26 d’agost de 2019 26/8/19
Per Santiago Ríos
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43 de mayo

Nos está pasando el tiempo, sin apercibirnos del pasado. A algunos de los que ya cumplimos los 60, les parecerá que fue ayer cuando el llamado mundo occidental, se vio  estremecido por la revuelta que principalmente tuvo por escenario, las calles de París.

Una sorprendente huelga que paralizó la capital del país vecino, en mayo de 1968, generando una revolución a todos los niveles que significó entre otros aspectos, un bello canto a la libertad.

Una explosión juvenil que desde París, tratando de expandirse por las capitales más importantes de ese mundo occidental, pretendía limpiarle la cara al planeta.

Modas, músicas que entonces resultaban estridentes, modos tercos, nuevas costumbres, gestos hoscos, otros lenguajes y otras claves para entender la historia sintetizada en un instante de fiebre contagiosa que creíamos genial.

Todo esto y algunas pequeñas cosas más, fue mayo del 68. Cuando la maravillosa década prodigiosa se estaba terminando y nosotros, los de entonces, éramos todavía felices y políticamente indocumentados.

Volaban los pájaros sobre las cabezas de nuestros aún no cumplidos 20 años, aleando amores con lejanas guerras, desprecios por todo lo que de orden tradicional lleváramos en nuestros genes, obsesionados por un futuro en el que pensábamos menos de lo que suponíamos.

Una generación que procuró desde el principio soportar la posguerra civil, como una tormenta que nos cayó encima, en algunos casos,  por la fuerza del recuerdo terrible de los padres y familiares.

El generalísimo Franco, tal dice la canción, impasible su ademán, iba construyendo el moderno estado español, como quién dice, sin bajarse del caballo, con una solvencia económica que pasmaba a quienes, desde sus barricadas mentales pretendían derrocarlo en un día.

Todo un adelanto. De la miseria de los 40 a la ilusión del electrodoméstico y del Seat 600, colmaba de gozo a quienes habían sufrido las hambrunas, sometidos al silencio de las ideas.

El espíritu de mayo en París, donde ardían calles y barrios, llego a Roma y también a Madrid. En los Estados Unidos, antes habían matado a J.F. Kennedy y luego matarían a su hermano Robert y habían matado también a un negro norteamericano que había tenido un bello sueño y se atrevió a gritarlo a los cuatro vientos.

Martin Luther King, ese era su nombre, mientras una joven Aretha Franklin cantaba una pequeña oración de llanto y despedida “I say a little prayer”.

Más tarde, los tanques del Pacto de Varsovia invadieron el “rumor” de agosto de la ciudad de Praga. Fidel Castro se puso al lado de los soviéticos, desde La Habana y muchos de los que hasta entonces pensaban en la absolución de la historia, esa gran mentirosa, no pudieron reprimir por más tiempo su asombro.

Pero era mayo todavía. Primavera, cognac y la sangre caliente. Minifalda, The Beatles, California y Amsterdam. Drogas blandísimas, en comparación con las de hoy, sueños biológicos de crecer cuanto antes, de terminar la universidad y salir cantando los himnos que nos enseñaban Raimon, Paco Ibáñez, Els 4 Z y Joan Baez, Georges Brassens o Jacques Brell, entre otros muchos.

Era la España de entonces, nuestro país. Las canciones de la vida nos han ido cambiando la visión del mundo y la de los movimientos de indignados que al amparo de justas causas, no dejan de arrimar el ascua a sus sardinas.

Pobre de aquel que no haya evolucionado, pues como dijo Cohn-Bendit: “Quien no evoluciona es un imbécil” y por favor, tomen la acepción médica de la palabra.

Creo que Massiel había ganado Eurovisión con el “La, la, la” de Manuel de la Calva y Ramón Arcusa. Joan Manuel Serrat se “exiliaba” a México y Felipe González comenzaba a ser “Isidoro”.

Santiago Carrillo gritaba desde París el final de la era de Franco, lo que no presentaba ninguna novedad, pues venía diciendo lo mismo desde 1939, mientras el ideólogo Maravall reflexionaba en Oxford, sobre las vanidades del pensamiento humano.

Aranguren envejecía dignamente, mientras vibraba la Universidad desde por la mañana con las cervezas tomadas en la barra del bar de la facultad, de pie, enfundados en “blue jeans” y bambas correderas, preparándose para la guerra de juguete, lanzando panfletos a gran velocidad, ante las ruidosas persecuciones  policiales de los “grises”.

Adolfo Suarez hacía su carrera administrativa, hacia la libertad desde la turbiedad del franquismo político, cuando leíamos con pasión “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, mientras “El Canijo” que era como le llamaban a Alfonso Guerra, de mirada torva, era un barbudo irredento de cabello largo.

Los años se nos han echado encima a velocidad, con espacio y tiempo, con una dinámica y tecnología impensables en aquellos tiempos, donde nos creímos ser los dueños de la historia, haciendo nuestras guerras particulares.

Y ahora estamos donde estamos, sin saber como ganar al futuro después de tantos cambios, porque en aquel entonces solo queríamos el orden, la familia, la paz, la felicidad del ocio y el dinero. Conseguimos la integración, mientras tratábamos de luchar contra ella.

Quedaron atrás las ruinas del tiempo y la memoria en el espacio de muchas cosas, recordando a Marcuse que nos enseñó que “bajo el árbol de la vida, descansa siempre el final de la utopía”. Por eso murió Jacques De Gaulle y Francisco Franco. Mataron a Aldo Moro, a los Kennedy y a un almirante llamado Luis Carrero Blanco, en el centro de Madrid.

Aún escucho, como lo hacía entonces, a Bob Dylan y me hago eco de sus poemas y cantares, rozando las sombras más sensibles de mis oídos ya maduros, convencido en lo más profundo de los sentidos de que tanto hoy como ayer, “la respuesta está en el viento”

 5 comentaris
D.Ceram
D.Ceram
27/08/2011 04:08
limpiaban la cara...limpian los bolsillos.

Como bien dices, la explosión de la juventud (idealista) pretendía limpiar la cara al planeta. Todos queríamos, el orden, la familia, la paz, la felicidad del ocio y el dinero. ¡Qué lejos queda todo eso! Hoy en día los principios (moral, conciencia, respeto a la vida, familia, nación) son discutidos y discutibles. Menos mal que hemos salvado lo más importante. Hay un solo Dios...el becerro de oro.

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