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Por Ángel Padilla
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"Las cadenas que amamos", editorial Páramo. [Reseña]

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    "Las cadenas que amamos", editorial Páramo. [Reseña]- (foto 1)
    "Las cadenas que amamos", editorial Páramo. [Reseña]- (foto 2)

    Hay libros que son esenciales. Esta es una frase típica. Pero cuando afirmo esto en mi caso me refiero a verdaderamente esenciales.

    Si hablo de "Las cadenas que amamos", editado por Páramo en este mismo 2021, me estoy refiriendo a uno de los grandes libros que hay que leer, que son verdaderamente esenciales en tanto a ensayos para la comprensión del mundo, de nuestra historia, del devenir de ésta por nuestra tierra tan hostigada por ese mono que se escindió de la selva y de las amplitudes azules celestiales para autorecluirse entre paredes: nosotros. La paradoja. El misterio. El animal más cruel, el que cree ser el único que realiza arte y operaciones mentales complejas (ah sapiens sapiens, resultaste ser tan tonto!), a la vez el animal científico -para saber qué va antes, si el huevo o la gallina, encerró a la gallina y le colocó cámaras de 24 horas, entonces la gallina ponía el huevo pero del huevo salía de nuevo la gallina y el humano científico dictamina: todo es un continuum, ante el descubrimiento los pueblos aplauden y hacen fiestas por la llegada del "conocimiento" en tanto la gallina está enjaulada. De toda esta ironía, del todo letal, en que se han convertido nuestras vidas, va "Las cadenas que amamos", de cómo nos hemos convertido en enemigos de nosotros mismos y de todo lo vivo, en ese invento engordado con mucho atrezzo llamado civilización, socialización, progreso, estado del bienestar, era de la información. Cómo, en esa pretendida evolución y avance y victoria común, estamos cada vez más separados unos de otros y con ideas tan distanciadas, con una igual cultura (eso dicen) pero con tantas miradas del mundo, y tan informes, como mercenarios de la mentira hay, mercaderes de la venta del elixir de la eterna juventud (felicidad) que fustigan las mentes de los televidentes (hoy no hay ciudadanos, ni humanos vivos, hay televidentes). Todos atados de cadena a una parcela de tierra en una tierra que antaño recorríamos a kilómetros como las orcas los océanos. Mientras los activistas animalistas realizan abrazos a Mundo Marino, el acuario argentino donde mantienen contra su voluntad en una piscina minúscula, a la orca Kshamenk, para que realice dos funciones al día delante de sobre todo niños, esos niños y esos adultos, de ellos se estiran también cadenas desde sus cuellos hasta los tuétanos de sus casas, atados a la hipoteca, atados al ser-político, abrazados al miedo de hacer lo que los demás y lo que mandan los gobiernos, frustrados, maltratan, destruyen y atropellan; reos, encierran y asesinan. Ciegos, amargados, incendian los campos y atestan de basura los mares y ríos. Malotes que creen ser libres, en una competición por ver quién es peor que el de al lado (lo llaman éxito; no es época de buenos, es época de personas "con éxito" -trepar ya no es un verbo negativo-), amando sus cadenas, porque ser libres es hoy una extravagancia, ser libre es un atentado, es... peligroso y odioso. ¿A quién diablos se le ocurriría salir del redil, sabiendo cuánto y tanto de malo hay fuera, mucho más en comparación de lo que hay en los establos, aquí entre nuestra mierda en lo oscuro y las bocas cerradas con riendas, pero con llegadas de balas de alfalfa fresca diarios?

    Ah los libros! En mi biblioteca tengo otras joyas, editadas de más antiguo, de referencia, de esas que no dejas por temor a que si no te las devuelven y no las recuperas pierdes algo muy importante.

