13 de desembre de 2019 13/12/19
Per Eleuterio Fernández
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P'a quatre que sou…

    Ahora que se cumplen 15 años de la inauguración de la Casa de la Cultura, llamada, más exactamente, Centro Municipal Cultural la Mercé (CMC desde ahora) me viene a la memoria una anécdota que bien puede dar a entender el sentido que, muchas veces, se le da a esto tan grandilocuente que denominamos Cultura.

    Recuerdo que una vez apareció una pintada en una de sus fachadas de este tenor: “P'a quatre que sou” (no recuerdo si la grafía era esta, exactamente, pero se trataba de esta forma de entender la cultura que tenía aquella mano tan oportuna).

    ¿Quiénes eran esos cuatro a los que aludía este grafitero?

    Quizá la persona que se prestó a ensuciar las paredes de aquel, entonces, recinto renovado (aunque tan antiguo en su historia), padeció de algún mal extraño que le hacía ver la realidad bajo el prisma de la cortedad numérica o, de otra forma, sólo acuñaba un eslogan que, bien podría ser propiedad de aquellos que creen que la cultura es, tan sólo, y exclusivamente, cosa suya.

    Desde que el 19 de abril de 1991 abriera sus puertas este centro de la cultura pegado, pared con pared, a la Iglesia de la Mercé, muchos acontecimientos han venido sucediendo en su recinto, arqueología incluida y perpetua, y muchas habrán sido las expresiones, presentaciones musicales, representaciones de teatro, presentaciones de libros, etc que habrán adornado ese espacio cultural, como bien, seguramente, a proteger y promocionar; todo, por necesidad de uso, necesariamente limitado en el tiempo. Porque la luz, a los ojos de quien mira, nunca puede ser de excesiva luminosidad porque cegaría al observador.

    CMC

    El cartel, o reclamo indicativo, elaborado para la celebración de estos primeros quince años (que podemos ver arriba de estas líneas) de este edificio en su dedicación, exclusivamente cultural, representa a un CMC desvaído, casi llevado por una rápida mirada, como si alguien, corriendo, lo mirara de una forma fugaz y guardara en su memoria esa imagen casi fantasmal de su figura. Al parecer, esta gran casona está en movimiento, y eso siempre es de agradecer para este mundo agridulce de la cultura, tan tergiversado por quien sea, o, por quienquiera que pueda. Esto indica, a mi parecer, ese pasar del tiempo que en un, a modo, de remedo, del tango, viene a decirnos que quince años no es nada pero que todo, a la vez, permanece dentro de nosotros, que, en cierto modo, este antiguo edificio, también prisión, nos acoge como para que cumplamos una condena eterna, una dulce condena: culpables de amor por la cultura, reos, quizá, y quien lo sea, de una apropiación: “P'a quatre que sou…”.

    A veces resulta curiosa la facilidad con la que algunas personas, sin saberlo, pueden dar en el clavo de determinada realidad, obcecados con su opinión y que sin ser conscientes de lo que hacen o, mejor dicho, de las consecuencias de lo que hacen, pueden hacernos abrir los ojos a otros que, aunque sea sólo por la costumbre (como norma que crea el uso, es decir, la práctica de determinada actividad) podemos ir un poco más allá, aunque un paso más, de esa visión muchas veces alicorta y escasa.

    Lo que quiero decir, sin darle más vueltas ya, es lo que sigue: muchas veces pensé que sólo los que se denominan “progresistas”, vean en Burriana al PSOE, al BLOC y lo que pueda ser más izquierda extremada, tenían capacidad para mostrar imaginación, desarrollo, libertad, buen hacer e, incluso, novedad, en el campo, ahora hablo de esto, de la cultura, de lo que, con palabras mayores, podemos llamar ARTE. Y digo “sólo”, con acento, porque quiero referirme a solamente, como evitando el pensar que desde otros puntos de vista ideológicos pudiera ser posible aquello que de los primeros he dicho. Grave error (por conocimiento equivocado) el mío. Más bien lo que pretendían, y creo que pretenden, es estar “solos”, sin compañía posible, sin acompañamiento, sin nadie que les pueda toser. Vamos, que lo que hacían, y hacen, es patrimonializar la cultura en su uso y disfrute. ¡Ah!, y de los suyos, claro, de su grupo, de su secta, para ser más exactos.

    Muchos, en caso de que esa cantidad de personas lean esta columna, pueden preguntarse porqué digo esto y que si tengo algo que aportar para demostrar esta aseveración. Les tengo que decir, a los incrédulos, que tan sólo con mirar el propio cartel anunciador del evento dejará bien a las claras esto que digo.

    Y esto es por esto: tengo entendido que siempre se ha pensado, al menos yo lo he visto así y así lo siento, que el tema del valenciano, su protección, desarrollo y ansia de difusión, pertenece a lo que llamamos “izquierda” o, más generalmente, a la progresía. E incluso se dice que cuando desde la denominada “derecha” se pretende proteger es por algo oscuro y, seguramente, por todo lo contrario de lo que se dice (muchas de las columnas de La Bona Miranda, del admirado, por mí, compañero de Opinión y algo más, Joan Garí Clofent, lo dejan bien dicho y son ejemplo claro de esto que digo). Por lo tanto, presentar un acto cultural utilizando, exclusivamente, el valenciano como lengua de expresión puede parecer, independientemente de ese espíritu impulsor del habla que lleva intrínseco esa opción, puede parecer, digo, expresión inequívocamente, teleológicamente, tergiversadora de la realidad. Y digo esto como lo pienso, aunque esto pueda suponer incomprensión por parte de muchos, el caso es que yo veo en este simple acto, acto minúsculo en cuanto al destino espacial al que va dirigido, al número de personas que puedan ser conscientes de esto. Pero yo siento que esto es un trágala, sostenido por supuestas posturas “oportunas e irreprochables” de la persona encargada de la gestión de estos temas culturales si es que ha sido ésta la que ha tomado esta, para mí, equivocada decisión. El caso es que, como muchas veces he comprobado yo mismo, y yo mismo he participado en esto, así lo digo, estos temas siempre, pero siempre, cojean por el mismo sitio. Y digo cojean porque si para caminar se necesitan dos piernas, el que sólo se utilice una de ellas, no puede llegar a buen puerto. Ni siquiera aunque se pueda argumentar que antes, en otros tiempos, en otros momentos históricos, sólo se utilizada una pierna para andar. Esto no arregla nada. Quizá lo empeore.

    Y así muchas cosas, señores lectores. Esto es un ejemplo mínimo, ridículo, diminuto. Pero estoy seguro que si, desde ahora, tratan de ver, y no sólo de mirar, las convocatorias que se puedan hacer desde instancias públicas, pagadas con los impuestos de todos (reconozco que en Burriana no con los míos) de temas culturales, por hablar, ahora, de esto, verán, con toda seguridad, que en un tema como es el de la lengua, al que tanta importancia se le da, como si fuera la madre de todas las batallas (expresión bien conocida por todos), siempre, pero siempre, o una mayoría de veces, tendrán un ojo tapado para escribir, o, por ser más gráfico, sólo mojarán la pluma en un tintero y que, vaya por donde, es el suyo.

    P'a quatre que sou. Nunca con tan poco se dijo tanto.

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