18 de septiembre de 2019 18/9/19
Por Vicent Albaro
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La mudez del campo

No sé en otros lugares tal vez sí y tal vez no. Pero aquí por donde paseo mis cansinos cueros, el campo está mudo. Mudo de cantos, de arados, de ternura, de vida. Las nuevas modas no quieren saber nada de bancales y labrantíos y sí, de caminatas y paseítos insípidos para el goce de los sentidos. El campo está huérfano de sementeras y del chasquido de la azada por los rincones, cada vez más baldíos. El campo está reseco de beatíficas lluvias y del sudor de los hombres recios. El campo está inerte a la espera de los hierros de la reja, que dejen huella arañada de tierra renacida y volteada a los rayos del sol. El campo no tiene, ni quien le cante una mala copla de alegría o de lamento, con una indiferencia que abruma. Y esa es la pena más grande, pues el olvido es la antesala de una muerte anónima.

Mataron el canto de los zorzales en las noches de luna llena. Desterraron a los hombres que imitaban su voz, con una maestría heredada de sus viejos. Todo son fantasmas sin rumbo por las calles, rumiando quimeras, oteando un cielo arisco de sonidos en un paisaje que languidece. Los grandes árboles, solar de antepasados y reliquias de otros tiempos, se mueren desvencijados y abandonados a su terrible suerte. Cruel destino el suyo. Suenan trompetas de guerra que hieren los sentidos, que les empujan desconsolados, lejos de su solar más querido. Perseguidos y acorralados como vulgares pordioseros por las gentes del orden, aplicando con excesivo celaje unas leyes injustas e incomprensibles. Adecuadas a la nueva religión y su catequesis, seguida por innumerables devotos y fieles a ultranza. Esa que reza en su credo que: un animal vale más que un hombre.

Parece que nada hay de valor en este denostado universo. Un quehacer montaraz, de alquimias noctámbulas y de antigüedad notable. De madrugadas de rocíos y vuelos fugaces. Hoy, todo aquello que fue, es deplorable y merece extirparse cual enfermedad grave, contaminante. Para que justifique el auge de los nuevos sacerdotes. Oficiantes de cansina letanía que abominan del acervo de esta actividad, tan vieja y noble. Los silencios son clamorosos, el llanto inaguantable. Y siguen los jinetes enlutados con sus afiladas guadañas, persiguiendo implacables, la placidez de un gremio que tanto apremio no merece. ¿Qué mal ha hecho esta gente, como no fuera guardar las celosas tradiciones? ¿O es que la nueva religión, también persigue esto? ¿Hacer tabla rasa y aniquilar cualquier vestigio, que no se ciña a sus intereses?

Y mientras el campo se muere, la ciudad exhibe ufana y pletórica, lo que la verdad esconde. ¿A qué presumir de tradiciones, de cultura, de acervo, de recuerdos entrañables a la masa borreguil, si matas lo auténtico, la verdad, la esencia y el origen de todo? No habrá sementeras ni trillas, pero sí una recreación dominguera para los ávidos del feriado y melificado campesinado. No habrá arboledas en el monte, pero sí una pobre caricatura artificial, un postizo en el gris cemento para dar alpiste barato al gentío visitante. Gestos. Reivindicación testimonial de la impotencia reinante. No habrá coplas vivas entre bancales, pero sí bureos y otros jolgorios para solaz de nostálgicos decadentes. Es el fin de todo lo veraz. Es el doliente tiempo del postizo, o el postureo como ahora se dice, la falta de pureza que va aniquilando lo genuino en un plan medido, aniquilador y siniestro.

Ya soy muy viejo para cambiar y reciclarme. Para postrarme de hinojos ante el nuevo altar y tornarme converso. He visto mucho, de malo y bueno. Y esto que veo consuma el peor de los pronósticos. La llegada de algo nuevo que destruye a la gente, la aborrega, o la ensimisma, o la destierra, o la encierra con llave en su auto cautiverio. Y aún soy afortunado como otros muchos, porque hemos gozado de los cielos serenos, de las noches claras de luna, de la libertad a espuertas aunque duela admitirlo. De los que hemos dejado huella en el brumoso amanecer, ateridas las manos y frotarlas junto al fuego. Los que hemos conversado largo y profundo con nuestros viejos.

Podréis enviar sicarios bien pagados, fanáticos de banda roja como la sangre putrefacta de vuestros catecismos. Pero no nos robaréis el alma, ni la mirada limpia en el horizonte. Y ruego a quien sienta como propios, estos estertores moribundos de un tiempo y un mundo que se nos va, que nos roban de las manos encallecidas... conserve el espíritu de rebeldía y sencilla nobleza, por ese tiempo vivido, fraguado de dulces recuerdos. Lo único que nos queda, que nos dejan, que arrancarían si pudieran de nuestras almas estos malnacidos.

Y aconteció que hubo un tiempo en que la armonía reinaba entre familiares y amigos. Cuando el campo estaba vivo de cantos, de arados, de ternura y de vida. No os perdonaré jamás, que me arrancarais del cálido hogar a mis hijos... a tantos hijos del regazo de tantos padres vencidos. Que estuvieron unidos y abrazados en una simbiosis perfecta, bajo la luna... escuchando los zorzales al paso, inasequibles al frío. ¿No me entendéis verdad? ¿No sabéis lo que digo? ¡Pues claro, necios, por eso lo escribo!

 2 comentarios
JOVE
JOVE
06/11/2016 04:11
Quant dany ha fet Disney!!!

Val més un minut de vida franca i sincera que cent anys d'hipocresia. Visca!

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