19 de octubre de 2019 19/10/19
Por Vicent Albaro
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Patrimonio de la Humanidad

    FOTOS
    Patrimonio de la Humanidad- (foto 1)
    Patrimonio de la Humanidad- (foto 2)
    Patrimonio de la Humanidad- (foto 3)

    El mismo día que sonaban los tambores de mi pueblo festejando la declaración de Patrimonio inmaterial de la Humanidad por la Unesco, un conocido mío se hallaba levantando una pared de su finca caída en las últimas lluvias, lo que aquí llamamos una “solsida”. Me cuenta este paisano que acertó a pasar por allí un caminante y se paró para hablar con él, comentando la ingente labor de devolver la piedra al sitio que ocupaba desde tiempo inmemorial. El caminante al parecer ilustrado, le comentó al paisano que ese oficio que estaba ejerciendo de remontar la pared de piedra seca, había sido declarado recientemente por la Unesco, Patrimonio de la Humanidad.   ¿Igual que los tambores? preguntó el paisano. La misma distinción -contestó el viajero, dejando al hombre con su tarea y un tanto pensativo de cómo había tanta publicidad en una cosa y tan poca en la otra, precisamente en ésta que ejercita y que toca a todo el término municipal.

    La anécdota que es cierta y como me la cuentan la traslado al papel, me movió a este escrito y ya anticipo que no hay segundas lecturas, por si alguien quiere hacerse pajas mentales e interpretar lo que no es, ni pretende serlo. Como le dije hace tiempo a un amigo, cuando uno sale de una UCI donde ha estado debatiéndose entre la vida y la muerte, cuando durante treinta días tu familia y amigos han sufrido lo indecible, de eso ya hace cinco años. Entonces logras superar el trance, formando parte del escaso 8% que sobrevive a esta enfermedad, y es cuando el cuerpo te pide otra dimensión vital, entonces es cuando el cuadro cambia de paisaje, lo que creías importante se torna prescindible y lo que tenías medio arrinconado se antepone a todo lo demás.  Dicho lo dicho, y yo me sé por qué lo digo, entro en materia.

    “La Unesco elige a los muros de piedra seca de España y otros siete países, como Patrimonio de la Humanidad”, este era el titular del Cultural del País el 28 de noviembre. Junto a España, Croacia, Chipre, Francia, Grecia, Italia, Eslovenia y Suiza. El Comité de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco consideró: “los muros de piedra seca desempeñan un papel esencial en la prevención de corrimientos de tierras, inundaciones y avalanchas”. Una candidatura que por parte de España incluye a nueve comunidades autónomas en las que este arte está presente: Andalucía, Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Cataluña, Galicia y Valencia. La Convención de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) anunció en su reunión de Port Luis (República de Mauricio) que estos muros ayudan al medio ambiente y son “un ejemplo de relación equilibrada entre el ser humano y la naturaleza”. Esta era una de las candidaturas de España que la Unesco evaluaba, junto a las tamborradas, repiques rituales del tambor propios de diversas localidades de (Aragón, Albacete, Andalucía, Valencia, entre  otras.

    Pero qué es la “pedra en sec”. Es la denominación de una técnica basada en la ordenada colocación de unas piedras sobre otras, piedras sin labrar, trabadas sin argamasa de compactación y sustentadas por su propio peso. Se halla en incontables zonas rurales de nuestra geografía. Se trata pues de una cultura ancestral, ésta de la piedra en seco ha sido legada durante generaciones, cuya solidez se forma en la correcta disposición constructiva, cada piedra tiene su lugar y que por tanto, da pie a una arquitectura rústica y universal que hermana a unas geografías con otras, y por ello la administración debería procurar su mantenimiento, cuidado, promoción y en su caso reconstrucción.

    Nuestro término está plagado de muestras de piedra en seco.  Algunas paredes de bancales son magníficas por el alejado entorno de Torremundo, ya que son los muros que se construían para abancalar laderas del monte, el mejor y más numeroso ejemplo en nuestra zona, que servían para detener la erosión de las tierras cultivables, delimitar las fincas de cultivo y pastoreo, así como los caminos de acceso a las fincas. Otra muestra de este arte son los corrales, como construcciones para guardar y refugiar el ganado local y trashumante, que bajaba en los inviernos de las tierras de Teruel. Las corralizas se expanden por todo el término municipal con una arquitectura variada, abiertos, cerrados, con estancias, otros aprovechando abrigos naturales de la roca caliza. Cada uno con su particular nomenclatura.

    Mención aparte merecen los refugios, las casetas, desaguadores de sendas para dar salida natural a las escorrentías de las lluvias, caminos empedrados, aljibes para rebalsar agua, tejados de grandes losas, mojones de hitos, portones y gateras, norias cerca de las rasas y un sinfín de construcciones que jalonan nuestros campos. Lo que impresiona al viajero es observar aquella piedra gigantesca colocada en mitad de una altísima pared. Y surge la pregunta: ¿Cómo la colocarían allí? Porque no hay fuerza humana ni “perpal” que lo resista. Igual que esas losas que a modo de escalera flotante, hacen subir de un bancal a otro con una precisión milimétrica y altura considerable. Estamos sin duda ante un arte tan antiguo como el hombre y que ha sido reconocido por un estamento supranacional como la Unesco.

    La “pedra en sec” ha estado ahí desde siempre y lo seguirá estando, con reconocimiento y sin él. Porque esta autoconstrucción está realizada por los propios usuarios y que aún conservan el viejo oficio de emparedar. Una labor que ha estado ligada a prácticas sociales de ayuda y colaboración solidaria entre vecinos, como afectados por su conservación y desmoronamiento, vigentes mientras las faenas agrícolas y ganaderas tengan su sentido económico y social.   Y ahí está su talón de Aquiles, pues el día que todos seamos urbanitas y el campo siga siendo lugar de paso para el esparcimiento y la recreación, el día que nadie levante una pared o conserve un mojón por donde caminantes y deportistas transitan sin mayor atención, adiós, se acabó y réquiem fugaz.

    Enhorabuena a los tambores y bombos por ese reconocimiento internacional. Y enhorabuena también,  a quienes saben leer entre las piedras alzadas por manos anónimas, el trabajo de hombres rudos y sufridos que convirtieron en arte su afán por la supervivencia. Un arte que también ha sido reconocido y que esperamos surjan más artesanos que reparen su pared del bancal, ajenos a las modas y al paso de caminantes ilustrados.

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