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Ni ganas

    Recuerdo a la perfección la sensación de hacer planes todas las semanas con mis amigos, de buscar las formas idóneas de escapar de la rutina, de salir de fiesta y volver sin más condicionantes, de quedar para ver partido con cervecitas, de pasar el día fuera con tu familia, de irme de compras terapéuticas sola, de juntarnos en el piso, la casa o el apartamento de alguien y disfrutar, sin más, y sin escuchar “¿dónde está mi mascarilla?”.

    La recuerdo porque, aunque se hagan planes ahora, ni por asomo es lo mismo de antes. Ahora cuesta cuadrar, y no fechas o lugares, sino motivaciones y ganas. Siento que desde aquel confinamiento nuestra batería social dura mucho menos, y son pocos los planes que reúnen la ilusión necesaria. Quizás muchos no sois conscientes porque os pilla una edad en la que antes no salíais tanto y ahora queréis disfrutar de vuestra recién estrenada edad adulta, pero creednos cuando os decimos que los planes de antes eran otra cosa.

    Comenzamos a conocer de más y más positivos a nuestro alrededor, el recuerdo de una cuarentena amenaza con hacerse realidad de nuevo, el miedo e histeria social se hacen con las personas, los hospitales comienzan a prepararse para ese “por si acaso”, los sanitarios tragan saliva de pensar lo que puede venir, a los comercios se les cae la gota fría de pensar en las cifras, los profesores van sacando el plan b en las programaciones… Y os prometo que no es broma, no es catástrofe, es más que cierto, es serio.

    La diferencia con aquella primera vez es que entonces vivíamos cada novedad con la inocencia, o más bien, la inexperiencia y desconocimiento de no haber vivido algo así nunca. Ahora tememos lo que pueda venir por los efectos y por el agotamiento personal, emocional y social que tenemos. Sé que no es, ni será, igual de grave que aquella vez. Que gracias al índice de vacunación las cifras de positivos no van acompañadas de las de fallecidos. Y que vamos a saber surfear la ola con cabeza y sentido común. Pero el volver a la precaución, viendo la rapidez de contagio, golpea moralmente.

    Es una realidad, estamos agotados de tener presentes condicionantes a la hora de hacer vida normal. Parece como que tengamos que descasar mucho después de un plan, nuestras obligaciones personales y laborales se sienten cada vez más y más losa, y las emociones de las quedadas son tan efímeras y cortas que casi ni nos enteramos de cuando empiezan y de cuando acaban. No entendemos nada de las directrices y medidas de los gobiernos, que parecen más y más contradictorias cada vez. No saben lo que hacen, casi nadie sabe lo que hace. Y eso, añade frustración y enfado al agotamiento.

    En mi caso, estoy cansada de decirles a mis alumnos todos los días que por favor no se bajen la mascarilla, que no compartan los materiales, que no se levanten a hablar con los compañeros en los cambios de clase… Pero es que qué les voy a decir más, si yo estoy deseando llegar a casa y no ponerme más la mascarilla hasta el día siguiente. Esto no significa que no vaya a decirles las cosas o que no sepa la importancia de llevarla, es solo que estoy cansada y no pasa nada por admitirlo. No quita en absoluto que quiera salud para mis alumnos y cuidarlos a toda costa.

    En el pub también estamos cansados de pedir por favor que no se acerquen a la barra, que vamos nosotros, y aun así lo hacen y además sin mascarilla. Y por si no bastase eso, vienen a pedirnos personalmente y sin mascarilla exponiéndonos a nosotros que solo acudimos a trabajar. Pero claro, aunque les digamos las cosas una y otra vez, no voy a dejar de admitir, de nuevo, que estoy cansada y que estoy deseando tomarme gin tonics sin pensar en nada más como ellos. Bueno, quizás pensar en el chico alto y guapo del lugar, o de la próxima canción que quiero bailar con mis amigos, o de la conversación extraña que tendría con mi mejor amiga y una desconocida en el baño. Pero aun no toca hacerlo así.

    Repito por si no ha quedado clara la idea: estamos agotados, aplastados, hundidos y cansados. Sé que puede sonar catastrofista, pero sed conscientes de que hemos librado este año batallas emocionales, personales y laborales con todo eso añadido. Además, como no es a lo que estamos acostumbrados, sino que supone un esfuerzo añadido, nos sentimos culpables hasta de descansar, de sentir agobio, de querer desaparecer y de parar el mundo, aunque solo fuera por dos segundos.

    Una vez leí en una revista histórica de las que pululan por mi casa una frase que dijo Benjamin Franklin en un discurso: “muchas personas mueren a los veinticinco y no son enterradas hasta su muerte”. Se trata de otro contexto y dirigido hacia otros receptores, pero con todo lo aquí expuesto y lo que se percibe, pues cobra un poco de sentido. Qué miedo me da que nos olvidemos de vivir, o de saber hacer vida cuando todo pase.

    Admitir que estamos cansados no significa que no vayamos a seguir cumpliendo, que no vayamos a continuar cuidándonos y que dejemos de ponernos en la piel de los sanitarios, sobre todo en la de ellos. Pero sí implica y conlleva una reflexión que como sociedad deberíamos tener en cuenta: que la recuperación emocional de todo esto no ha comenzado, y que para cuando llegue ese momento de normalidad real no tendremos ni motivación, ni ganas.

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