14 de desembre de 2019 14/12/19
Per Ángel Padilla
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Pertenezco a una generación de grandes poetas

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    Pertenezco a una generación de grandes poetas- (foto 1)

    Poetas en lucha, poetas humildes. Podría contar tantas cosas de mis hermanos y hermanas en la bella y hoy, alzada en clara confrontación, bella y verdadera Palabra: la Poesía.

    Sobre todo resalto la originalidad de todos ellos. Se ha hecho un intento, que no sé si quedará para el futuro tal cuño -creo que sí, sinceramente-, de denominarlos de una determinada manera y conformarnos más o menos en un grupo unido no por muchas cosas (como las tantas que unían, por ejemplo, a la generación del 27), sino por una sola, yo diría: el uso de la palabra poética como arma contra el sistema. Ya no hablamos de quejarse de la Nación, como tan bien hizo, de este antro de oligofrénicos llamado España la generación del 98; me refiero a algo mucho más amplio. La denominada "Poesía de la Conciencia Crítica" la conformamos -porque los críticos me introducen, por mi tratamiento como protesta de la creación literaria- escritoras y escritores cuya mirada nuestra no atiende a fronteras ni busca la cosa pequeña del arreglo del parche, porque no creemos, la mayoría de nosotros, en que este sistema pueda repararse de ninguna manera, más que tumbándose o creando otra cosa en paralelo, que por supuesto compita con este infierno infumable llamado progreso, llamado avance y "ciencia". Nos une el dudar de todo y el determinar que hemos vivido una estafa de todo grado, desde la cultura que se enseña en las escuelas, los clichés de los padres, la mentira voladora por todas las ciudades y la Tierra completa, de que esto es lo que hay y es imposible variarlo.

    Dejaré que mediante ciertas anécdotas que he tenido con algunos de ellos lo que quiero decir se diga sin que yo me esfuerce en desplegar ideas que, quienes me conocen, ya me las conocen.

    Poetas que habiendo publicado infinidad de libros son casi absolutamente desconocidos. En el mejor de los casos, conocidos por una mayoría de lectores fieles. Poetas de culto, con suerte. O en el más duro ostracismo como el que vivió el poeta anarquista Jesús Lizano, que fallecido hace dos años nos ha dejado una enorme obra recogida casi toda en su volumen diverso y maravilloso "Lizania". En algún lugar conté como Lizano, con su larga barba blanca y su abrigo negro, pelo largo atado en un moño mal recogido y su bastón, me acompañó en Barcelona a la presentación de un libro, cómo cada vez se ponía más nervioso al atravesar el centro comercial donde, en una sala, se realizaría el acto. Él sólo salía de su casa para dar pequeñas lecturas en antros anarquistas -donde era muy demandado-; verse allí supongo que le desbordó y comenzó a gritar, con su voz atronadora, dando bastonazos en el suelo, se asustaba realmente la gente que pasaba, preguntando -como un niño, le gustaba llamarse, de hecho, el poeta niño- que "a ver por dónde entrará luego el taxi a ese lugar insoportablemente enorme y cerrado, para devolverlo a casa". Tardarán en publicarse los libros que todavía quedan inéditos a su muerte, con celo realizará ese trabajo su hijo y su albacea literario Antonio Orihuela.

    Antonio Orihuela es otro grande de mi generación, recuerdo que cuando le mandé la primera versión de mi novela "Mundo al revés" -en su primera barroca versión, y en la época de las cartas-, me envió, al término de su lectura, una carta que me motivó muchísimo, alabando el libro y a mí como escritor, la generosidad que destiló en sus palabras, siendo ya él una autoridad en la poesía española, también como ensayista, me conmocionó, luego naturalicé su forma, humilde entre los humildes, él, cuya inteligencia a la hora de expresar ideas sobre lo que sea, humanismo, animalismo y cultura en general siempre son extraordinarias. Su humildad la vi tan grande cuando lo conocí en unos premios literarios que otorgaba el Ayuntamiento de Valencia... Yo era uno de los premiados con mi poemario "Canción de hieba para el caballo ante el abismo". Para las lecturas de los premiados, se invitó, a la vez, a poetas reconocidos, uno de ellos fue el bueno de Orihuela. Que antes de leer sus poemas, después de que el organizador de los eventos culturales lo presentase como "el mejor poeta vivo", Antonio se limitó a decir que no sabía si lo que escribía era poesía, porque los críticos -en aquel momento, imagino; ahora lo enaltecen cada vez más- siempre le dicen que no es poesía. "Me dicen que lo que escribo yo no es poesía, que es demasiado simple, pero yo escribo de una forma en que los más humildes puedan entenderme. La literatura que no se entiende pierde su sentido, es una estafa", expresó -más o menos, hablo de memoria.

    El poeta de la brutalidad y los excesos físicos, David Fernández Rivera. Me escribió con sólo quince años mandándome unos versos, con una profundidad, manejo del lenguaje y del ritmo y riqueza poética que me deslumbró. Hoy, pasada más de una década, él ya con muchos libros publicados, obras de teatro representadas (tiene su propia compañía de teatro), practicando en diferentes ámbitos del arte, poesía visual, escultura, música... Y recuerdo cómo preparaba sus recitales, con una minuciosidad exasperante, que se confronta con la tranquilidad espontánea de Katy Parra -quien en una lectura poética que compartí con ella y muchos más poetas para la presentación del libro "Animales entre animales" dijo, como introducción para todos: "Bueno, yo no me acuerdo del orden en que debéis leer cada poeta, así que ¿qué os parece que vayamos saliendo a leer desde este lao al de allá, conforme estamos colocados?". Todos nos reímos mucho.

