22 de octubre de 2019 22/10/19
Por Vicent Albaro
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Un año que viene y otro que se va

    Cuando arrancas la última hoja del almanaque, casi sin darte cuenta comienzas a hacer balance de lo acontecido en tu vida y cuanto te rodea. Son tiempos de introspección por un lado y de jolgorios y abusos por otro. Como si una cosa llevara a la otra. Comilonas, festejos, buenos deseos en serie y por compromiso la mayoría…pero lo que nunca falla es el recuerdo de los que se fueron, del hueco y vacío que ha quedado en la mesa de la vida, ya sean familiares, amigos e incluso conocidos. Si tu actividad social o profesional te mueve a relacionarte con la gente, la nomina de ausencias es notable. Y en ese recuento de bajas, adviertes que te estás quedando solo. Que esas bajas son irremplazables porque quienes vivieron con nosotros historias y momentos memorables, ya no volverán, ni ellos ni las situaciones que propiciaron con su personalidad y carisma.

    Una vez hice una lista de aquellas personas fallecidas que marcaron mi vida de una u otra forma: Nelet, Federico, Nelo, María, Vicente, Teresa, Ángeles, Cristóbal, Carmen, Pedro, Fernando, Miguel, Batiste, Manolo, Andrés, Jose Vicente, José, Pepe, Isabel, Paco, Carlos, Conrado, Jesús, Salvador, Pío, Isidoro, Aquilino, Pasqual, Pedro, Eduardo, Guillermo, y un largo etcétera. Algunos nombres propios corresponden a varias personas en uno y cuyos apellidos obvio, pues no incumben por respeto a su memoria. La lista era muy extensa y vino a confirmar aquella vieja sentencia, de reconocer a más gente dentro que fuera del cementerio. Mala cosa pues salen de tu vida más de los que entran, y que parafraseando al clásico nos dice: “Cuando las personas que amamos parten, pasan de vivir entre nosotros, a vivir en nosotros”. Y yo apostillo que al mismo tiempo, sembramos cada día la semilla de la soledad para cosechar al final, el olvido.

    Si cada uno de nosotros hace una lista similar quedará sorprendido de la gente que se nos ha ido, y al recordarlas las revivimos. Reconocemos su voz, su porte, su fisonomía y actividad destacada, hasta su risa. Siempre recordamos a los últimos en marchar, porque la herida es reciente y su contacto ha sido más largo, pero si rememoras sus nombres, adviertes esos rostros que se agolpan con presurosa cadencia en la mente, en una especie de secuencias intermitentes. Están ahí, por mucha que sea su lejanía en la partida.

    Por eso en estas fechas de Navidad y Año Nuevo, muchos de nosotros tenemos una especie de melancolía que se aferra a nosotros, y que no hay forma de desprenderse. En estas fechas tan señeras, tendemos por cultura o educación, a evocar los dulces tiempos de la niñez y ese mundo de tierna ensoñación que nos marcó de por vida. Entre esas escenas de calidez familiar, se nos presentan aquellos rostros entrañables y reconocibles, que por ley de vida se nos fueron. Ese recuerdo se multiplica tanto como la sensación de vacío y fragilidad. Cuando eres niño, te sientes protegido e inmune a todo, porque tus mayores ejercen una cobertura protectora de afecto y cariño sobre tu persona. Esa sensación de sentirte querido y valorado, resguardado de los envites del mundo exterior, magnifica la presencia de esas personas que ya se fueron. Por lo que su recuerdo borroso durante el año, se acrecienta con claridad radiante en estas fechas. Es humano que el corazón nos golpee por su ausencia. Y si la vida nos ha maltratado, esa sensación de carencia se amplifica.

    Quizás si a lo largo del año los tuviéramos más presentes, no se agolparían esos sentimientos que pueden hacer mucho daño. Quienes me siguen a través de este diario, saben que suelo escribir negro sobre blanco de estos temas, a los que casi nadie hace ni puñetero caso. Pero es un ejercicio saludable hacerlo, porque nos entrelaza y revive, aquellos lazos que la muerte segó sin contemplaciones, pero que mantenemos latentes en el braserillo de la memoria. Mis ausentes siguen y seguirán viviendo aquí cerca, en esas casas, por esas calles o en aquel lugar concreto donde los sitúan sus afanes perdidos. Porque el alma no es una luminaria etérea, sino una memoria que vaga por nuestra mente y esos contornos que son, y fueron su hábitat natural.

    Son recuerdos vividos, buenos y peores, algunos imborrables, que formaron parte de nuestra vida y jalonaron nuestra personalidad. Eso siempre vivirá con nosotros, y es justo y sabio reconocerlo, aunque no lo sea tanto caer en la melancolía como fruto de la nostalgia. Aunque duela a cierta edad, ver edificios sin alma en unos tiempos sin alma. O un pueblo vacío, atestado de gente vacía. Por ello, en ese ejercicio constante de recreación, la soledad no podrá contigo, ni los cambios. Ni siquiera la incomprensión de la estulticia energía juvenil, que desborda su descarada y bisoña necedad.  Estamos hechos de la forja de la experiencia que los años tornaron en recuerdos. Saber dosificarlos como las comidas en estos días, sin atiborrarnos, es una buena receta para pasar este ciclo de festividades, en que te agobian de buenos deseos, donde tener que ser feliz, es casi una imposición por decreto ley. Y si no lo eres – la mayoría no lo es- eres una piltrafa insociable. Pues va a ser que no. Feliz Año Nuevo 2019, y por mí que no quede.

     1 comentario
    Vicent Bosch i Paús
    Vicent Bosch i Paús
    07/01/2019 12:01
    Amb el temps...

    Com van passant els anys, els cercles d'amistats, van minvant, no sols pels òbits, també per la no necessitat d'eixir al carrer. Ho veig amb un dels meus oncles, prop dels noranta-quatre anys, prou sord i poca vista. I pensa quina vida més "solitària" ha de portar, més tancada, en fallar-li l'oïda i la vista. I una cosa que he observat és que fer-se gran et fa més xerrador amb persones poc conegudes. Personalment, ni Nadal, ni Cap d'Any, ni els Reis, ni Pasqua, ni les Festes Majors, no alteren els meus horaris de menjar i dormir (si no fan massa soroll al carrer). Per a mi, qualsevol caminada amb un bon àpat... festa major, sense esperar cap data al calendari.

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