18 de octubre de 2019 18/10/19
Por J. P. Enrique
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¿La culpa es de Sudáfrica o del cha-cha-cha?

    He asistido este fin de semana a dos conferencias sobre la problemática de la naranja. La primera a cargo del eurodiputado de Compromís Jordi Sebastiá. El político centró la culpa de todo lo que sucede a la citricultura a Sudáfrica y expuso con todo detalle las gestiones que él realizó para que no saliera adelante el pacto con el país africano.

    Sus esfuerzos fracasaron y el acuerdo con Sudáfrica finalmente se firmó en Octubre de 2016. Un acuerdo que  permite  a ese país disfrutar de una reducción de aranceles.

    El político se detuvo en hablar de la calidad de nuestras naranjas y de una competencia que se vale de salarios diez veces más bajos. También dijo que allá se utilizan 50 productos fitosanitarios  prohibidos en España. Habló de que los containers llegan a Ámsterdam y que desde allí tienen una estructura europea que facilita una distribución  incluso más barata que la de nuestros camiones. Se refirió también que hay unas circunstancias especiales en ese país porque el 97% de los latifundios están en manos de blancos y que ello no invita a la solidaridad con la que debemos acoger cultivos de terceros países. Su apuesta fue, no ya de abrir nuevos mercados, sino de potenciar el envío de nuestras naranjas a Europa como tradicionalmente se ha hecho durante años.

    Nos habló de que el pacto con Sudáfrica es una moneda de cambio  de grandes compañías energéticas que buscan introducirse allí. Como solución propuso acudir a las manifestaciones para que el gobierno active la “cláusula de salvaguarda”, prevista en Europa, cuando el precio de un producto es inferior a su coste.

    En el turno de palabra tomé el micrófono para decir: Oigo hablar del problema citrícola y de un tiempo  a esta parte el problema se reduce a denunciar a Sudáfrica, un país con el que hay un acuerdo, según le acabo de escuchar, desde octubre de 2016 ¿Cree Ud. que no existía problema citrícola en 2015, en 2014, en 2013, en 2012,…? ¿Por qué no se habla de la naranja Marroquí, de la Egipcia,…?  ¿Por qué  hemos dejado de enviar a Rusia nuestras naranjas? ¿Por qué no se fomenta la agrupación de fincas? ¿Por qué se han cerrado tantos años los ojos ante los agricultores  indefensos? ¿Por qué la crisis ha hecho a unos pocos ganar muchísimo dinero y a los más pequeños sobrevivir mal trabajando gratis y metiendo dinero de otras fuentes? ¿Por qué no se camina hacia la denominación de origen y hacia la producción ecológica? Hay más preguntas en el cajón: ¿Por qué a los agricultores nunca el comercio les ha pagado el 12% del IVA compensatorio que deberían recibir? ¿Por qué sí se les descuenta el 3% en falso concepto de destrío? En la respuesta a todas esas cuestiones está el cha-cha-chá que no vemos mientras miramos hacia el sur de África.

    Dicho esto quiero que quede claro que no estoy en contra con que lleguen productos agrícolas de otros países más pobres porque el sector primario es su única fuente de ingresos. Sus precios muy bajos pueden dar de comer a muchos europeos con menos renta, pero habría que poner en la etiqueta de forma muy clara que son productos no de cercanías (Km. 0), con costes de contaminación. Debería hacerse también una campaña publicitaria explicando que son baratos porque abusan de mano de obra barata (aunque aquí estemos en la misma línea) y porque utilizan productos fitosanitarios no permitidos en Europa. Con toda esa información los consumidores entenderían que el precio no es lo más importante.

    La segunda conferencia a la que asistí el pasado viernes en Vila-Real fue a cargo de Carlos Peris, Secretario General de la Unió de LLauradors i Ramaders, quien se preguntó si tiene futuro la agricultura y se respondió que sí, para luego detallar los problemas a los que se enfrenta, desde la reconversión varietal, al incremento de las sanciones por el etiquetado y a la competencia de otros países. También reclamó un mayor protagonismo del IVIA para que investigue nuevas variedades.

     Con todos esos, y otros problemas resueltos con acierto, pienso que tal vez en dos o tres décadas la citricultura puede tener futuro, pero ¿hay agricultores dispuestos a seguir perdiendo dinero durante tanto tiempo?

    En la conferencia, como no podía ser de otra forma se habló también de Sudáfrica y escuché, entre el público, a quien  afirmó que en ese país, los grandes latifundios son propiedad de Martí Navarro, Llusar y firmas holandesas.

    Está claro que el futuro de la citricultura es incierto y complejo y va mucho más allá de la simplificación de  acusar a Suráfrica de lo que ha sucedido en esta campaña, ya que las exportaciones a Europa (150.000 Tm) no dejan de ser una gota de agua al lado de las 7.500.000 Tm que España produce.

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