    David, no obstante, manejaba en sus representaciones poéticas una dramaturgia de teatro, gesticulaba con lenguajes creados que afirmaba eran nuevos, e imbricaba fondos musicales con la palabra e incluso con elementos del teatro en una mera lectura poética. En una obra de teatro podría meter "más poesía de la cuenta", para los acostumbrados a una obra con argumento claro, por llamarlo de alguna manera, y en una presentación de libro de poesía podrías acabar viéndolo encendiendo dos antorchas y moverlas con los brazos, alzarlas al aire, tragar una y lanzar fuego por la boca. De una de sus obras de teatro, donde, actor también que es, representaba su obra "Hipnosis. La Colonia.", como cierto sector del público, en un pueblo, hablaba o gritaba, medio borracho, Rivera se abalanzó contra una pared del atrezzo del escenario y a patadas la tumbó. En otra ocasión terminada una representación poética soberbia, en donde incluso un hombre en el público se levantó y dijo "esto sí es poesía!", al término de todo y de los aplausos el público pudo ver saltar del escenario a David, quien recorrió -luego me dijo que no recuerda bien cómo ocurrió todo- casi dos kilómetros por ese lugar, hasta que se sentó en un patio o en un descampado, no recuerdo, y tornó al lugar sin saber qué era lo que le había lanzado a correr como un caballo libre u ofuscado. También contaré lo siguiente: cuando ensayaba su obra en otro lugar, encima del escenario, y en eso llegan los del grupo "Cómplices". No les tocaba a esa hora ensayar ni nada, pero se ve que les dio por allí y pidieron ocupar el escenario. David, que estaba montando todas sus luces y aparatos de efectos para su obra, sin camisa, pleno verano, agotadísimo, y el Teo Cardalba pidiéndole saliera porque ellos son "Cómplices". David se le acercó al Teo y le dice: "Vosotros seréis 'Cómplices' pero yo soy "David Fernández Rivera". Tales serían de veraces sus ojos, que aquellos se marcharon para volver a la hora que les tocaba.

    En la lectura del mítico y extratérreo "La marcha de 150.000.000" me hallo, obra de otro maldito, y a la vez santo, poeta santo; por el carácter de su obra, combativo con el poder de todas las épocas y siempre del lado de los aplastados: Enrique Falcón. Una de las más hermosas y singulares obras de poesía en lengua castellana que quedará, sin duda, y cada vez con mayor luz conforme pase el tiempo. Posee una de las líricas más esplendorosas y aterradoras (en belleza).

    Enrique recibía al público que acudía a sus lecturas con un abrazo a cada uno o una que iba llegando, hablamos en esta generación de fraternidad y nos decimos "hermanos" y "hermanas". Entendemos que luchamos contra lo mismo, el lobby que mata el mundo y nos quiere cerrar las bocas; no lo lograrán.

    Como esto ya es algo largo, para otra entrega de anécdotas de mi generación, dedicaré algún artículo más. Son muchas cosas y todas interesantes.

    De mi unión de poesía y vida ya se sabe por aquí y en muchos lugares, así que no ha lugar a enunciarla. Sólo os cuento la última cosa rara que he hecho (diciendo "rara" me da risa) y es anunciar una presentación de un nuevo libro mío a voz en grito caminando por las calles. La gente me tomaba por loco, como es de esperar. Me largué antes de que llegase la pasma y me pusiera una receta por escándalo público.

    Un grupo de luchadores y luchadoras que creemos que para tornar el mundo a su inocenica y riqueza originaria no podemos esperar que lo hagan otros. Y en estas estamos, en el "hazlo tú", que no recuerdo quién lo dijo (creo recordar que proviene de la generación beat). Y patentizando lo que creemos en la realidad, haciendo la palabra carne, en un evangelio anarquista constructor de mundos.

    Me dejo muchos poetas singulares en el tintero. Prometo, como digo, volver a este campo.
    No terminaré esto sin decir cómo tuvo que entrar en la cárcel otro gran poeta maldito de los nuestros, David González, porque una noche en que se le fue el alcohol, en una época problemática ya pasada -o eso creo, ¿me lo juras, David? (risas)- el poeta vio, entre las brumas del "éter" baudeleriano a la pasma en la puerta de su casa, sin entender nada. Los vecinos habían llamado porque González se ve que en la escalera la había armado buena, y cual Valle-Inclán o Don Quijote etílico, la emprendío a paraguazos con la policía, quizá conocerían a otros que conocerían a otros que tuvieron "la suerte" de que yo acudiese a un cuartel de la Guardia Civil con un guitarra a recitar el poema "La liberación del pájaro", y que tanto les gustó que se lo quedaron y me tomaron datos, seguramente para seguir mirando cosa de mi obra en internet. Tanto me venían a detener cuando gritaba mis versos en lugares de maltrato animal e injusticias, las que sean, y no detener a los verdaderos malos, que ese día dije: pa que no gastéis gasolina, amigos, esta vez leo en vuestra sede.

    Jesús Lizano repetía sin cesar "lo que soporto menos en este mundo es la soledad, estoy muy solo". Cosa que tenía que ver, terrible y conmovedoramente, con uno de sus versos en que el bardo dice "Mi mundo no es de este reino".

    Fotógrafa: Elisa Ramón

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