28 de enero de 2020 28/1/20
Por Vicent Albaro
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Motos con alma

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    Motos con alma- (foto 1)

    La motocicleta ha sido una herramienta imprescindible para la vida de mucha gente hace décadas. Antes que el automóvil lo acaparara todo y dejara a las dos ruedas fuera de combate. Solo en las ciudades y por su utilidad práctica, siguen las motos en apogeo funcional por su versatilidad y economía. Pero hubo unos años que las motos eran las reinas y los automóviles un sueño imposible o privilegio de unos pocos. Esos años en que reinaban las Vespa y Labretta en scooters, o las Montesa impala y Bultaco metralla, algunas Ducati y sobre todas, la Derbi antorcha llamada Derbi paleta por ser la que usaban albañiles y gentes del tajo. Los más viejos usaban la Mobilette y los jóvenes irrumpieron con el famoso Vespino. Había más marcas, por supuesto, pero éstas mentadas, copaban la mayoría de los usuarios. Según mi padre, Sento Cabres subía a san Cristóbal por el camino viejo con una Sanglas.

    La moto era el transporte utilitario al trabajo, a la excursión, al viaje y al festeo de la época. La moto lo era todo. Era el gran salto de la sudorosa bicicleta al cómodo reposo del motor de dos tiempos. Eran los años cincuenta, sesenta y un poco de los setenta. Hasta que irrumpieron los Seat, Renault, Citroën y todas las marcas de la época. La moto iba perdiendo el mercado del transporte diario por el vehículo de cuatro ruedas, más cómodo, confortable y asequible al bolsillo. Pues nacía una sociedad pujante por el desarrollismo económico promulgado por los ministros tecnócratas del tardofranquismo, Laureano López Rodó, Gregorio López Bravo y Manuel Lora Tamayo, los llamados ministros del Opus Dei que forjaron el llamado milagro económico.    

    En esa época era fácil encontrar trabajo y bien pagado en nuestro pueblo. La demanda de azulejo a los mercados nacional y extranjero, provocó un aumento de producción y nuevas fábricas. Con ello, trabajo en cantidad al que accedían gentes venidas de fuera de nuestro entorno. Un joven trabajando de tocador a destajo, podía ganar el jornal de un padre de familia y más haciendo horas extra. Muchos jóvenes se compraron su moto de estos jornales azulejeros, pero esas motos ya no eran para desplazarse al trabajo, que también, esas motos eran ya para hooby y deporte. Porque en esos años tanto los empresarios catalanes Permanyer (Montesa) como Bultó (Bultaco),vieron en la moto deportiva un resurgir del mercado, y máxime en la moto de campo que en los años setenta tuvo un boom impresionante, al quedar campeonas en carreras en extranjero como los Scothis six days, etc. dando unas palizas tremendas a las pesadas Norton y Triumph inglesas.

    Así irrumpieron las motos de trial, enduro y motocros. Bultaco, Montesa y Ossa eran las reinas con apellidos como: Sherpa, Cota, MAR, Enduro, Matador, Explorer, Pursang, Capra, Alpina…a menor escala la Puch Cobra, Lobito, etc. esas motos se vieron por nuestras calles, campos y circuitos hasta hace bien poco. Esas motos fueron el despertar de varias generaciones hacia una lúdica y competitiva actividad. En nuestro entorno se hacían anualmente hasta tres triales federados, dos carreras de moto cros y varios enduros. Podías ver a pilotos locales y foráneos, dando lo mejor ante un público numeroso y fiel, que seguía las evoluciones de aquellos jóvenes sobre dos ruedas con las más variadas piruetas. Las revistas del motor se hacían eco de aquellas pruebas aunque fueran de nivel modesto. La afición era máxima y conseguir una de estas máquinas, el sueño de cualquier niño o joven que  oliera  el bendito castrol perfumado de los tubos de escape. Hasta principios de los noventa fue la época dorada de todas estas motos que ya pasaron a mejor vida. Algunas son leyenda en manos de coleccionistas, restauradores o nostálgicos de aquellos tiempos.

