23 de julio de 2019 23/7/19

El escritor desconocido

Se llama Emilio y está a punto de jubilarse. Vive en Nazaret desde que vino a este mundo. Rostro bondadoso y aspecto jovial, a pesar de que ha sufrido lo peor de la crisis aguardando agónicamente a recibir los derechos que generó durante años de posguerra, de “milagro español”, de transición, de “movida” y un largo etcétera de vivencias que apenas cabrían en este artículo. Y es escritor.

Reside en una casa pequeña, y su aún más diminuto despacho, con las paredes forradas de libros en lugar de papel pintado, recibe luz desde primera hora de la mañana, para que Emilio pueda comenzar a teclear en su ordenador tan pronto como se siente inspirado. No solo es una persona austera por convencimiento, sino también por necesidad, por lo que la luz que gasta su cascada torre informática debe sustraerse de la desnuda bombilla que pende sobre el techo.

No necesita encerrarse en un bunker, como los traductores de Dan Brown con “Inferno”, su última novela superventas, porque su humilde piso, con las estanterías llenas de libros sustituyendo al papel pintado, ofrece el mismo recogimiento. No cae en el histrionismo de Lucía Etxebarría en “Campamento de verano”, porque dudo mucho que se le dé bien dar lástima o sobreactuar. No disfruta de miles de visitas en su blog personal, como Pérez – Reverte, porque su ajustadísimo presupuesto hace tiempo que dejó de permitirle lujos como Internet.

Pero sigue siendo escritor y, en mi caso, habiéndome encadenado voluntariamente a una máquina de escribir a la tierna edad de siete años, y con un par de libros en el mercado, es un valor añadido. Un título que no se cuelga en la pared, una medalla de madera que pesa más que brilla. Mañana quizá hablaremos de los finalistas del premio de fantasía “Minotauro” (entre los que bien desearía encontrarme), o del último recuento de ejemplares vendidos por Belén Esteban (sí, otra vez…), o del último poeta o novelista que nos deja (llevamos un enero tétrico en este sentido), pero dudo que nadie hable de Emilio, así que me van a permitir que lo haga yo en su nombre.

Dudo mucho que la SGAE tenga a bien enviarle ningún cheque por esos derechos de autor que nadie controla como debiera, a pesar de que quizá alguno de ustedes ha leído su “Memorias de un Nazaval”. No me ha sorprendido buscar su nombre en Google y no encontrarlo, a pesar de que fue agraciado con certámenes y concursos literarios, tanto por sus poesías como por sus relatos cortos. Disfrutó de su labor de humilde “juntaletras”, como suelo decir, y ahora aguarda una pensión exigua.

En breve, comenzaré mi segundo taller de Escritura Creativa, y es muy posible que, como en la primera edición, acuda algún adolescente, algún joven escritor. Les hablaré de Emilio, por supuesto. De lo que hizo toda su vida, y de lo que sigue haciendo con gran ilusión a pesar de que ha rebasado esa “línea de meta ficticia” que para muchos son los sesenta y cinco años. De cómo sus ojos brillan cuando me muestra alguno de sus manuscritos, o de cómo se queja de que la letra de muchas ediciones de bolsillo apenas es legible para sus ojos, operados recientemente. Cataratas, creo. Cuando me lo dijo, traté de hacer un chiste, diciéndole que esperaba que nadie le empujara corriente abajo por ellas; rió, por compromiso. No era un buen chiste, lo sé.

A finales de febrero, comenzará a instalarse en la Gran Vía la, para mí, entrañable Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Volveré a acudir, buscando alguno de mis “nole”, como los cromos, esos cómics que faltan en mi colección de Conan, el rarísimo ejemplar de los chicos del castillo de Roca Negra o algún libro interactivo de la época de Altea Junior. Y, por supuesto, buscaré a Emilio; en realidad, buscaré a todos los “Emilios” que vivieron un sueño y que, en algún momento, lo compartieron con nosotros sin más esperanza que alguien los leyera.