23 de setembre de 2019 23/9/19
Per Eleuterio Fernández
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Hace, ya, un gozoso año. Jo sí t’espere: 12 meses después


“Ahora, precisamente ahora, hoy mismo, se cumplen seis meses, medio año, 180 días, desde que Benedicto XVI acudió a la cita que le dejó escrita su predecesor Juan Pablo II, el Grande y que, como no podía ser menos, tenía que cumplir y que, como no podía ser menos, cumplió. ¡Vaya si cumplió!”

Así empezaba yo mi columna del 8 de enero de 2007 titulada Jo sí t’espere: 6 meses después. Ahora han pasado otros, casi, 6 meses y, por eso, es hora de hacer balance de este año de gozo que ha transcurrido desde que Benedicto XVI llegara, el 8 de julio, al altar que habían elevado sobre el puente que separa la ciudad de las Artes y de las Ciencias del Palau de les Arts Reina Sofia (apellido muy adecuado según los gustos de la Reina consorte)

Y ya ha pasado, digo, casi, un año, desde que aquello sucediera. Entonces se formó una polémica bastante fructífera para todos (por lo menos para mí porque clarificó muchas cosas) entre los que estábamos a favor de esa visita tan especial y entre aquellos que, como suele suceder siempre, tiran a todo lo que se mueva si lo que se mueve tiene que ver con la Iglesia y, sobre todo, si está implicado el Santo Padre, pues parece que eso les pone mucho y sacan esa gracia tan especial que tienen aquellos que, desconociendo un tema, se dedican a escupir sobre él por si al escupido le queda algún esputo en su cara. Y esto es lo que sucedió entonces.

Ahora, sin embargo, que parece que todo está más calmado, quizá sea conveniente decir algo sobre aquello y, sobre todo, sobre lo que ha significado, al menos para las personas que asistimos, en especial, en aquellos dos días concretos (sin olvidar lo sucedido la semana inmediata anterior) la estancia, entre nosotros, de Benedicto XVI que, pese a quien pese, es, seguramente, el líder espiritual más importante del mundo aunque no esté de moda esto ni, menos aún, lo religioso católico.


(Benedicto XVI saludando, acogiendo)


Todo esto, como sabemos, lo había iniciado Juan Pablo II Magno cuando, al decidir que fuera Valencia la sede del V Encuentro Mundial de las Familias, otorgó, a la capital de la Comunidad Valenciana, ese crucial privilegio, ese gozo, esa luz. Y cuando llegó el momento nada de lo que se predijo que sucedería fue menor sino, al contrario, mucho mayor y más provechoso para todos.


(Juan Pablo II, Pontífice que eligió a Valencia como sede del Encuentro)


Para las personas participantes en el Encuentro, tanto los voluntarios (por miles) como para los que asistimos, de una forma o de otra, a todos los actos (Feria de las Familias, Congreso Teológico-Pastoral y los dos días en los que Benedicto XVI estuvo en Valencia) algo cambió a partir de entonces. Si bien el concepto que teníamos de la familia estaba muy alejado de lo que, en general y difundido, es hoy día el proyectado desde el poder (alejamiento del concepto tradicional, divorcio a la carta, abortos al por mayor, “matrimonios” entre homosexuales y demás aportaciones de la progresía patria) de aquellos días quedó claro, al menos para nosotros, que nada podía ser igual. Se debía afianzar lo que, en verdad, es una familia, un modelo, digamos, milenario en el cual se ha basado la sociedad para avanzar hasta donde ha llegado hoy la humanidad. Ese modelo, criticado por muchos porque, con franqueza digo esto, tienen un concepto de la familia un poco aleatorio y digno de otra causa, seguirá siendo, si es que no lo impiden estos individuos que, por desgracia, aunque legítimamente, gobiernan España (y estoy seguro que no lo van a conseguir porque lo suyo es un mal sueño del que pronto despertarán) el que permite que unas personas se ayuden a otras cuando estén enfermas sin, por eso, recurrir a medidas, digamos, imaginativas, como, por ejemplo, sucede en Holanda donde la eutanasia campa por doquier; el que, a pesar de los problemas que siempre suceden en todos los matrimonios se mantiene en pie porque aplican el principio del amor y no el de la conveniencia y no se dejan arrastrar por la separación fácil y el “ahí te quedas” que es, precisamente, ejemplo del modelo equivocado de familia; el que, cuando existe un problema acude, entre otras cosas, a la oración para confortar el alma con la caricia de Dios; el que al amanecer de cada día sabe que le debe ese día al Creador y no a multitud de casualidades físicas y químicas imposibles de cuadrar todas a la vez; el que cuando nace un nuevo ser humano reconoce, en él, la mano del Padre y el que, por terminar, se sabe protegido, amparado, querido y amado por Aquel que, queriendo salvarnos, envió a su Hijo a dar su vida por nosotros y éste, queriendo hacer de la misericordia un escabel desde donde mirar al mundo no sólo perdonó a Pedro su grave ofensa sino que, al contrario, le dio las llaves del Reino de Dios y la dirección de la Esposa de Cristo, para que, con el paso de los siglos, el misterio intrínseco de aquello que ni el propio primer Papa entendiera, se haya seguido transmitiendo hasta que Joseph Ratzinger ha hecho, de su cetro, una luz que seguir.

Esta fotografía con la que acabo esta columna, muestra el sitio en el que el 8 de julio de 2006 establecimos nuestro peculiar campamento. A pesar de que estábamos muy cerca del altar, como puede verse, no podíamos ver al Santo Padre. Sin embargo eso no produjo, ni lo produce hoy, que nos dejáramos llevar por la desazón y el cabreo. Al contrario, supimos, como pasa siempre con lo cristiano, y especialmente lo católico, que a veces, es mejor permanecer a un lado, apartado de lo que puede ser bueno o preferible para disfrutar de otra forma. Y esto es, justamente, lo contrario a lo que se difunde, hoy día, con la mentalidad nihilista y subjetivista, muy propia de laicismo rampante que nos (des) gobierna.


(Foto tomada desde nuestro campamento particular)


Y es que la forma de ver las cosas es muy distinta si las miramos desde un prisma pagano o uno cristiano porque, al fin y al cabo, como dijo Jesucristo, nosotros, sus discípulos, aunque estemos en este mundo no somos de este mundo o, como dijo un santo, el de lo ordinario, para apoyar lo primero y fundamentar lo segundo, “hay que estar en el mundo pero no ser mundanos”.

Pues eso.



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