21 de septiembre de 2019 21/9/19
Por Manuel Guisande
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El verano, las tartas y el misterioso caso de las neveras

Cuando sobra algo de tarta, sí, de tarta, y termina en la nevera… siempre pasa lo mismo. A las dos o tres horas hay un desfile con un disimulo hacia el frigorífico que parece aquello el Camino de Santiago o el Rocío pero en fila de a uno, que dirían en el Ejército. Un paso veloz y firme que ni la Legión.

¿Y eso es malo?, ¿es mala esa peregrinación?, no, por qué va a ser malo, si para eso está la tarta, para comerla; ese no es el problema, el problema es cuando vas y te encuentras que cada vez hay menos; pero no menos, sino tan poco menos que te preguntas: «Y por qué no la acaban, para dejar esto…».

Y este es el verdadero problema: para qué vas a dejar un trocito tan pequeñín él, pero tan pequeñín que te resulta casi imposible cogerlo y cuando lo haces ni notas el sabor… y luego, ya metido en el ajo te preguntas: «Y el que rebañó toda la bandeja ¿por qué dejó esto, si total, ya puestos… ?».

Y como estás tan enfrascado con el asunto (y porque un poco parado también eres) analizas el minúsculo trocito que queda y piensas: «¿Y de dónde habrá sacado el láser para cortar?», porque no tienes la menor duda que fue con un rayo láser, que eso con un cuchillo no hay dios que lo haga…

Oye, y así, a lo bobo, empiezas a darte cuenta que en casa tienes a alguien que es meticuloso de carallo, que le debe encantar el miniaturismo, y parece que no pero hasta como que ves que alguien cercano a ti va a tener un futuro prometedor, pero que muy prometedor en lo que es la investigación porque el corte lo ha hecho… vamos, lo ha hecho de célula madre.

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