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Por María José Navarro
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Participar participando

    Recuerdo que mi primer artículo para esta columna fue sobre la participación ciudadana, (me declaro una “friki” de la participación) y de la importancia que tiene no solo para quien participa, sino para su entorno: la persona que aprende a participar, que se involucra en un movimiento participativo crece como persona y aprende a relacionarse con otros pensares, con otras sensibilidades, aprende a negociar y a consensuar… y gracias a esa participación, el entorno mejora sensiblemente.

    Últimamente hablo mucho de ello, porque he estado confeccionando una charla para ofrecer a las familias, sobre la participación en la escuela y el crecimiento que ello supone para toda la comunidad educativa, pero sobre todo para el alumnado, que aprende lo que es la democracia participándola, viviéndola. Y para poder hilvanar este discurso me he basado en muchos autores, pero desde luego he citado, sobre todo, a Francesco Tonucci, como referente de la participación infantil, que llena auditorios con maestras y maestros deseosos de verle y escuchar sus consejos, aunque parece que no de aplicarlos…

    Porque, a pesar de que la “participación” está de moda (con los presupuestos participativos en un gran número de municipios y las ciudades amigas de la infancia por doquier) tengo la desagradable sensación de que estamos en un momento de recesión de dicha participación, o, al menos, la participación que yo entiendo, que es la presencial, en la que se busca el diálogo y el acuerdo por el bien común, que lejos queda de otros conceptos actuales más tendentes al individualismo.

    Solo tenemos que echarles un vistazo a los resultados de las elecciones para los Consejos Escolares, que se realizaron hace apenas una semana, en las que la participación de las familias fue de tan solo un 12,8%; la del alumnado de un 54,2%; mientras que la del profesorado fue de un 85,3%. Evidentemente, para el profesorado resulta muy sencillo votar, puesto que solo ha de pasar por la sala de profesores para emitir su voto. Mucho peor lo tienen las familias, ya que entre las dificultades de conciliación de horarios escolares/laborales y las que la pandemia ha añadido, con muchos meses de no pisar el centro escolar por las restricciones covid, con lo que eso ha supuesto de alejamiento de la escuela, no es de extrañar la baja participación.

    Pero me preocupa mucho más la participación del alumnado, que debería haber alcanzado, como poco, un porcentaje similar al del profesorado, ya que las urnas están muy a su alcance, y que indica claramente que no se trabaja lo suficiente en los centros para implicar a chicos y chicas en esto de la democracia, que a mi entender comienza (o debería comenzar) en la escuela e institutos.

    La capacidad organizativa del alumnado todavía indica más claramente lo lejos que estamos de una participación real (tal vez nos situaría solo en los tres primeros escalones de la escalera de Rogert Hart: manipulación, decoración y actuación simbólica) ya que de los 1.159 representantes electos del sector alumnado en toda nuestra comunidad en centros públicos, 1.122 no pertenecen a ninguna asociación estudiantil…

    Tendremos que empezar a asumir que si queremos tener una sana democracia en nuestro país, hay que empezar a trabajar con esas chicas y chicos de nuestras escuelas, que se convertirán o en la ciudadanía crítica que necesitamos en el futuro turbio que se presenta, o en personas sin criterios claros, sin experiencias previas y sin tener asumido que lo único que nos puede ayudar ante este sistema individualista que nos envuelve, es la unión y el trabajo colectivo para defender el bien común, porque a participar solo se aprende participando.

     

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