23 de juliol de 2019 23/7/19
Per José Albalat
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La aventura diaria

Cuando vamos a presenciar un partido de fútbol, al inicio cuando el árbitro hace sonar el silbato, de los veintidós jugadores siempre hay alguno que se santigua. A veces también podemos ver esta acción en el árbitro y los linieres. Cuando hay alguna sustitución de jugadores también podemos apreciar, a veces, que el jugador entrante se santigua.

Otro ejemplo son las corridas de toros. En el momento de iniciar el paseíllo, los maestros junto a sus cuadrillas se desean suerte y la mayoría se santiguan.

Es mucha gente la que tiene costumbre de santiguarse cuando va a iniciar alguna cosa, algún proyecto, aventura o está metido en alguna situación límite.

Hace falta saber si en la mayoría de los casos si esa acción sale del corazón, estando convencidos de lo que están haciendo o es pura rutina.

Observo que muchas personas se santiguan en el portal de su casa cuando van a salir a la calle. Creo que no será por dar gracia a Dios por el nuevo día. Las gracias se dan al despertarse por continuar viviendo en un nuevo día, en un día más.

Entonces cuando una persona se santigua en el portal de la casa es porque va a comenzar una aventura. Una aventura que no queremos darnos cuenta y la tenemos todos los días al andar por las calles de la ciudad.

Los vehículos, claro está, transitan por la calzada, tenemos semáforos y pasos cebra pero nunca nos fiamos de los conductores pueden tener un momento de despiste y luego es demasiado tarde. ¡Cuantos casos conocidos de muertes y lesiones por invadir un vehículo las aceras donde los peatones están en el lugar que les corresponde!

Hay que sumar también a los ladrones, rateros y los que “tiran del bolso”.

Y últimamente a los ciclistas que van por las aceras, algunos no son de fiar.

No son el único peligro los vehículos. Hay un peligro constante que siempre esta acechando a los viandantes. Me refiero a las fachadas de los edificios con sus balcones, cornisas, macetas y todos los adornos y materiales que las forman.

Llama la atención que cuando se desprende un trozo de cornisa, o un azulejos o cualquier pedazo de material de una fachada, vienen las brigadas municipales, policías y bomberos. Ponen vallas para evitar el peligro, los bomberos revisan la fachada para que no caiga nada más, se interrumpe en tráfico y menos mal que no ha pasado nada, que lo que cayó no lastimó o mató a ningún viandante.

Se podría hacer un estudio o comprobación de las fachadas que estén en mal estado o en bueno. Los dueños de las viviendas y en su caso la comunidad de vecinos deben velar por la fachada y evitar peligros. En su caso, si no se hiciera, los mismos viandantes deben denunciar al organismo que corresponda el estado de dejadez de una fachada o adornos que puedan suponer un peligro.

Siempre ocurre que se toman medidas cuando hay algún caso irreparable de desgracia. Deberíamos tomar este asunto con responsabilidad e interés. Nunca pensemos que “a mí no me ocurrirá nunca” pues una ves sales a la calle estás expuesto a cualquier peligro como los demás.

Ahora, complicando las cosas, vamos a los días de fuerte viento. En esos días no tiene porque el viento llevarse a la calle objetos de los balcones. Los dueños son responsables de que esté todo bien sujeto. Lo que hay en mal estado en las fachadas se desprende causando desperfectos en la calle siempre que no caiga sobre alguna persona. Con lo dicho de realizar un estudio de las fachadas, la mayoría de veces no ocurriría.

No estaría nada mal que cuando regresáramos a casa después de un paseo por la ciudad o pueblo, nos santiguáramos para dar la gracias de haber vuelto sanos y salvos.

El salir de casa es “una aventura diaria”. Vivimos en sociedad. Ocurrir una desgracia te puede ocurrir en cualquier parte y en cualquier momento pero no está de más que reflexionemos sobre lo expuesto.