17 de julio de 2019 17/7/19

Que tengamos salud

Estas Navidades, en mi familia se ha dado un fenómeno curioso que desmonta la teoría de que, a quien no le toca la Lotería, al menos la Divina Providencia, el karma o aquello en lo que ustedes crean, y que equilibra el Universo, proporciona una cantidad razonable de salud que va menguando a medida avanza el nuevo año. En resumen, que desde el día veintiséis, mi hijo pequeño se convirtió en paciente del Hospital Clínico, en un indeseado “paquete vacacional” que duró cuatro días y cinco noches con pensión completa.

Y así, del mismo modo que cuando llegan estas señaladas fechas, se suele quemar el televisor, embozar la lavadora o se empeña en morir cualquier electrodoméstico, en nuestro caso el “estropeado” fue el benjamín de la casa. Supondrán que, dado el tono jocoso hasta el momento, no fue más que un susto del que ya nos hemos recuperado, por fortuna, y mi “pequeño cachorro” está mejor que bien. Pero ese periodo de convalecencia me ha sido muy útil para reflexionar sobre algunos temas hospitalarios que quería compartir con ustedes.

Como ya les digo, fuimos residentes del Clínico que, por suerte o por desgracia, se ha convertido en “mi segunda casa” desde hace casi una década, por motivos muy distintos, y que no vienen al caso. Nunca he tenido queja alguna de este Centro, y eso que han sido testigos de dos nacimientos, un legrado y un fallecimiento entre los de mi sangre. Sus profesionales me han demostrado que, ni siquiera con recortes presupuestarios, dejan de ofrecer un trato humano y una atención de primera calidad. Desde aquí, mi más sincero agradecimiento.

En realidad, no quería que mi pequeña aportación de hoy tuviera demasiado que ver con quejas políticas con tijeras de fondo, sino precisamente por cómo tratamos los usuarios ese servicio de calidad que se nos ofrece desde Sanidad. En mi caso, y haciendo guardia nocturna junto a los pies de la cama de mi pequeño, procuré molestar lo mínimo imprescindible, con un buen libro entre las manos... y una novela por terminar en el ordenador portátil. Leí y entendí las normas de comportamiento que nos entregaron tan pronto entramos en la habitación, y me parecieron de sentido común, por lo que desde el principio “di poca faena”, como se suele decir por estas latitudes.

Sin embargo, eso no evitó que viera toda clase de escenas incívicas, protagonizadas por esa misma gente que compara, disgustados, nuestros servicios con los países nórdicos, con Inglaterra, Francia o Estados Unidos... pero que luego no es capaz de comportarse como noruegos, ingleses, franceses o norteamericanos. Familias que se pasan por el Arco del Triunfo la recomendación de “dos personas por paciente” y sólo les falta traerse consigo la tienda de campaña; amorosos padres que no son capaces de dejar a hermanos y primos pequeños en casa, esperando el regreso del “enfermito”, y los llevan para que corran y molesten en los pasillos de Pediatría, como si fuera una guardería pagada por todos. O, lo que me produce una gran tristeza, personas que aprovechan el alta para llevarse consigo toallas o sábanas, con la excusa de “esto también lo pago yo”.

Es gracioso que, al volver a casa, lo primero que viera en la tele fuese el anuncio de Campofrío, donde se nos recordaba que la esencia del español es, entre otras, invitar sin dinero, y cocinar para tres y que coman quince... Supongo que no hubiera estado de más añadir “y robar papel higiénico del hospital público donde te ha tocado pasar las Navidades, y luego quejarte de los recortes”. Bueno, es muy largo y queda poco elegante. Mejor dejamos a Verónica Forqué asegurando que quiere hacerse franco-rusa y, sin ver una mísera devolución de la Lotería, esperar que el 2014 nos dé un huevo de salud... y la yema del otro.

 1 comentario
auditoria
auditoria
14/01/2014 10:01
Chorizos

Cierto que esas cosas pasan , pero esta en nosotros, los que vemos esos desmanes avergonzar al chorizo.......no nos quejemos de los recortes y denunciemos