28 de enero de 2020 28/1/20
Por Vicent Albaro
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Los viejos de ahora y los de antes

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    Los viejos de ahora y los de antes- (foto 1)
    Los viejos de ahora y los de antes- (foto 2)

    Los viejos de ahora ya no son como los de antes. ¡Qué va! Ni sombra. Los viejos de ahora son diferentes a lo que fueron sus padres y abuelos. Y son diferentes tanto en su aspecto físico, como en la forma de pensar y actuar. Todos somos fruto de nuestro tiempo. Los viejos de hace pocas décadas vestían ropas sencillas y de coloración sobria, calzaban alpargatas y cubrían sus cabezas con sombrero o boina. No se jubilaban nunca, porque aunque cobraran su paguita al final de su etapa laboral, seguían con actividades pastoriles, artesanales o agrícolas, en el taller o las fincas heredadas de sus mayores. El campo era su paraíso final, largas jornadas al sol y a los elementos que le tostaban la piel, y esas arrugas que le imprimían una venerable personalidad. Eran recatados, cautos y parcos en palabras. Eran modestos, inteligentes y prácticos porque sabedores de sus limitaciones, sacaban provecho de su entorno de mil y una formas. Hombres de honor y de palabra. Eran depositarios de un poso cultural inmenso sin ellos saberlo. Les tocó vivir tiempos duros y difíciles, de sufrida supervivencia. Por eso aceptaban con estoica parsimonia los reveses vitales, y celebraban sin espavientos ni jolgorios desmedidos, sus buenos ratos.

    He de reconocer que entre estos hombres y mujeres, siempre he tenido fieles seguidores de mis escritos costumbristas, por la sencilla razón que se veían retratados un poco, en su forma de ser y vivir. No hace mucho me crucé con uno de ellos, nos saludamos y aún me recordó escritos lejanos de aquel: “Desde mi ventana”, página de l’Alcora avui de hace cuarenta años, que después, auné en seleccionada recopilación de un modesto libro con portada de la artista alcorina, Mari Carmen Puchol. Ha pasado el tiempo, y muchos de aquellos ya han muerto o están en puertas de hacer el tránsito a la otra vida, por lo que me da la sensación, casi angustiosa, de que me quedo sin lectores y a los nuevos y posibles, les importa un pimiento mis relatos. Por circunstancias he convivido con estas personas, aún lo hago con algunos que me llevan veinte años siempre que puedo, porque son los últimos. Los últimos de los que aprender muchas cosas. Esas que no existen en los libros, ni se enseñan en ninguna universidad para jóvenes o mayores. Esas que se pierden a diario detrás de un anónimo sepelio, que se anuncia a diario con severos toques de campana.

    A esos hombres y mujeres nadie les ha hecho demasiado caso. Son carne de soledad y asilo. Sin ilustración académica, pero con una cultura empírica abismal y la rudeza propia de su época, han pasado de puntillas por un espacio muy largo, donde prima y ha primado el vocerío, la ansiedad y cuando no, el atropello receloso de querer comerse el mundo, despreciando lo tildado de “caduco”. Modernidades de nuevos ricos han chocado con su ritmo lento y pausado, espartano y casi monacal. Las nuevas modas hedonistas les van a dar el último estoconazo. No hay tiempo ni ternura para ellos, esas sensibilidades se las llevan perros y gatos de compañía, otrora animales útiles de campo y corral, que hoy son  sucedáneos caprichosos de viejos y niños, con una inusitada sensiblería que en algunos casos roza el delirio. No es tiempo de viejos, al menos de aquellos viejos. Los pocos que quedan son listos y lo saben, y hasta me atrevería a decir, que se han hecho la ultima cuenta, -esa que reza en tu fuero interno- cuando asumes que te va llegando la hora final, y todo a tu alrededor es indiferencia cuando no maltrato. En todas las sociedades cultas desde Grecia a Roma, en oriente y occidente pasando por los indios Sioux o Cheyennes, todos, han venerado a sus viejos. Algo está pasando y no es bueno.  

    Pero ahora tenemos viejos modernos. Herederos de los anteriormente relatados. Han tenido ilustración o al menos oficios remunerados que les han procurado una vida más relajada. Los hijos de éstos, son universitarios por ley y sabios por decreto. La instrucción y los múltiples medios de todo tipo y comodidades existentes, les han cambiado las coordenadas vitales de forma total. Pero esto es para otro día. Me quedo con sus padres, sesentenos largos y setentenos largos también. Los que estrenaron nómina  muy jóvenes porque había trabajo y buenos jornales. Que aprendieron un oficio bien remunerado con esfuerzo y horarios extremos. Que renegaron del campo en su juventud y se volvieron capitalinos acomodaticios y urbanitas. Muy pocos retornaron a la tierra, la gran mayoría de estos jubilados con chándal o vestimentas de moda se dedican a pasear, caminar y cuidar nietos. O viajar fuera de temporada en el Inserso, bailar y otras ocupaciones de ocio. Sus rostros, aunque no disimulan la edad, son más sonrosados y redondeados que sus ancestros. Si la enfermedad no los ha maltratado, poseen gran vitalidad y hasta se dedican a cuestiones asociativas, solidarias, sociales y educativas. En gran número apoyan a sus vástagos en apuros. No dejarán de criar nunca, aunque lo quisieran. Y el futuro inmediato, otra incógnita por descifrar. Forman un eslabón cultural perdido, fruto de su tiempo de cambios abismales.

    Estos nacidos en los años cuarenta y cincuenta han vivido acontecimientos históricos de gran calado, y son fruto de esa cultura prefabricada que se inyecta en vena por los medios. Son los viejos modernos, que el eufemismo en boga denomina tercera edad o pensionistas. ¿Qué será de ellos en el futuro inmediato? Porque la moda en ciernes es arrasar todo lo inútil e improductivo. Éstos no tienen la capacidad de encaje y sufrimiento de sus padres. Son producto de la sociedad del bienestar donde imperan derechos y prebendas adquiridas pero… ¿sostenibles? Los de por arriba, los de ochenta y pico, aún mamaron carencias y restricciones de todo tipo, siguen inmunizados y van de últimas. Con esa campechanía y serenidad que da una vida completada y larga que se sabe en la meta final. Demasiadas incógnitas en tiempos revueltos.

    No hace mucho, el tío Rafael vecino de huerta con ochenta y pico tacos, me contaba cómo su hija cincuentena, se interesó vivamente por su oficio de pastor en el pueblo y todos los pormenores de aquella época. La mujer forma parte de una reciente asociación cultural, que pretende recuperar todo lo de antaño. Un poco tarde –me decía- nunca le interesó nada de aquello, más bien al contrario. Nunca es tarde –le respondí-. Y el me miró callado, dibujó una sonrisa en su rostro arrugado, y siguió echando maíz a las gallinas del corral junto al río. Y yo entendí el mensaje, sí era tarde, demasiado tarde. Y el día menos pensado vendrá un idiota a decirle, que maltrata a las gallinas, y que su añejo corral necesita un papel autorizado -previo pago, claro- que diga algo como: “Núcleo zoológico”.

    Hemos hecho tarde. La que no hace nunca tarde es la tontería y la estupidez humanas, que se repiten con machacona  terquedad en todas las etapas de la vida. Feliz otoño amigos que leéis estas historias viejas, que parecen no interesar a nadie. 

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