    Hablo por propia experiencia y puedo afirmar que cabalgar una de esas máquinas, era una explosión de sensaciones. La potencia te hacía fuerte, la habilidad dominante y la juventud, temerario. La mayoría de rincones que conozco, pueblos, sendas, caminos y colinas se deben a que una Bultaco Sherpa de 350 cc. me llevó hasta allí cuando toda la gente era de asfalto, y por los montes solo pululaban cazadores, pastores y ancianos con mulos ensariados. Éramos pocos pero bien avenidos, y cada uno con su marca a cuestas. El de Montesa era montesista, y así cada cual. Yo me enamoré de la Bultaco, y fue un amor a primera vista a los catorce años, ya lo narré hace tiempo en esta misma página. La Sherpa fue el sueño de un universo onírico hecho realidad. Un instrumento poderoso que me permitía acceder a cualquier parte. No había obstáculo que aquella máquina perfecta, no pudiera superar. La mayoría de las veces el fracaso era por mi poca pericia o mi inseguridad al atacar un obstáculo.

    El trial me dio muchos quebrantos y sinsabores, pero también otras cosas positivas que me permitiréis explicar. Aunque parezca algo futil o vulgar, pilotar una de estas máquinas te obliga a desarrollar un sinfín de aptitudes que si las tienes las agigantas, y si no te las propina a fuego. Primero el cuidado y puesta a punto de la máquina en su integridad: motor, carburación, frenos, gas, ruedas, etc… todo ha de estar en perfecto estado, o te puedes perjudicar seriamente. Después has de cuidar el físico, no vas sentado sino que el cuerpo ha de amortiguar los golpes y sacudidas del motor, los brazos aguantar firme un manillar que a veces parece volar y otras desaparecer en una vaguada o charco de agua. Manejar el embrague, los frenos con tacto y precisión es la clave para no quedarte en el sitio o caer. Compensar el equilibrio dinámico con el cuerpo en cada momento y situación, y un largo etc. Y por supuesto no amilanarte ante cualquier obstáculo, echarle huevos a la cosa y para delante.

    Y siempre, tras haber analizado con antelación los obstáculos y el mejor sitio de paso. Memorizarlo y toda esa teoría ponerla en práctica, y rectificar ante cualquier imprevisto. Si todo lo narrado no es una lección de vida que venga Dios y lo vea. Hay muchos deportes del motor y todos exigen mucho a sus practicantes. El trial de entonces que hoy le llaman clásico, no era tan espectacular como el Cross ni la velocidad, pero te exigía mucho de habilidad y resistencia. Fuimos centauros de acero según Vicente Folch Godes (Escape) en sus crónicas de Mediterráneo, hasta veinte triales provinciales y tres foráneos por temporada nos tocaba sufrir y pagar. Aquello es historia, ya no quedan aficionados como entonces, solo recreadores nostálgicos y cada vez menos.

    El trial de hoy es una especie de circo hecho por astronautas o marcianos al alcance de casi nadie. Nuestra época fue un regalo vivido que ahora resultaría imposible, todo está cambiado hasta Bultó, Cucurella, Soler, Vesterinen, Gorgot, Screiber…ya no son lo mismo, la única que queda igual es la Bultaco Sherpa azul, allá en un rincón del garaje y cubierta por una lánguida manta anti polvo. Sigue igual, esperando que alguien le de a la palanca de arranque, que suene ese motor ronco y suave, rítmico, de otro tiempo, pero aún vivo y potente, que te recuerda que una vez tuviste veinte años y que el mundo era tuyo a sus lomos. Hasta el pico del Peñagolosa que ya es decir. Esto está cada vez más mal, pero siempre nos quedará la Sherpa. Tempus fugit.

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