    Por ejemplo, puedo hablar de la exacta y emotiva historia sobre la lucha antiesclavista que escribió Adam Hochschild: "Enterrad las cadenas" (Ediciones Península) y me estremezco sólo de pensar en tal libro; es la mejor obra que alguien puede leer para entender cómo fue la batalla mundial contra la esclavitud negrera en que se comenzó a enviar barcos atestados de africanos cautivos desde el siglo XV hacia los campos de algodón de la América expoliada inicialmente por los españoles. Ese libro recuerdo que publiqué su portada en las redes y una chica me preguntó dónde encontrarlo, que llevaba tiempo y no daba con él, en todo lugar le decían estaba agotado (pido desde aquí se reedite, hay mucha gente esperándolo). Me dio pena por la chica, al mismo tiempo me sentí afortunado por mí. Hay otro gran librazo (editado también muy recientemente, este anterior su edición a "Las cadenas que amamos") para adentrarse de pleno y desde la mayor actualidad y nuevos datos nunca publicados, en el terrible holocausto judío perpetrado por los nazis en la segunda guerra mundial, con nombre "El Holocausto" y escrito por Laurence Ress (Crítica editorial), en una edición gruesa y preciosa de tapa dura, que se lee como una novela, de lo maravillosamente narrado, toda esa blasfemia, esa multimatanza impiadosa que jamás se entenderá; he leído muchas obras sobre el nazismo y las esfinges humeantes rojas de barbarie que su odio patentizó, "El Holocausto" es la obra capital que más me ha puesto los pelos de punta y la más completa, que viene a cerrar la boca del todo a los repulsivos negacionistas del holocausto. Podría dar más ejemplos de libros esenciales y redondos sobre algún tema, son muchos, termino con "El talento creador", de Francisco Alonso Fernández (Temas de hoy: ensayo), que recomiendo como un perfecto estudio de la relación de las enfermedades mentales y la creatividad, la genialidad, el arte y la locura. He leído muchos otros ensayos sobre este tema tan interesante, pero éste, sin duda, es el mejor, de lejos; es El libro que todo el que quiera entender por qué los artistas sufrimos, de una u otra forma, obtendrá respuestas. O, finalizo, para introducirse de pleno en el veganismo y el animalismo: "Liberación animal", de Peter Singer (priméramente editado por Trota, actualmente en librerías de la mano de Taurus y creo de otra más), un libro que en los años 70 conmocionó el mundo y sentó las bases modernas para la lucha por los derechos de los animales.

    "Las cadenas que amamos" cae en mis manos como otro nuevo volumen cerrado y perfecto que ofrece las bondades de abordar múltiples temáticas que nos afectan a todos en esta vida moderna y que, por su estructura y riqueza, se convierte para mí en otro libro de referencia. "Las cadenas que amamos", con subtítulo "Una panorámica sobre el retroceso de occidente a todos los niveles", coordinado por Jorge González del Pozo y Javier Campello Bermejo, editores (editorial Páramo) es, sin duda, un concienzudo buceo por los decrépitos pero aún firmes cimientos que sujetan lo que vemos por todos los lugares en que nos relacionamos en este siglo XXI. Los cimientos, la argamasa, quiénes los obreros y quiénes los arquitectos. Nuestra relación con los demás, con las instituciones, nuestra relación con la tecnología, con el smartphone... "Las cadenas que amamos" nos detiene como en una foto cada uno en un estrato social, momento vivencial, sujetos a la tecnología, interrelacionándonos, como en una foto desde un satélite independiente, y nos analiza, señala todo aquello que no vemos, sería como decirnos en este puzle las piezas que sobran (sobran muchas), en aras de que vuelva a encajar, al menos con intención de avisarnos de la saturación de "piezas".

    Lo primero que llama la atención es lo enorme que es el libro, mas una vez en las manos nos enamora enseguida, con sus tapas blandas y lo manejable que es, el color crema claro de sus páginas y la tipografía escogida, tan fácilmente legible, el diseño de portada y contraportada, todo el libro estéticamente en su conjunto es, sinceramente, una joya. Es muy bello, es precioso. Se nota que se ha realizado con mucho mimo, no quiero ni imaginar el tiempo que ha de dedicarse para realizar una empresa de este tipo, y para que salga sobre todo tan bien.

    En la sinopsis se nos dice, entre otras cosas, que "La historia contemporánea de Occidente se podría resumir en un retroceso a todos los niveles: económico, político, cultural, informativo e incluso de valores. [...] La naturaleza se relega a un segundo plano, no se producen acuerdos para su conservación supeditado todo ello a intereses económicos de una minoría. La economía, disfrazada de un falso bienestar. [...] El objetivo de esta publicación debe ser comprender de una forma más amplia y profunda nuestro tiempo. [...] Sin capacidad de crítica no somos nada más que esclavos, números aleatorios en una fila de reses que se incrementa exponencialmente en dirección al matadero."

    Es un ensayo en el que intervienen, cada cual con una temática especializada, varios autores. El objetivo común: mostrar la realidad que se oculta tras la información que tenemos sobre las distintas capas del funcionamiento social que creemos conocer. Ciertamente, la información "sobre lo que pasa" en el mundo que se ofrece no sólo en la televisión y en los periódicos, sino también en la mayor parte de los libros que hablan sobre la materia, no revela toda la verdad. Sólo la parte amable. O, mejor decir, se revela en los media "la verdad que el poder quiere que sea la verdad". Se puede decir, claramente, que en "Las cadenas que amamos" se libera la verdadera verdad (he realizado el juego de palabras anterior deliberadamente, para que se vea que con las cacofonías creadas enunciando lo más rectamente posible la realidad nuestra que nos chirría aunque giremos la cara a ese detectar de "la anomalía" por miedo), esa misma cacofonía es en lo que ha devenido la canción de la vida; ruido, hoy sólo hay ruido, y para alejar el ruido quizá habrá que tumbar todas estas paredes de ruido con más ruido, pero un ruido muy distinto, claro. En "las cadenas que amamos" ninguno de los autores o autoras que analizan todas las parcelas de esta cárcel social en la que vivimos, tiene miedo de mostrar al rey desnudo (y lo que revelan es muchas veces incendiario, muy molesto, ciertamente, para el poder), son personas firmes que se saben dignas de una misión de clarificación.

