elperiodic.com
SELECCIONA IDIOMA
Valencià
Por J. P. Enrique
Solo es una opinión... - RSS

De Carmelitas a Salesianos en tiempos oscuros

    Hemos ido a los mismos colegios, hemos tenido a los mismos profesores, hemos vivido el mismo ambiente, hemos visto lo mismo y hemos tenido experiencias personales similares. Con todo eso, los compañeros de  colegio de aquellos años, no tenemos los mismos recuerdos y sacamos conclusiones diferentes. Yo voy a hablar con toda su crudeza -siento que mi realidad sea así- de lo que fue mi experiencia, mi verdad, mi recuerdo… por más duro que sea y cueste entenderlo desde la óptica de nuestros días, en los que las cosas han cambiado tanto, que chicos y chicas comparten aulas, aficiones y amistad, algo impensable en tiempos oscuros, en los que la mujer era el pecado e ir a una procesión y mirar la escasa pierna de las niñas de la Consolación, que asomaba entre la larga falta y alto calcetín, era motivo de  pecado, es decir, de confesión y arrepentimiento.

    Me dice alguno de mis compañeros que, gracias a  la forma que le trataron, han hecho de él “un hombre responsable y disciplinado”. Otros, como yo, pensando de otra forma, creemos que nos hemos convertido en personas responsables, a pesar de la educación que hemos recibido en nuestra infancia.

    Los años del entorno de 1960 fueron difíciles. Imperaba una disciplina  muy dura  y los principios educativos eran simples:”La letra con sangre entra” y “L´arbre s´adreça de menut”. Teorías con las que comulgaban los profesores en total sintonía con los padres. El bofetón, el tirón de orejas, el cachete, el vareado con mano abierta o con los dedos levantados para que el dolor entrara bien en el cuerpo, el grito, el miedo y la amenaza, formaban parte del plan escolar. Atreverse a decir en casa que en el colegio te habían pegado o reñido, era tener plaza segura a un segundo castigo. “Vosté, si se porta mal, el castiga” era lo que  siempre decían los padres a los profesores.

    Cuán lejos están aquellas barbaridades, de las no menos  absurdas de  nuestros días, en la que un padre ha llegado a denunciar a un profesor en el juzgado  por mandar escribir 50 veces a su hijo: “Prestaré atención en clase y haré los deberes”.

    No, no guardo buenos recuerdos de mi paso por los carmelitas en donde un religioso utilizaba el método de insultarnos, con palabras en valenciano, a quien no se sabía algo. “¡Tomata!, ¡pepino!, ¡carabassa!, ¡bajoca!,” eran los  vocablos que, a modo de insulto, nosotros apuntábamos y gritábamos a uno de los seis compañeros de curso que fallaba una pregunta.

    Caricias, manoseos y hasta propuestas indecentes sufrí  yo, en tardes de cine y noches de Vigilia, de un pederasta (palabreja diabólica cuyo significado aprendí tarde y aún me cuesta escribir) del que prefiero no acordarme. Me consuela saber que en EEUU y en Irlanda, Austria, Holanda e Italia las cosas, en lo referente a tan repugnante delito, parece que han sido mucho peores.

    Recuerdo de esta época a D. Alejandro que nos daba Ciencias Naturales y se lo saltaba todo porque era todo -en su opinión- demasiado difícil. Es la única asignatura que yo he suspendido en el Bachillerato. Mejor recuerdo me dejó el padre Leopoldo que, siendo duro, era mucho más humano. Otro religioso, el padre Juan de la Cruz me cayó siempre bien hasta el día que  sufrí una enorme decepción que me dejó una huella profunda. Fue  el día en acudí, vestido de nazareno, para participar en  una procesión de Semana Santa y me encontré al religioso en el claustro del convento, cerca de la sacristía, con su cinturón en la mano, descargando golpes con fuerza, una y otra vez, contra un popular deficiente mental llamado Juanitin,  mientas el infeliz gritaba e intentaba esconder la cabeza entre sus manos. Fue el último año que asistí a las procesiones de Semana Santa como cofrade.

    Tras la experiencia de los Carmelitas vinieron los Salesianos. El sistema educativo era el mismo pero aplicado con mayor dureza: disciplina férrea, amedrentamiento y castigos. Cuando un alumno-compañero murió por culpa de una apendicitis: “¿Estaría en gracia  de Dios? ¿Estaría en pecado mortal? ¿Se habría confesado antes de morir?”.  En el colegio  de aquella época, inspirado en San Juan Bosco y alejado de la humanidad del Santo, se respiraba miedo servido también en las lecturas litúrgicas. Como castigos recibíamos algún que otro bofetón repleto de adrenalina del religioso, dábamos vueltas al campo por hablar en valenciano y sufríamos frecuentemente golpes de campana que propinaba el padre Consejero, conocido como “el huevo”. La disciplina incluía ser castigados los domingos, tras la obligada misa dominical: “Fulano y Mengano castigados… y Melchor también por llegar tarde”.

    No,  no  son buenos mis recuerdos, ni creo que fue una enseñanza que me ayudara en mi vida. Del director Joaquín Cardenal, recuerdo la bronca que me profirió, seguramente molesto, porque yo acababa de ser premiado, en los Carmelitas, por la Fundación Cañada-Blanch, entidad  que menospreció de ese modo a los alumnos que él había formado. Fue duro, muy duro. Es mi opinión, claro, aunque otros recuerden de modo distinto lo que ocurrió en unos años difíciles para la sociedad y también para nosotros. Sobre lo que realmente pasó, algo debe de haber recapacitado Joaquín Cardenal porque, me dicen, que volvió a nuestra ciudad recientemente pidiendo perdón, repetidas veces, a los  ex alumnos que fueron a su encuentro. Es un gesto que le honra, aunque los que acudieron a su cita está claro que tienen otra visión y no necesitaban perdonarle porque no tenían nada que reprocharle.

    Lo que acabo de contarles puede ser duro, pero es así como  yo lo he vivido y  recuerdo visto desde mi prisma personal.

    comentarios 23 comentarios
    Andrés Casaus Ballester ( Agogado )
    Andrés Casaus Ballester ( Agogado )
    14/01/2017 12:01
    De acuerdo y refuerzo tu opinión

    Yo coincido y abundando en la opinión ...a pesar de ser de un tiempo posterior a tuyo ... fundamentalmente era lo mismo .... como no rechazar ahora y entonces al " tártaro " Joaquin Cardenal frecuentemente violento y castigador... las diatribas que en cada noche , después de la cena , soltaba no tienen pérdida como sistema de amedrantamiento y terror. Andrés

    Subir