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Por María José Navarro
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Cantó, UPyD-Ciudadanos

    Hace ya muchos años, cuando todavía existía aquel partido llamado UPyD y yo andaba metida en el movimiento de las AMPAs, me tocó reunirme una mañana con él. Toni Cantó andaba haciendo la ronda de contactos habitual para vender su producto para las elecciones generales de 2011 y, acompañado por un par de compañeros más, acudió a la cita con la sonrisa puesta.

    Lo típico en estas reuniones es que el político de turno venga, te cuente las maravillas que lleva en su programa y todo lo que va a mejorar si le das el apoyo, y la reunión se zanje con un apretón de manos, la foto de rigor para que quede constancia de ella y si te he visto no me acuerdo.

    En este caso, las personas que les recibimos nos habíamos tomado la molestia de leer el programa electoral del partido (algo que les sorprendió, por lo que dedujimos que no era lo habitual), así que fuimos nosotras las que después de los primeros minutos y de las presentaciones oportunas, llevamos las riendas de la reunión. Por supuesto, el programa que leímos, en lo tocante a la educación, no era de nuestro agrado, pues se escoraba peligrosamente hacia lo privado y, la tan mal interpretada, cuestión de la libertad de las familias en la elección de centro escolar, era el argumento para la defensa de esa privatización.

    El debate fue intenso y, a pesar de mi mala memoria, no se me ha olvidado una frase que dijo en un momento dado, al ver nuestro rechazo a su política educativa, y que fue algo así como: si no os gusta, podemos cambiarla… muy a lo Groucho Marx y su famosa frase “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”, que nos dejó muy descolocadas y que dice mucho, y no bueno, de la catadura moral de este personaje.

    Ahora, en el 2019, vuelve a la carga de la mano de Ciudadanos, que lo presenta como candidato para la presidencia de la Generalitat, aunque su discurso, a pesar de aquella propuesta de cambio, sigue en la misma línea de deriva, y amenaza con privatizar los servicios públicos más básicos, como son la educación y la sanidad, con el peregrino pretexto de que los conciertos salen más baratos… Esto sin hablar de la fijación obsesiva hacia el valenciano y su propuesta de librar a nuestros escolares de “sus garras”, españolizándolos, tanto o más como el ministro Wert pretendía hacer, en su momento, con el alumnado catalán.

    No es cuestión de hacer números aquí, porque sabemos que la sanidad privada maneja cifras de escándalo y en los casos en los que se han privatizado estos servicios en nuestra comunidad autónoma, ha tocado pagar (con dinero de todas y todos) para rescatarlos posteriormente… También habría que analizar exhaustivamente el hecho del “mal” funcionamiento de los servicios públicos, después de las medidas restrictivas tomadas en 2012 y el auge, posterior, de las pólizas privadas.

    Este panorama cambiaría mucho no a través de la privatización, como algunos defienden, sino a través de una correcta financiación de estos servicios, que pasaría por un incremento en el presupuesto destinado desde el gobierno central a nuestra autonomía, que, recordemos, está a la cola en cuanto al dinero recibido, siendo tan solo de 88’3€ por habitante, mientras que la que más recibe tiene 124’3€.

    Quiero vivir en un país donde todas las personas tengan garantizadas las prestaciones en educación y en sanidad, sin importar el lugar en el que residan, ni su procedencia, ni su condición social… Y quiero vivir en un país donde se defiendan las lenguas cooficiales, y se usen, y se estudien, y se pongan en valor, como elementos enriquecedores de nuestra cultura.

    Lo otro, la privatización de los servicios y la discriminación del valenciano, solo nos va a dejar un terreno plagado de desigualdades, y muy árido, triste y sombrío.

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