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Columna de opinión
Por un puñado de latidos
Por un puñado de latidos
Por Jaime Sellés
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Cuento de Navidad

18/12/2008
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Aunque eran las ocho de la tarde ya era noche cerrada. La luz de las farolas se enseñoreaba como una reina mortecina y lánguida en aquel barrio de las afueras, que como todos los barrios de un cuento de Navidad, era triste, frío y gris.

Doña Sole estaba esperando de pie junto al muelle de carga del supermercado, cerca de los contenedores; Dispersos a su alrededor y también esperando se encontraban una pareja de okupas, un grupo de inmigrantes y algún yonki. Era casi la hora y pronto cerraría el supermercado y los empleados sacarían la basura, todos esos productos no aptos para la venta al público, a punto de caducar o que acababan de hacerlo.

Movía los pies sobre el terreno en un sigiloso baile para calentarlos algo, ya que estaban helados, sus zapatillas de guata necesitaban hace tiempo sustitución, llevaba el pelo blanco y recogido en un moño y tenía la nevera casi vacía, una televisión que empezaba a acusar un daltonismo preocupante y una mísera paga de viuda, con la que no llegaba nunca a final de mes.

Solía acudir al muelle de carga y descarga del supermercado del barrio, para conseguir algo de comida, al principio lo hacía con aprensión, pero finalmente la subsistencia había hecho claudicar a los prejuicios. Por desgracia tenía que esperar a que los demás acabaran de escoger, pues ella era la más débil y no podía ponerse a repartir codazos y pelear con otros por las bandejas mas codiciadas, llevaba su carro de compra y lo llenaba con lo que podía y dejaban los demás.

Ese día era nochebuena, por eso cerraban antes, las calles se veían desiertas. A lo lejos se oía a algunos rezagados que se deseaban felices fiestas con algarabía al finalizar su jornada laboral, y dirigirse a sus respectivos hogares. El empleado empezó a sacar en ese momento las grandes bolsas de plástico negro con los alimentos caducados y el grupo de desheredados dejó su dispersa soledad para abigarrarse en torno al contenedor. Cuando ya todos estaban cargando sus carros y bolsas con lo que habían encontrado, celebrando silenciosamente lo que consideraban hallazgos valiosos, como una bandeja de chuletas o de filetes de mero. Doña Sole cogía unas carcasas de pollo, a las que nadie hacía caso, pensando en mirar luego si hallaba algo de verdura para hacer un buen caldo. De repente lo vio allí, al fondo, vio sus ojos cansados, más que verlos intuyó su brillo macilento, agazapados en la oscuridad del contenedor, alargó su mano, apenas llegaba, pero, no sin cierto temor, lo cogió por la panza y lo levantó para mirarlo mejor. Era un gato de unos quince días, tembloroso y sucio, la mirada ausente y apenas sin vida, descreído de su suerte, con esa resignación fatal que muestran todos los moribundos, aunque sean gatos.

A Doña Sole le sobraban recuerdos, pero no recordaba haber tenido nunca un gato. Hizo memoria despreocupándose por un momento del motivo que la había llevado hasta allí, mientras lo miraba. No, nunca había tenido gato. Era un gato vulgar, negro con alguna mancha blanca, tenia el pelo sucio y apelmazado y apenas sostenía la cabeza erguida, un leve temblor denotaba el frío que tenía, no lo sabía cierto pero estaba segura que no alcanzaba el mes de edad.

Allí estaba ella, de pie frente al contenedor, con un gatito en una mano y una bandeja de carcasas de pollo en la otra. Los demás se habían ido ya, a su alrededor sólo veía algunos transeúntes apresurados por llegar a sus casas para la cena familiar. Con un ademán de determinación acomodó al gatito en el bolsillo de su raído abrigo, no sin sorprenderse de su gesto, y emprendió el camino de regreso a casa, estirando del carro de la compra. Algo se encendió dentro de ella, pues era el primer gesto impulsivo y gratuito que tenía en meses, desde que enviudó y comenzaron sus penurias económicas, hacía ya demasiado tiempo.

Llegó a casa y dejó la comida en la cocina, sacó al gatito del bolsillo, encendió la estufa y lo puso enfrente, sobre un cojin para que entrara en calor. Preocupada, calentó agua, preparó un caldo con las carcasas y luego, con una pequeña zafa desportillada y un trapo de cocina, empezó a lavarlo con mimo. El gato se dejaba hacer en silencio, sus ojos ya estaban entornados. Doña Sole empezó a temer que se muriera esa misma noche, cuando le acercó un platillo con leche ante el que ni se inmutó.

Cuando la cena estaba lista, encendió el televisor, racionaba su funcionamiento pues cuando se estropease no podría comprarse otro y hacía meses que éste ya presentaba una coloración preocupantemente verdosa. Mirando al gatito se levantó de la mesa y se lo puso en su regazo, sentía pena, angustia y esperanza a la vez, por momentos se arrepentía de haberlo traído a casa, en otros se compadecía de la suerte del pobre gato si ella no lo hubiera visto. Estaba en esos pensamientos, viendo el discurso de un rey serio y algo verdoso, cuando notó que algo se movía en su regazo. Comprobó que se trataba del gato que parecía estar lamiéndose el pelo, limpiándoselo con la lengua, a trémulos primero, luego a lengüetazos ya más firmes y cadenciosos. Lo cogió por la panza y lo puso sobre la mesa, aún estaba el platillo con la leche, así que lo acercó poniendo su hocico delante, el gato husmeó e inspeccionó con precaución y acto seguido empezó a lamer con fuerza el plato hasta que se acabó toda la leche, teniendo que ponerle más hasta que se la acabó también.

Doña Sole sonrió, estaba radiante, "éste ya no se muere" se oyó decir y pensó que eran las primeras palabras que decía en todo el día. Mirándolo fijamente, ya de vuelta a su regazo, el gato dormía y lo escuchaba ronronear: "Te llamaras Navidad" sentenció alegre, "Feliz Navidad, Navidad" y prosiguió viendo en la tele a un rey serio y algo verdoso, que le deseaba felicidad a todos sus súbditos, en aquel barrio de las afueras, gris, frío y triste.

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