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Por J. P. Enrique
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¿Quién es Eulogio Oset Baguena?

    No es una persona conocida para el conjunto de las personas “normales”. No es un afamado deportista como lo son Rafa Nadal, Messi o Ronaldo. Tampoco es un actor, una de esas personas con capacidad para interpretar personajes siguiendo un guión.

    ¿Eulogio Oset Baguena? Estoy seguro que ese nombre no les suena para nada a los jóvenes que se intercambian cromos de sus ídolos, saben de sus lesiones, hablan de ellos, les ven por TV, comentan sus declaraciones y les piden autógrafos o se hacen con ellos un selfi si se presenta la ocasión.

    No. Él no es una figura. No es un ídolo de nadie (de casi nadie) como lo son tantos famosos del deporte y de los programas de ocio que vemos por la pequeña pantalla, al menos en el sentido que nosotros damos a las palabras “figura” e “ídolo.” Nadie acude a recibirle con pancartas cuando llega a un aeropuerto. Nadie le pide hacerse fotos con él.

    ¿Eulogio Oset Baguena? Ciertamente es un gran desconocido, es decir, una persona sin la habilidad de introducir con precisión una pelota en una red grande o pequeña.

    La precisión de Eulogio es otra. Él es simplemente un físico que hace trabajos teóricos sobre las partículas más pequeñas de un átomo: protones, neutrones y electrones. Se maneja muy bien en esas dimensiones ínfimas (él habla de diez elevado a menos quince), unas dimensiones que sabemos que existen porque nos lo han dicho personas como él que han dedicado su vida a la ciencia.

    Eulogio es un genio. Siempre lo fue. Lo era ya en su juventud cuando compartí con él curso de bachiller en los Salesianos de Burriana. Entonces ya era brillante. Dotado con una inteligencia nada común, entendía enseguida las enseñanzas más complejas de los buenos profesores y nos ayudaba, con generosidad, a entenderlas a los demás compañeros.

    Mis recuerdos de aquellos lejanos 15-16 años se reducen a cuatro apuntes guardados en mi memoria: 1) Su rostro 2) inteligencia superior 3) natural de Ribesalbes, y 4) alumno interno en el Colegio Salesiano. Poco más.

    Poco más, pero datos suficientes para que, más de medio siglo después, volvieran a mí aquellos recuerdos el día que -hace seis meses- cruzando en una ruta senderista de Fanzara a Ribesalbes vi su rostro y su nombre rotulados en cerámica en una calle de esa última población “Avenida profesor Eulogio Oset”.

    ¡Este es Eulogio, mi compañero de curso! -me dije- ¿Una avenida rotulada a su nombre?

    Quise saber de él y, a través de internet, logré localizarle. Quedamos en vernos.

    Fue magnífico compartir charla y comida en Burjasot, en el IFIC, (parque tecnológico de la Universidad de Valencia.) Una institución de la que yo desconocía su existencia.

    Me lo explicó Eulogio: En esas dependencias universitarias estudiamos el comportamiento de las partículas más elementales.

    El trabajo que él allí realiza es muy valorado en Japón, China, Alemania o EEUU por citar algunos países que siguen atentos a sus investigaciones teóricas, que luego otros equipos desarrollan para ser aprovechados por las industria de élite emplazadas lejos de España.

    Eulogio es un genio que trabaja con pasión en la especialidad que conoce. Eventualmente se desplaza para dar charlas sobre sus estudios a otros científicos que se lo requieren y que siguen con mucho interés lo que hace y les transmite.

    Con el trabajo de mi amigo y el de otros científicos la humanidad avanza en su desarrollo. Del estudio de la apasionante física cuántica surgieron -me explicaba- los chips, los rayos láser, la superconductividad, la energía que se aplica para quemar células cancerígenas y los microondas, entre otros artilugios hoy tan comunes. Nada menos que el 30% de la industria actual se beneficia de aquellos estudios. “Es tal la interrelación universal -decía- que los japoneses crearon un GPS impreciso, con errores entre 1 y 2 metros. Fue debido a que no tuvieron en cuenta la teoría de la relatividad general, un error que les costó muy caro al quedar relegados en la comercialización de esos aparatos hoy tan comunes.”

    Mi amigo me hablaba de descargas eléctricas y de la energía que aplicada sobre esas partículas les lleva a descubrir nuevos materiales más resistentes. Me hablaba de muchas cosas interesantes de su mundo y de su pasión por conocer el origen de las fuerzas que conforman el universo.

    No es justo que a él, y a personas como él, no nos acerquemos en masa para recibirles con aclamaciones y pancartas cada vez que se bajan de un avión, mientras que sí lo hacemos, injustamente, con personajes vacíos (a veces delincuentes fiscales) que casi nada aportan y que simplemente son habilidosos para mover una pequeña esfera de cuero, especialidad por la que cobran cifras millonarias mientras a un científico, como Eulogio, le recortan su sueldo para “sanear las cuentas públicas y reducir el déficit”. Un déficit que se ha incrementado, entre otras cosas, por millonarias ayudas públicas (ahora sabemos que ilegales) dadas a clubes de fútbol.

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