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Por Manuel Altava
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Lincoln

    Ahora que una laureada película lo ha traído a la memoria se puede recordar que,… Una porción territorial significativa de un Estado importante acaba de declarar su secesión. Sostiene que es la única forma de dar satisfacción a sus reivindicaciones históricas, insuficientemente atendidas por el Estado-matriz. Es cierto que, durante décadas, se han negociado sucesivos compromisos, equilibrios y concesiones políticas buscando contentar a los díscolos, pero ellos consideran que todo ha sido insuficiente y se han atrevido a consumar la declaración de independencia. Desde el gobierno central, se sostiene que la secesión es inconstitucional.

    No, no es lo que usted piensa. No estamos dibujando un posible escenario español en 2014; describo lo que ocurrió en EEUU entre enero y marzo de 1861. El presidente en funciones era el demócrata James Buchanan. Un leñador de New Salem que apenas fue a la escuela y desempeñó todo tipo de oficios manuales en su juventud como balsero, tendero, labrador,… de nombre Lincoln había sido elegido presidente en noviembre de 1860, pero no pudo tomar posesión hasta el 4 de marzo siguiente. Los territorios que habían declarado su independencia eran siete Estados del Sur: Carolina del Sur, Misisipi, Florida, Georgia, Luisiana, Alabama y Texas (les seguirían cuatro más en los primeros meses del mandato efectivo de Lincoln). Los esfuerzos legislativos in extremis dirigidos a aplacar a los secesionistas fueron pergeñados en el Compromiso Crittenden, que, de haber sido aprobado, habría blindado constitucionalmente la esclavitud del Sur de una vez por todas. Pero dicho Compromiso no llegó a traducirse en leyes. Lo impidió Abraham Lincoln, presidente electo, que dijo a los senadores del Partido Republicano: <>. En su discurso al Congreso en julio de 1861, Lincoln desbarató con su brillantez habitual los pseudoargumentos de los sudistas; los Estados del sur no eran soberanos ni lo habían sido jamás; las trece colonias nunca fueron independientes ya que pasaron directamente de la soberanía británica a la norteamericana.

    Como pone de manifiesto Contreras Peláez, el libro de Martín Alonso Ahora y para siempre, libres: Abraham Lincoln y la causa de la Unión muestra con brillantez que la gran intuición de Lincoln fue la indivisibilidad de la libertad: no se podía conceder la libertad sólo a algunos; y no se podía conceder sólo parte de la libertad: Lincoln fue un decidido partidario del mercado libre.

    Por su estatura moral, brillantez teórica y trascendental ejecutoria histórica, Lincoln es probablemente la más importante figura de la democracia liberal del siglo XIX a una altura sólo comparable a la de Winston Churchill en el XX. Así como Churchill, negándose a componendas con Hitler en el verano de 1940 salvó a Europa de una noche interminable de totalitarismo nazi-soviético, Lincoln salvó el experimento demo-liberal norteamericano.

    Lincoln no fue nacionalista, ni lo habría sido hoy; habría sido pro-vida; se habría opuesto al crecimiento constante del intervencionismo estatal; no hubiera estado de acuerdo con la estatalización de la educación, la sanidad y las pensiones;… Lincoln fue un liberal que creía en la igualdad de oportunidades, no en la de resultados. Los grandes hombres existen, aunque sean infrecuentes;… y su doctrina sigue siendo plenamente aplicable a nuestro Estado de hoy.

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    comentarios 2 comentarios
    Llenyador
    Llenyador
    08/02/2013 11:02
    Equilibrio político

    Muy breve: he leído sus apreciaciones sobre el presidente Lincoln nada que objetar. Personaje político a tener siempre en cuenta, su sencillez y afortunado razonamiento ha quedado como base enérgica, sin vacilaciones: hombre entero, sensato y de una humildad para imitar.¡Lástima que en esta nación que creo que todavía se llama España! Tenga la suerte de encontrar a un hombre con parecidas cualidades.

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