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Por J. P. Enrique
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Mi viaje a Fez y un islamista

    Visité la ciudad marroquí de Fez hace aproximadamente tres décadas y he vuelto de nuevo. Si desde el aeropuerto, tras rellenar una hoja antivirus anotando que no vengo de China, he podido ver nuevas y amplias avenidas,  la  Medina  sigue mostrando el mismo bullicio de entonces que no debe de ser muy diferente a lo que allí sucedía hace doscientos años.

    Por sus estrechas callejuelas lo más fácil es perderse, ya que  orientarse allí por los rincones de ese enorme laberinto, entre tiendas de 3-4 metros cuadrados, es más que complicado si uno se aparta de la calle principal por la que suelen circular mulos  para llevar a  los comercios  botellas de butano o muebles y mercancías de todo tipo que aún no están bajo el control de Amazon.

    Cualquier cosa se vende en esos comercios: cacharrería, objetos de piel, zapatillas, dulces, dentaduras postizas,… Allí hay bares, hay quioscos de chucherías, hay hoteles, hay restaurantes, mezquitas y puestos callejeros en los que se venden dulces típicos o bocadillos de garbanzos, tal vez  muy sabrosos o muy adecuados para llenar el estómago por unos céntimos de euro.

    En una competencia feroz cada vendedor trata de atraer a los clientes y darles a conocer algún producto que pueda interesarles en el idioma que tratan de escuchar. Para comer hay que vender y la necesidad impulsa a aplicar técnicas de venta aprendidas en la calle en busca de establecer una relación con el transeúnte que facilite el negocio. Quienes ni siquiera tienen el privilegio de disponer de un pequeño local simplemente deambulan por las calles en busca de despistados a los que ofrecen llevar a un restaurante, una cafetería o una terraza en donde tomar un té y, a la hora adecuada, poder observar una puesta de sol escuchando las potentes voces que desde cada minarete invitan a la oración recitando plegarias dirigidas a Alá al que temen tanto como veneran.

    Aunque siempre hay alguien, mozo o niño, dispuesto a ayudar en salir de ese enjambre a cambio de unas monedas,  nos movimos bastante bien, sin alejarnos mucho de la calle principal muy cerca de donde habíamos alquilado una habitación de hotel. Al callejear era necesario pegarse, de vez en cuando, a la pared cuando alguna moto circulaba calle abajo con el motor apagado o para esquivar a los burros y a los que arrastraban remolques al grito de “balak, balak” para abrirse paso entre la multitud.

    Todo el bullicio que durante el día recorre sus angostas calles acaba con la entrada de la noche en la que el silencio se instala en todos los rincones de la Medina hasta el amanecer, cuando las primeras luces del alba animan a cantar a los gallos, a los que sigue el aletear metálico de los palomos. La vida, a partir de esos instantes renace en las callejuelas y los tenderos se animan a cerrar su primera venta  con grandes descuentos, previendo así que el día será bueno y les permitirá sobrevivir hasta el siguiente.

    Desde Fez se puede subir a la colina de  las tumbas benimerinas,                             muy cerca de la Medina. Desde allí, rodeados de unos edificios cosidos por metralla pude  hablar con un bereber,  vendedor de gorros, quien me decía que años atrás subían muchos españoles y compraban todo, pero en los últimos años solo suben, hacen  fotos y desaparecen.

    Desde Fez en una furgoneta nos desplazamos a Chefchaven, una ciudad  con rincones ideales para fotografías,  en un viaje de tres largas horas de ida y otras tantas de vuelta. Otro día fuimos a ver las ciudades de Meknes y de Mulay Idris  y las ruinas romanas de  Volubilis, un espacio que debiera estar mejor cuidado  y que los turistas  invaden con inconsciencia.

    Tras tantas horas con el mismo chofer acabé teniendo una buena relación con Mohamed, un joven muy religioso que rezaba antes de sentarse a la mesa con nosotros y que me acabó contando que a sus 25 años está casado con dos mujeres, una de su misma edad y la otra dos años más joven.

    Si en una primera impresión pensé que era una persona de clase media, ya que disponía de una furgoneta para trasladar a los turistas, acabé sabiendo que la furgoneta no era suya y que trabaja como asalariado para  llevar clientes  de excursión durante varios días, como fue nuestro caso, o para hacer un desplazamiento al aeropuerto a las cuatro de la mañana. Por esos servicios Mohamed percibe como asalariado 240-250 euros/mes ¿Y cómo vives con ese sueldo con dos mujeres y un niño pequeño? Me dijo que vive en casa de sus padres en la que ocupa dos habitaciones y que otro hermano más joven, soltero, aporta sus ingresos para los gastos familiares.

    Quise saber cómo se las apañaba con dos mujeres. Me explicó que era lo ideal y él se ocupa de organizarlo todo. Siguiendo sus instrucciones, cada día y de forma alterna, una se ocupa de las tareas de la casa y la otra de arreglarse para hacer el amor cuando él llega. De esa forma consigue satisfacer sus necesidades sexuales también cuando alguna de ellas está indispuesta. Él se encarga de que haya armonía en el hogar y de comprar los vestidos iguales a pares; también de que sean madres alternativamente. A pesar de ese “ideal” -que él me decía- de compartir dos mujeres en su vida, Mohamed  me confesó  que aspira a tener una tercera de las cuatro que su religión le permite.

    Mohamed me enseñó en su móvil la foto de su hijo y la de su padre pero la cara de sus mujeres está vedada a los hombres y nadie puede contemplarla a no ser sus muy, muy allegados, “para evitar tentaciones     -me decía- y rupturas matrimoniales como sucede en Europa”.

    En el recorrido por el país pude ver la cantidad de controles de la policía, algo mayores de lo habitual en esas fechas, ya que coincidimos con la estancia del rey de Marruecos a su palacio en Fez. Me decía mi amigo que aparte de los controles por la estancia del rey, había otros por la  velocidad y otros para recaudar, ya que la policía  suele pedir 100 DJ (10 euros) cuando para a alguien, y que los conductores suelen pagar para no recibir una inspección minuciosa y tener que pagar mucho más por  cualquier excusa. No quiero pensar lo que hará esa misma policía (de nuestras confianza y untada con nuestro dinero) al  encontrarse con inmigrantes (mujeres, hombres y niños) desesperados.

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