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Por Vicent Albaro

Ya no cantan ni los grillos

27/07/2017
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La llegada del verano es motivo de cambios, cambio de atuendo, de comida, de hábitos y hasta de residencia. El verano es esa estación del año tan deseada como odiada. Por un lado te permite una libertad inédita, tantas horas de luz dan para mucho, solo hay que recordar esas tardes de invierno en que comienza a oscurecer a las cinco de la tarde, y una melancólica resignación te invita a entrar al cubículo. En verano el día se eterniza, la tarde te aletarga, y las noches calurosas parecen una prolongación de la inacabable actividad, tienes dificultad para conciliar el sueño en los días de basca insoportable. Los calores del verano son malos de soportar, ni el aire acondicionado te alivia, porque un rato bien, mucho tiempo te pone malo.

Los veranos suelen evocar el dulce tiempo de la niñez, al menos de esa niñez antigua en que podías gozar de la calle sin miedos ni recelos. Esos tiempos de las puertas abiertas en las casas, y de las pléyades de chiquillos corriendo por los barrios y andurriales, con sus juegos y griteríos, que alegraban las calles soñolientas de cualquier pueblo. Visto lo visto, y vivido lo vivido, se hace muy difícil no hacer comparaciones. Soy de los que piensa que los humanos venimos comparándonos desde la más tierna edad, ya en la escuela uno querría ser aquel o el otro, que destacaba en aquella u otra habilidad. Yo por ejemplo, me moría de ganas por montar una bicicleta de niño, por supuesto prestada, para dar varias vueltas al patio del colegio. ¡Qué suerte tenía Ximo el Guardamà, con su bicicleta! En aquel lugar bendito de polvo y humos, podían coexistir 2000 niños y media docena de bicicletas. Tal cual. Hoy millones de niños quieren ser como Messi. Seguimos con las comparaciones.

Y puestos a comparar, estos veranos ya no son lo que eran. La otra noche me asomé a la terraza que mira al río, y ni los grillos cantan. A lo mejor es que ya no hay ni grillos. En tiempos, los grillos al igual que otros insectos, se acercaban de noche a las farolas y los cogíamos para encerrarlos en unas mini jaulas de alambre, una minúscula, específica e increíble artesanía para grillos. En esos tiempos, todo bicho viviente paraba dentro de una jaula, bien de alambre o de juncos. A los saltamontes los cazábamos y les arrancábamos las patas de sierra, teníamos una crueldad insufrible que nos ha traumatizado para los restos (ironía). Los de alas azules eran del cielo, y los de alas rojas del infierno, esa era su clasificación general al uso. Pero volvamos a los grillos, repetí la operación de escuchar el ric-ric y no obtuve respuesta. Definitivamente en este lugar, los grillos ya no existen, y el sonsonete de su monótono compás, ha pasado a la historia.

Rebobinando las crónicas de estos Caminos de l’Alcora, me ilustro de lo poco que queda de campo en los alrededores de la población. Las huertas, que es donde viven los grillos, también son historia, así que todo anda en decadente consonancia. Y si alguno quedaba “desperdigolado”, la limpieza de los solares, que dicho sea de paso, son las antiguas huertas; con el movimiento de la campa, los habrá hecho emigrar. Así que ciclo completo, si quiero escuchar grillos, yo también tendré que emigrar a un lugar plácido, donde tengan un hábitat placentero y lancen su ric-ric con fogosa despreocupación. Redundando en el tema, y sin ánimo de polemizar, una cosa es desbrozar para evitar fuegos, y otra aplanar y dejarlo más limpio que un culo de mono. Pero qué esperar, si por la tele local, alguno se escandaliza de que unas zarzas salen por la verja y son definidas como un peligro público. Ya no hay mesura ni término medio. Vamos abocados a los extremismos, tan alienantes como peligrosos. ¡Con lo buenas que están las zarzamoras!

