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Por J. P. Enrique
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Miedos

  • Nuestros hospitales, tras los recortes, están cerca del colapso mientras los privados han desplazado pacientes a los públicos

  • Al sentir miedo deberías pensar en el que sienten quienes, huyendo de guerras, caminan miles de kilómetros sin nada y con sus hijos y les recibimos a balazos en las fronteras de Europa

Un virus muy contagioso recorre el mundo y sientes miedo, un miedo que, saltando fronteras,  se esparce por todos los rincones.

Temes que te falte  la comida y vas al supermercado y vacías las estanterías comprando  impulsivamente todo lo que hay en ellas para llevártelo a tu casa. Buscas comprar pollos y los pollos se han agotado. Buscas papel higiénico y desinfectantes, y  no los hay en ninguna parte. Tienes miedo, mucho miedo.

Temes que en cualquier estornudo pueda estar el peligroso virus y acudes con miedo al hospital a unos servicios sanitarios que, tras los recortes y la idea tan repetida de que “es bueno bajar los impuestos”, se ven desbordados y están cerca del colapso por falta de mascarillas, de aparatos para la respiración asistida, de UCIs, de medicamentos, de médicos, de enfermeras,… Un desmantelamiento hecho en nombre de un liberalismo insolidario que busca solo favorecer el negocio de otros hospitales privados que andan  sobrados de camas reservadas para sus cotizantes, mientras ellos están fundamentalmente ocupados en mostrar una cara amable y con esa cara amable desvían hacia los hospitales  públicos a los posibles enfermos del coronavirus. De ese modo entienden los neoliberales, adictos al beneficio privado sin límites, para qué sirve lo público.

Temes por tus ingresos, porque tu negocio se ve afectado. Temes porque se volatilizan tus ahorros en Bolsa. Temes porque te han echado del trabajo. Te encierras en casa. Te asustas. Temes que el bienestar y el consumo del que tanto has abusado, se derrumben.

Tienes miedo y tienes una casa en la que cobijarte. Tienes miedo de no poder comer y dispones de dinero o de una tarjeta  para comprar comida.

Mientras estás embargado por ese terrible miedo, por un instante, en un solo instante, al menos durante unos breves segundos tus miedos deberían llevarte a pensar en las personas como tú que, con miedo, con mucho miedo huyen de la guerra, de la persecución, del hambre,… Un miedo que les ha llevado a dejar su casa sin tener otra en la que habitar y que llevan todas sus pertenencias en una mochila y, en  brazos o de la mano, a su mejor bien: a sus hijos. Con ellos recorren kilómetros y kilómetros agotados y exhaustos hasta llegar a algún lugar con alambradas en donde,  hombres uniformados, les empujan, les golpean, les quitan sus escasas pertenencias y hasta les disparan.

Piensa, al menos, que tus hijos tienen un espacio en donde habitar y que nadie te empuja ni te dispara, ni te obliga a recorrer kilómetros en una huida solo hacia delante y siéntete solidario con  ellos. No permitas que una pizca de odio o desprecio salga de tus labios. No escuches a los que esparcen el odio  hacia ellos y resbalan sobre sus sufrimientos.

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