15 de diciembre de 2019 15/12/19
Por José Vilaseca
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Cajas tontas, libros malos

    Hace unos días, viendo un programa de televisión con mi mujer, escuchamos una referencia a Paco Umbral. Como no estaba acostumbrada a tanta "familiaridad" con el gran Francisco Umbral, me preguntó a qué "Paco" se referían, y le expliqué, brevemente, que era aquel escritor conocido por la frase "aquí se habla de mi libro... o yo me voy". Dije esto con naturalidad, como sin pensar, y de inmediato me di cuenta de cuánto daño ha hecho la televisión a la literatura... sobre todo a nuestra literatura.

    Francisco Umbral, aparte de discutir con Mercedes Milá acerca de "por qué le había invitado a su programa, si no era para hablar de su libro", escribió más de un centenar de obras, entre novelas, ensayos y colecciones de poemas. Ganó el Premio Nadal el mismo año en que mi madre tuvo a bien traerme a este mundo, así como el González Ruano de periodismo, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Nacional de las Letras y el Premio Cervantes. Sin embargo, para una gran mayoría, el recuerdo que mantenemos de aquel hombre de rostro serio y gafas gruesas, es el cabreo televisivo que antes he mencionado.

    No hay duda de que la televisión es una gran lanzadera para cualquier actor, presentador, periodista o famoso que quiera una trayectoria fulgurante (aunque no siempre brillante, hay que admitirlo). Sin embargo, para el escritor que se atreve con la pequeña pantalla, suele suponer un veneno amargo y lento, que, o bien emponzoña su carrera, o bien lo convierte en un bufón a ojos del gran público.

    El último (y sangrante) caso de "juntaletras damnificado por la caja tonta" ha sido Lucía Extebarría. Entre ustedes y yo, su prosa nunca ha sido de mi agrado, pero he de admitir que tenía público y prestigio. Nadie gana el Nadal, el Primavera y el Planeta por su cara bonita. Sin embargo, a fecha de hoy, a prácticamente cualquiera al que le preguntes quién es Lucía Etxebarría, podrá explicarte con pelos y señales que se trata de aquella concursante histriónica de "Campamento de verano", que apenas duró quince días y que se plegó a las condiciones de una gran cadena televisiva porque le debía a Hacienda hasta la camisa. Incluso, si la persona está particularmente bien informada, podrá añadir que toda esta polémica perjudicó su intención de adoptar a un niño o niña junto con su pareja.

    Hasta entonces, no sabía que tuviera pareja, ni que desease adoptar. No sabía que debía dinero a Hacienda. Ni siquiera sabía que, meses antes, se había dedicado a subir fotos de sus pechos desnudos a una conocida red social. Para mí, pasó de la fama a la infamia simplemente por ofrecerme toda esa "información innecesaria" de su vida, que tan poco tiene que ver con su habilidad para llenar páginas de ideas y sentimientos.

    Fue el último caso... pero no el único. Fernando Arrabal, magnífico escritor y erudito, es conocido como ese señor de chaqueta amarilla que, en bastante mal estado, nos anunciaba que "el mileniarismo va a llegar" durante un debate televisivo. Nadie recuerda que dirigió y protagonizó varias películas, pero sí que la lió parda en un programa que conducía Sánchez - Dragó. Autor éste último que, por cierto, tuvo que aguantar un chaparrón de críticas por airear (a través de entrevistas en prensa... y televisión), que años ha se lió con dos jovencitas en uno de sus viajes a Tokio.

    Al final, la visita de la televisión a las vidas de muchos escritores se resume en "pasos atrás" o en "mitos caídos": Juan Manuel de Prada pasó de ganar el Planeta a presentar para Intereconomía (sin demasiada suerte aparente), un espacio de cine. Camilo José Cela, uno de los nombres propios de las letras españolas, ganó una innecesaria popularidad gracias a la confesión (con la Milá de nuevo, qué curioso...), acerca de su asombrosa capacidad de absorción acuática vía rectal.

    Dicen que la televisión es, para muchos, un Rey Midas capaz de convertir en otro todo lo que toca. Pero, para la literatura, y con permiso de "El tiempo entre costuras", todo lo que toca acaba por pudrirse... o convertirlo en un bufón.

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