Aquí hay dos mundos en colisión desde hace muchísimo tiempo, el del asfalto y el rural. Pero ha acontecido un hecho singular y de difícil pronóstico cara al futuro, que no es otra cosa que el asfáltico, más cómodo y de piel fina, ya se ha introducido con mando en plaza en el rural. El asfáltico es mayoría y el rural, está en minoría. Y ya se sabe, en esta democracia sin asentar, las mayorías aplastan a las minorías de cualquier gremio, cuando precisamente en la esencia de las democracias serias, el respeto a esas minorías se considera algo sagrado. Los grillos no tienen la culpa de que ya no haya huertas, ni los gorriones tienen nada que echarse al pico, ni los vencejos oquedades para anidar. A las golondrinas les tiran los nidos de barro porque ensucian, y esa pulcritud malentendida, no quiere saber que esa “suciedad” de aspecto repulsivo, son miles de moscas y de mosquitos tigre que esos aviones, han depredado para alimentarse ellos y sus crías.  

A las huertas, lugar de vida para los grillos, les pasa como a los montes. Están abandonadas porque no rentan, o por la aversión a la azada que los lugareños profesan desde dos generaciones atrás. Y las que contornean el pueblo, la modernidad las ha transformado en solares de PAI. Como hoy todo se calcula y mide con parámetros de economía, las cuentas son como las del gran capitán. Los tomates al supermercado, las verduras listas y envasadas, los melones al mercado callejero y el aceite a la cooperativa, y a mis fincas que les den, que ya no estamos para doblar el espinazo. Así que si yo fuera un exaltado como los hay y a montones, podría decir que no tengo el gozo de escuchar el sonido natural de los grillos, porque quienes deben procurarles el medio ambiente propicio, se dedican a hacer el “mantusano” y a tragar glotonamente gin-tonics, mientras sus fincas se mueren de asco. Pero no lo voy a hacer, porque cada uno es él y sus circunstancias, aunque esas actitudes devengan en el silencio de los grillos y más especies de todo pelaje y pluma.   

Y lo más peligroso del asunto, es que cada vez que sudo a chorros apartando brozas del bancal, o labro los campos con el polvo reseco de las cuchillas del motocultor, o podo los chupones de los olivos y voy observando a los paseantes del camino contiguo…me dan ganas de mandarlo todo a tomar por saco. Porque uno también tiene sus debilidades y los años no pasan en balde. Total, no puedo escuchar ya el ric-ric de los grillos, ni agenciarme media docena de zorzales al parany para hacer una paella e invitar a los amigos. Y todo, porque los amigos de algunos paseantes me han tildado de insensible, matarife y hasta delincuente. Debe ser una evocadora reminiscencia, por lo de arrancar las patas a los saltamontes en los lejanos años de la niñez, cuando se escuchaban los grillos, revolaban las golondrinas en la balsa y las huertas eran un exuberante vergel. Ese tiempo en que mi abuelo, cazaba dos docenas de zorzales con el viejo reclamo de latón, para hacer una fiesta familiar y poder disfrutarlos en plan sibarita, fritos con cebolla o con ajitos, que tanto daba.

¡Ay! Los calores del verano, que te asaltan las neuronas, y te llevan a escribir nimiedades y bobadas, a falta de temas trascendentales y serios en este aburrido tiempo que nos ha tocado vivir. ( Más ironía… y final)  

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Jo tot el mes de juliol he fruit, en directe, de la infància dels xiquets filipins. Tots jugant al carrer; a boletes, a tacons, a “trompes”, a embocadures de bufes, a...; però el problema és que no tenen cap perra i prou passen fam o mengen prou malament; els que poden juguen amb el mòbil, pocs. En un carrer com el Peiró, ara no sé si hi ha cap al·lot, si fora com ací, tal vegada hi harien al carrer una cinquantena o més.
Tot el dia escolta cantar els galls, la majoria de rinya o tots.
Jo i alguns més anàvem darrere dels germans “Lute” per pujar amb la seua bicicleta de dues rodes que era del nostre tamany. També o feien amb Vicent Cotanda per pujar i arrossegar-se amb el seu carret de rosses. Ficar-se al costat de Tomàs Tena Carnicer per mirar el “Capitán Trueno” i el “Jabato” o de Germán Ripollés per veure “Superman”.
En els anys 50 i 60 es podia jugar a les places i carrers; ara són aparcaments de cotxes i perill per la circulació. No tinc més espai.
Enviado el 30/07/2017    

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