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Por José Luis Ramos
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La pesca de anguilas a la marjaleria con gánguil

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    La pesca de anguilas a la marjaleria con gánguil- (foto 1)

    Trabajé con mi padre en el campo, los primeros años de los 60. Eso me permitió convivir y comprender algo, a la generación de hombres, que convivió con las cartillas de racionamiento y el pan negro. Es decir, los que sufrieron la guerra y sus consecuencias en la posguerra. Entre otras cosas el hambre. Cierto que las cartillas de racionamiento desaparecieron en 1952, y que a principio de los 60, por lo menos en esta zona de La Plana, eran pocas las familias que pasaban hambre. Pero eran muy pocas las personas que podían comer lo que querían. Así que una comida de algo que te gustara, se vivía con gran alegría. Si la comida se disfrutaba acompañado de amigos estimados, y no faltaba la bota o el barral de vino, se vivía como una fiesta extraordinaria.

    Participé y conocí alguna de esas comidas. No recuerdo, ningún caso, que el producto principal de la misma, se comprara. El producto siempre era de caza o pesca, lograda por ellos mismo. Participé en alguna de las comidas que la Tía Pepa, preparaba para la cuadrilla de cazadores de liebres y conejos, que participaba mi padre. Por eso tenía una perra galga y una podenca, que formaban parte de la familia. Pero en este artículo, solo hablaré de la pesca de anguilas.

    Hasta finales de los 60, en Borriana, las acequias eran de tierras. Así cuando había grandes tormentas, sobre todo en otoño, las acequias iban cubiertas de agua de lluvia roja. Mientras corría el agua, algunos pescaban anguilas al “Borinot”. Y, al secarse las acequias, se esgotaban los hoyos que había detrás de los partidores y debajo de los puentes. Era normal obtener un cubo de anguilas que alegraba a la familia, que así podía cambiar de menú. Eso se acabó, cuando se hicieron las acequias de hormigón y se generalizó el uso de pesticidas en la agricultura.

    Pescar al “Borinot”, consiste en atar un algodón a un cordel, con una caña o sin caña. Tener un paraguas, al lado, boca arriba. Se tira el cordel al agua de la acequia, y cuando se nota que el cordel estira porque la angula trata de tragarse el algodón, deprisa se levanta el cordel, que se sitúa encima del paraguas. La anguila al verse fuera del agua, suelta el algodón. Entonces cae dentro del paraguas, que, al estar al revés, por su forma la angula es atrapada antes que pueda escapar

    Lo que era una maravilla para pescar anguilas, en Borriana, era la marjaleria. Sobre todo, en el ámbito de “La Senda L’Ullal”. Tal era la existencia de anguilas, y de gamba, que un primo hermano de mi madre, “Antoniet L’anguilero”, se ganaba la vida pescando anguilas. Hasta los años 70, recuerdo un señor que también se ganaba la vida vendiendo gamba, por las calles, que pescaba a la marjaleria.

    La anguila al marjal, se pescaba en “gánguil”. La pesca en gánguil, consiste en situar dos redes distanciadas a unos 50 metros dentro de un sequiol, impidiendo que las águilas salgan de entre las dos redes. Esas redes tienen en el centro el gánguil, que es por donde la anguila al intentar escapar, queda atrapada. Una vez colocados los gánguiles, se quedaban todos los hombres en calzoncillos de cotón que se ataban a la cintura con un cordel. Cogían una hoz, se metían en el agua, que les llegaba al pecho, y segaban toda la vegetación existente en el agua del sequiol. Mayoritariamente carrizo y juncos. Una vez el sequiols, situado entre los dos gánguiles, quedaba limpio de vegetación había que pisar el barro del fondo, que es donde se esconde la anguila.  El pisado se repetía hasta hacerle la vida imposible a la anguila para que en su huida se metiera dentro del gánguil.  Después de toda una mañana de trabajo, era impresionante ver la cara de satisfacción al ver compensado su trabajo con dos o tres capazos de anguilas. Ese trabajo, se lo vi hacer yo, en varias ocasiones a mi padre (Pepe Reguro), y mis tíos, (Ramón de Gruga y Modesto Reguro) y su cuadrilla de amigos en el entorno de los años sesenta.

    Ver los capazos llenos de anguilas vivas tratando de escapar impresionaba, pero lo impactante era ver durante la operación salir a los hombres del sequiol para arrancarse un montón de sanguijuelas que tenían agarradas en las piernas, y en aquello que les cuelga entre las piernas. Se las quitaban, y otra vez dentro del agua a continuar. Era curiosa la forma de quitárselas. Cogían la sanguijuela por la cola, le arrimaban al culo un cigarro encendido. Así al sentir el fuego la sanguijuela se contrae y queda suelta, separada de la persona. Dicen que, si tratas de arrancarla, estirando de la cola, la ventolera, con la cual extraen la sangre, se rompe, queda dentro del cuerpo y se produce una infección.

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