11 de diciembre de 2019 11/12/19
Por Paco Ventura
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    Hace unos días, en una reunión de amigos sesentones, acompañada de un buen “empedrao” y con un cantante que el propio Julio Iglesias “le pega al forro”, recordábamos aquellos días de Semana Santa en los que todo, o casi todo, estaba prohibido.

    El silencio era algo que hoy llamaría la atención. La visita obligada a los monumentos. La oración. El quedar con el grupo de amigo/as para ir preparando la Pascua, era lo que podíamos hacer. Se prohibía, en las Sociedades (Casinos), el hacer ruido con el futbolín, e incluso jugar a las cartas.

    Aquellas limitaciones parecían normales en la época, y por razones obvias “se cumplían”. No obstante, se habilitaban lugares particulares para, entre otras, jugar unas “partiditas” al poker, o vaya Vd. a saber que otras cosas podíamos hacer los jóvenes.

    Todo esto me vino a la memoria por cuanto comentábamos que estas prohibiciones venían impuestas por el “régimen”, régimen con el que también se podía adelgazar, y que yo, por supuesto, no negaré. Pero ¡Ojo!, yo no recuerdo que en aquella época se llenaran las carreteras de “radares” para prohibirnos alcanzar las velocidades de estos vehículos tan sofisticados que están hechos para correr, ni que, en casi la totalidad de nuestra Ciudad, tuviésemos que pagar para aparcar en la calle, ni que existiera la prohibición de fumar en bares, restaurantes o en cualquier otro sitio en el que esta prohibición esté regulada por la Ley, ni que la mayoría de los jóvenes “perdieran” tan pronto el respeto hacia los demás, o que no se diera un trato más “exquisito” a las mujeres sin que por ello nos “tacharan” de “machistas”. Etc., etc.

    Recordé aquellos domingos de Resurrección en los que, los adolescentes, atando una rastra de cacharros de latón y porcelana a una larga cuerda, tirábamos de la misma y los arrastrábamos por distintas calles de la Ciudad haciendo un ruido infernal y cantando aquello de…”Ratetes, ratetes, eixiu del forat, que el nostre Sinyor, ja ha resucitat.”

    Nunca he llegado a comprender el significado de aquella canción, pues siempre me he preguntado qué es lo que podían tener en común “les ratetes” con el domingo de Resurrección, a no ser que ellas tuviesen igualmente prohibido, por el “régimen”, el campar a sus anchas en los días de Semana Santa, y estuviesen esperando que, por medio de aquel canto, se les “condonara” el “arresto”, aunque lo cierto es que nunca vi a “les ratetes” salir del agujero, cuando se cantaba esta canción al arrastrar “los panderos”.

    Otra cosa que me chocaba mucho, era aquel ritual de tener que lavarnos la cara en el preciso momento en que se anunciaba la Resurrección del Señor. El día que me pillaba con pereza, o simplemente jugando por la calle, contestaba cuando me llamaban... ¡Mare! Però si jo ja m’he llavat este matí. No obstante, teniendo en cuenta que la obediencia y el respeto hacia los padres era algo natural, allá te ibas a “lavarte las narices”.

    Hoy en día, a pesar de lo que nos quieren vender, estamos más vigilados que antes, pues llamas a un teléfono de asistencia técnica, o de una Compañía aseguradora para dar a conocer una avería del “aparato”, o un error en el escrito que acabas de recibir, y la máquina “sábelo todo”, te da a conocer “las teclas” que debes pulsar para llegar a la opción que les permitirá resolver tu queja, aunque, eso sí, te advierte que tu conversación va a ser grabada, con lo que, a mi entender, están tratando de coartar tus reacciones, pues después que dicha máquina te ha repetido en varias ocasiones que no te entiende, estás a punto de soltarle un adjetivo “brofecativo”, pero te paras y con voz tenue le dices… ¡Vd. perdone!, y es cuando en realidad conoces con quien te la juegas, pues habiendo pedido disculpas, la máquina vuelve a repetir ¡Sigo sin entenderle! Y es en ese momento cuando te das cuenta que este sistema permite, a quien lo ha puesto en práctica, pasarse las quejas por “el forro”. Yo, por la experiencia que estoy cogiendo, voy a instalarme esta máquina en casa con una décima dedicada a todas aquellas llamadas que aparecen como “número privado” o “no identificado”, desde los que te ofrecen, a las 23 horas de cualquier día, una promoción de telefonía móvil, o el seguro más barato del mercado. Como ahora nada se prohíbe en este aspecto, voy a “enchufar la máquina” para que responda por mí, diciendo…

    Nunca podré devolver
    la llamada que ha intentado
    porque el número en mi agenda
    no consta identificado.
    Mil perdones yo le pido,
    y de veras que lo siento.
    Le agradezco su llamada,
    más no lo vuelva a intentar
    pues cera tengo al oído
    que no me deja escuchar.


    Hasta la próxima

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