    No es tiempo de silencio, menos de tanto ruido que no dice nada. La crisis climática que atraviesa nuestras fincas y pechos como una gran hoz, es el problema más importante al que se ha enfrentado la humanidad en toda su historia, su marcha a caballo y quemando la hierba como Atila. Ante este desastre del orbe todo, sobre el que de no poner medidas serias, en dos o tres décadas entraremos, en cuanto al calentamiento global, a un estado de no retorno, queda seguir clamando en el desierto. ¿Realmente estamos en un desierto? Esa es pregunta fundamental. No. Todos andamos tan cerca unos de otros. Sólo necesitamos que alguien nos preocupe, como dijo Greta Thumberg: "No vengo a darte esperanza. Quiero que sientas pánico". Pero a la vez "Las cadenas que amamos", avisando de la lluvia y augurando el huracán, enuncia a la vez soluciones.

    Los 17 capítulos que completan "Las cadenas que amamos" son firmados por los autores: Adoración Guamán, José Luis Blas Soria, Maya Pagni Barak, Damaso Javier Vicente Blanco, Rocío Anguita Martínez, Aníbal A. Biglieri, Juan Herrero Diéguez, Carlos Javier García, Jorge González del Pozo, Luis I. Prádanos, Marta Madruga Bajo, Jesús Rodríguez Rojo, Manuel García Blanco/ Antonio Orihuela, David Álvarez García, Mariano Monge Juárez, Eduardo Gutiérrez Gutiérrez y Mariano Gallego Sáez.

    Se abordan temas tan de capital importancia como "El derecho a la educación", "Utopía y revolución del mando a distancia: cuando la rebelión se reduce a una película", "La ilusión de 'los derechos' en el sistema migratorio de los Estados Unidos", "El optimismo cruel de la cultura dominante", "Elogio del silencio", "Decadencia y retroceso social en un ejemplo: Argentina", "El poder como enfermedad: los reversos del poder", "Historia de las hipercomunicaciones, hipertexto y muerte de la sociedad: sujeto", "La conciencia feminista", "La decadencia de la cultura occidental. Una visión sobre la etapa "agonista" de la cultura..."

    En las 500 páginas de "Las cadenas que amamos" se describen todos los tipos de celdas de esta penitenciaría, cómo piensan los carceleros, cuáles son las puertas de entrada y salida (también, si se sabe ver, dónde se ocultan las llaves) pero, sobre todo, cómo nos pensamos nosotros libres, siendo presos (esa ceguera esencial que tan bien describió Platón con su (nuestra) cueva. Aprovecha, reo amigo, este libro de la biblioteca de la gran penitenciaría, prisión que va de mar a mar y de continentes a continentes, circunda el orbe, pero ¿es cómodo tu pijama a rayas, no? "Ahora se lleva"; miramos el mundo desde ventanas fajadas de grueso barrote, atados a la bola de hierro; léelo y después hablamos: preparemos la evasión, juntos.

    En "Las cadenas que amamos", el capítulo "El poder como enfermedad..." se abre con algunas citas, entre ellas ésta de Michel Foucault: "El poder es tolerable sólo con la condición de enmascarar una parte importante de sí mismo. Su éxito está en proporción directa con la que logra esconder sus mecanismos".

    Ahí está todo, en lo que está oculto, tapado, bien cubierto. "Las cadenas que amamos" realiza el ingente, durísimo pero obligado y necesario para todos, ejercicio de destapar las cosas mejores y que nos son inherentes para salvarnos, como "los hombres libro" de Huxley, esa tarea de sustraer al poder lo robado bueno, o mejor dicho, esa tarea de devolvernos al pueblo, al clan, la verdad que nos fue sustraída mediante la violencia o el encanto, se expone de nuevo, bajo el sol, en este meritorio ensayo sobre el mundo contemporáneo decadente.

    Los amos, los filibusteros, son hábiles, llevan mintiendo siglos. Son "Maestros del doble pensar orweliano, mentirán a las masas, una y otra vez, con tal de conseguir su objetivo, y las masas, por increíble que parezca, tomarán como verdaderas sus mentiras, creerán en su representación, al menos mientras los manipulados encuentren algún tipo de ganancia en la mentira del manipulador".

