejor a cualquier terreno, y con el mulo comenzó la arriería propiamente dicha. Así se forjó el oficio entre arrieros y mulas, había dueños de reatas como hoy existen dueños de camiones.

    La situación de las zonas donde la agricultura era poco propicia, favoreció el que muchos de sus vecinos  se dedicaran al transporte de todo tipo de mercaderías, a lomos de mulas o machos formando recuas. A lo largo de la historia los arrieros fueron beneficiados por privilegios concedidos por los reyes, agradecidos por su labor de logística en las guerras, transportando enseres militares y víveres,  aparte de la prosperidad que generaban en el desarrollo de los pueblos. Aunque la época dorada para los arrieros llega en el siglo XVIII, ya en el siglo anterior había florecido su actividad mercantil que viajaba por doquier, hasta la llegada del ferrocarril que acabó con todas.

    Es en esos años cuando surgen las calles principales de villas y poblaciones, anchas y empedradas para permitir el tránsito de carruajes, y también las casas de los arrieros favorecidos por la fortuna de su trabajo, grandes puertas con piedras labradas para el paso de los carros, cuadras, pajar, estancias amplias y patio central. No se trata de una clase dominante estructurada, sino más bien de grupos familiares individualistas que tienen su clientela establecida, y que mezclan con inteligencia y sabiduría, las bondades de la agricultura y el cuidado de las acémilas, tan necesarias para su trabajo. Utilizan con habilidad la faceta de labrador, comerciante, industrial y transportista por los caminos polvorientos y sendas cerradas de cualquier producto que les deparara negocio y beneficios.

    Si el lector ha sido paciente y ha llegado hasta aquí, entenderá por qué siempre he intentado dignificar a este gremio denostado por la apatía local de muchos años. No es un trabajo corriente ni sencillo, sino todo lo contrario. Y además, tiene en el fondo mucha similitud con la vida moderna actual. O al menos en la que hemos vivido en los últimos años, y que precisamente por ello, por esa identificación con nuestro pasado histórico, merecía ocupar un lugar destacado en nuestra historia y el reconocimiento de esa labor ingente y callada de siglos, que si bien desapareció por la modernización del siglo XX, ya había prendido ese espíritu de lucha y aventura entre los moradores de esta tierra huraña.  

    Los arrieros de Alcora destacan por la singularidad de transportar en los serones, piezas cerámicas de la Real Fábrica del Conde de Aranda. Eso les confiere un plus de finura, delicadeza y responsabilidad, pues al tratarse de una mercancía frágil y muy valiosa conlleva un manejo y cuidado extremos. De esta forma los trajinantes se desplazaban desde la Fábrica, hasta los lugares más lejanos, y no solo transportan mercancía, sino otros modos de vida, formas de pensar y culturas dispares que son a menudo de ida y vuelta, una vez y otra, y otra vez más.

    Glosar el espíritu arriero es un goce literario. Porque unos individuos que no temen a la soledad ni a los avatares del camino son en sí mismos, unos personajes de leyenda. Máxime cuando no había mapas ni la mínima seguridad vial en trayectos sembrados de maleantes con afición bandolera. Adormilados a lomos del mulo en las tardes bascosas del estío con un sol que aplasta los ánimos, o ateridos en las negras noches del frío invierno, expuestos a los vendavales, tormentas y lluvias de temporal. ¿Cómo obviar a estos hombres curtidos de soles y escarchas, bajo la luna y el trémulo fulgor de millones de estrellas? ¿Cómo no subrayar la aventura épica de viajes imposibles, con el anhelo del regreso y vislumbrar en la lejanía, la silueta de aquella ermita santa que a modo de hito, marca el final del camino y sella el regreso a la cercanía del hogar?

    Los arrieros fueron gente alejada de las sábanas y amigos de albardas, jáquimas, cinchas, mandiles y retrancas. Refractarios a las melindres y enfermedades en su trajinar de mercaderías que no solo las transportaban, sino que efectuaban intercambios y transacciones, y en las paradas obligatorias de las fondas adquirían conocimientos de otros lares y otras gentes, en una sociedad opaca de comunicaciones, por lo que su cultura popular era vastísima.  Con un oficio transmitido de padres a hijos con el noble afán de supervivencia, lo que siempre se llamó “buscarse la vida”, no caben mayores mitos en un pueblo andariego que buscó siempre el afán de aventura y superación.

    Dejo el tema para otras crónicas próximas, no sin antes subrayar que considero de buena fe la intención del monumento arriero a la entrada de la población, pero esta página es libre y por ello no rinde pleitesía gratuita a nadie. Dicho conjunto escultural exhibe en su pomposa volumetría escaso gusto artístico, a veces el voluntarismo y las prisas no son ingredientes eficaces para rematar una obra de arte. El vulgo, que suele ser sabio pero no siempre justo, la ha bautizado como la “Rotonda de los Burros”, un apelativo a todas luces degradante para lo que simboliza en su esencia,  que se ha narrado con anterioridad y continuará próximamente explicando las bondades y singularidad de los mulos o machos, que son en realidad los protagonistas principales de todo este mundo perdido y demasiado ignorado.  “Crudeliter effingo misers”   

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