17 de setembre de 2019 17/9/19
Per Eleuterio Fernández
Periòdica Columna - RSS

Tras la tormenta…

Amables lectores. Aunque parezca mentira ya ha pasado todo. Tras la campaña electoral (unos días, quizá excesivamente largos para los medios de comunicación que existen hoy día y que deberían acortar aquella porque, francamente, no creo necesario tanta acumulación de información en tan poco tiempo) ayer mismo se produjo la consabida votación. Por fin llegó la calma tras esa tormenta de números y de escaños, de concejalías y de consellerías. En fin, que todo pasó, gracias a Dios.

Ahora sólo queda ver qué es lo que quedará por hacer. El que esto escribe se alegra, enormemente, de que los temas esencialmente políticos pasen a un merecido segundo, o tercer plano, porque ayer, domingo 27 de mayo, era domingo de Pentecostés, de un nuevo comienzo espiritual, pero no sólo de esa especie sino de la que ahora tratamos. Una analogía que, se mire por donde se mire, viene que ni pintada, diríamos.

En la columna de la semana pasada dije, si no claramente sí con intención de que se entendiese, a quién iba a ir mi voto. Si bien que lejos de Burriana, de Vila-real y de Les Alqueries, tengo que decir que de haber podido votar en cada uno de estos pueblos, también habría hecho lo dicho, es decir, el sentido de mi voto habría sido el mismo, pues se trata, como creo que dije, de una cuestión de ideas, de pensamiento, de forma de ser y esto no se puede cambiar según dónde nos encontremos.

Porque volvemos a la vida cotidiana, a el cada día de cada uno de nosotros; porque volvemos a ser los mismos y no aquellos a los que, ávidos, se dirigían los partidos políticos para reclamarnos el voto sin pensar, o quizá sí, que después de todo esto, el comportamiento de cada uno de nosotros sería el mismo pero, seguramente, el suyo no. Y no es que tenga algún tipo de desconfianza del sistema político o de las personas que encarnan esta forma de vida. Sí tengo cierto pensamiento pesimista sobre el general comportamiento del ser humano pues la experiencia demuestra que nuestra naturaleza, digamos, particularista, nos lleva a asumir como propio lo que no es, sino, ajeno, a tender a creer que los demás han de pensar como nosotros. Cosas de políticos, quizá. O no sólo de ellos.

Amables lectores. Ahora que, como dice la famosa frase, es el primer día del resto de nuestras vidas, quizá sería necesario empezar a recordar lo que cada uno de los participantes como sujetos activos de la votación, es decir, nosotros mismos, podemos exigir a los sujetos pasivos de nuestro voto, o sea, a aquellas personas que, por mor de las votaciones, han salido elegidas como nuestros representantes. Ahora es el momento de empezar a ver si, verdaderamente, van a cumplir lo que dijeron o van a recurrir a aquella frase de Tierno Galván que decía que las promesas electorales están para no ser cumplidas. Eso lo sería en su pensamiento falso y falsario pero para el común de las personas, las que no nos dedicamos a esa labor, lo contrario es la verdad: lo que se promete está para ser cumplido o, jurídicamente dicho, nadie puede ir contra sus propios actos, cuanto menos contra las propias ideas.

Amables lectores. Dediquemos, no olvidemos nunca, los próximos días, o quizá meses, y dediquemos a repasar, al menos con nuestra memoria (mejor con papeles, con los de los que se nos entregaron en forma de programa o propaganda) lo que se platicó (como se diría en el otro lado del charco) en esos momentos cruciales en los que se decía esto o lo otro, en los que, con el mayor desasosiego en el corazón, se vertían en nuestros oídos los mayores calores de la palabra y, como miel, se destilaba, para nuestro gusto, las propuestas más candentes y más, quizá modernas. Cada cual dentro de las posibilidades o, mejor, dentro del ámbito de su actuación, habrá prometido hospitales, zonas recreativas, un urbanismo no especulativo, zonas de descanso, asilos (o como se diga ahora, con un lenguaje políticamente correcto), honradez en la gestión, modos de comportamiento alejados de los de los “otros”, una vida mejor, etc y cada cual, dentro de su correspondiente sentido moral, se habrá reconocido, incluso en el mismo momento de ofrecer eso, como incapaz de poder cumplirlo pero que, vistos en la obligación de decirlo no podían, francamente, hacer otra cosa. Ya se sabe que a la hora de convencer, la adulación puede mucho en el convencimiento ajeno.

Amables lectores, ahora que empieza, de nuevo, nuestra vida ordinaria; cuando volvemos a nuestras tareas comunes y cuando ya no vamos a volver a oír, en unos meses (¡sólo en unos meses!) los llamamientos al progresismo o al conservadurismo de nuestras tradiciones más amadas y sentidas; cuando vamos a ser nosotros los de antes en el pensamiento de los escasos que, entre nosotros, obtienen la, digamos, victoria; cuando las columnas de éste que escribe van a tomar otros caminos que, seguro, son más amables y ricos (espiritualmente hablando), pues ahora, ahora mismo, bien podemos decir que, gracias a Dios, todo pasó, que, a pesar de los intentos de acabar con nuestra paciencia con tanto ruido y con tan pocas nueces (según se mire esto, claro) aún estamos vivos para el mundo, que aún, y gracias a Dios de nuevo, nuestra persona vuelve a ser anónima, humana, libre.

Y a mí esto, que quieren que les diga, me gusta, mucho más que lo otro.

Será que soy un carca.

ocultar
Tras la tormenta…
Pujar