    Ganancia. Qué palabra. La que cada vez alcanza más significado y poder en la mente humana del urbanita aterrado ante el no future. Si no conseguimos ser famosos, en el sentido ridículo y abstracto que se muestra esta palabra en la televisión actual, si no logramos ser exitosos, conocidos, si sólo somos, como dicen los que hablan con lenguaje destructivo en boca del poder, "desconocidos", si "no somos nadie", en en esta carrera de fondo tonta y loca de la depredación colectiva, al menos consigamos cuantas más cosas mejor para nuestra familia. Si el mundo de fuera es doloroso, al menos entre nuestras cuatro paredes aprovisionémonos de lo que en la tele se dice que edifica (anestesia). "Los mecanismos para cambiar los deseos de otros pueden ir desde la administración de premios (uso de compensaciones económicas, prebendas, otorgar prestigio..) y la movilización de pasiones como el miedo, la envidia o el resentimiento, la promoción de identidades perversas, la furia, el rencor o la seducción, hasta fomentar la esperanza y el temor, pasiones estas dos últimas que, a decir de Spinoza, son las pasiones que más perversamente intervienen en la conducción de los pueblos y fuentes ellas mismas de esclavitud y falta de libertad [...] Incluso los sentimientos morales pueden pervertirse para cambiar los deseos de la gente".

    En el capítulo "La invisible geografía de los derechos humanos" se dice: Enfocar la inmigración irregular como problema de orden público es una manifiesta muestra de hipocresía colectiva". Un capítulo inmensamente necesario en un tiempo en que los fascismos ganan espacio cuando la ignorancia y la confusión (son lo mismo), crecen ante una propaganda fascista y racista que desvía el foco del problema para culpabilizar a los más vulnerables. En otro capítulo, donde se aborda la miseria de Argentina como ejemplo de todas las demás miserias mundiales, en boca del autor Verbitsky, se habla de los basurales de Villa Miseria: "La basura, revuelta por los perros, se abre como un monstruoso ramo inmundo de papeles sucios, verdura descompuesta, cáscara de papa y un amarillo pedazo de zapallo. Y esa flor de vaciadero se vuelve terriblemente repulsiva." En Argentina además los grandes flagelados son los caballos de los carreros, comprados por cuatro perras en el mercado negro, reventados obligados a arrastrar carros pesadísimos y cuando mueren de sed, hambre y enfermados a palazos, son fácilmente sustituibles. Me cautivó "Las cadenas que amamos" también por contemplar a los no humanos en los distintos discursos. Usualmente en los ensayos sociológicos críticos no se nombran como sujetos de sufrimiento como nosotros a los no humanos, cuestión que me parece de enorme importancia pues siempre en los análisis de las heridas, sangraciones, del mundo (mundo-humano, siempre se establece esta asociación discriminatoria y excluyente), de normal sólo se nombran los padeceres humanos, como si los demás animales fueran parte del mobiliario de las casas o material de las cercas o quizá parte del problema (ya que, no nombrados, flotan en un limbo entremedias).

    Sin embargo, como digo, la generosidad de los ensayistas que concretan un perfecto y redondo discurso del mundo físico y pensado que habitamos, enuncian también a los más olvidados, los animales no humanos. Gratamente he encontrado varias referencias en distintas problemáticas a ellos. Cuestión nueva, ya digo, y plausible. Trabajo en el movimiento de liberación animal y sé cuánto se les sustrae de todos los discursos críticos y/o libertarios.

    En consecuencia, estamos ante una obra que no pretende ser un manual, ni el abrevadero de lo veraz. Es un grito. Un grito que con dedo firme señala la cara esquiva de la mentira. "Las cadenas que amamos" es un completo estudio de "cómo se mueve" el retroceso de Occidente a todos los niveles. Un avanzar hacia atrás, en una dinámica de Alicia en el País de las Maravillas, en este mundo que consideramos real, y lo es. Aunque nuestra cultura heredada sólo nos permite ver lo que nos dijeron que viéramos. El conejo sigue llegando tarde a la hora del té, sigue corriendo, fatigado, como en el cuento. Todos somos ese conejo, y nadie se detiene a disfrutar de la belleza del valle, o a preguntarle a Alicia si se encuentra bien.

    Recomiendo fervientemente la lectura de "Las cadenas que amamos".  Pero a mí no me lo pidáis, libro dejado es libro perdido. Lo tengo con orgullo -y lo consultaré a menudo- en la sección de los libros imprescindibles de mi amada y alegre biblioteca.

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