17 d’octubre de 2019 17/10/19
Per José Luis Ramos
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Tránsfugas

La RAE define a un tránsfuga como “persona que pasa de una ideología o colectividad a otra” o “persona que con un cargo público no abandona este al separarse del partido que lo presentó como candidato”. Es decir, tránsfuga es la denominación atribuida en la política a aquellos cargos públicos que abandonan su partido, pero sin dejar el cargo que ocupan, gracias al esfuerzo de los militantes, y marca, de su partido.

En España, el trasfuguismo alcanza tal importancia que, en 1998, los partidos políticos acordaron el Pacto Antitransfuguismo. Pacto que fue ampliado y concretado en 2000 y 2006, mediante nuevas versiones, pero que según mi parecer ha devenido en papel mojado. Que yo recuerde, todos los partidos han tenido tránsfugas entre sus filas. Resulta llamativo, que el abandono de los partidos, por los cargos públicos, suele cumplir un doble requisito: que se produce cuanto el partido al que uno pertenece ya no garantiza la continuidad en el cargo que se ocupa, y que el partido al cual se pasa, ofrece mayor garantía de seguir ocupando cargo público en el futuro. No conozco casos, de cargos públicos, que abandonen su partido, sin abandonar el cargo, por uno nuevo que les ofrezca menos posibilidades de ocupar cargo, que las que le ofrecía el partido que abandonan.  Entre los casos de transfuguismo más sonados que se pueden citar está el de los diputados socialistas por la Comunidad de Madrid Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, que impidieron la elección del candidato del Partido Socialista a Presidente de la Comunidad de Madrid Rafael Simanca, facilitando la elección de Esperanza Aguirre como candidata del Partido Popular. Eduardo Zaplana despegó su carrera política al obtener la alcaldía de Benidorm, como candidato del Partido Popular, gracias al voto de una tránsfuga del PSOE, Maruja Sánchez en el año 1991.

Soy de la opinión que un Estado de Derecho, debe garantizar el derecho a la libertad de opinión. Ello incluye el derecho a cambiar de ideología y de partido cuantas veces se quiera. Además, las personas tenemos el deber de ser congruentes con nuestras propias ideas, por consiguiente, es justo y respetable que se abandone aquel partido que ya no representa nuestras ideas. Pero según mi parecer, para que el abandono de un partido, por un cargo público, tenga la apariencia de honestidad, que deben tener las actuaciones, de todas nuestras autoridades, se tendrían que dar los siguientes requisitos:

Primero, dimisión del cargo que se ocupa, y dejarlo a disposición del partido por el cual se obtuvo.

Segundo, no ocupar nuevo cargo público, u ocupación con cargo al erario público, en representación, o por designación, del nuevo partido.

Tercero, no ocupar puestos de la máxima dirección, en el nuevo partido.

Es decir, todas las personas tenemos derecho a cambiar de partido. Pero quien quiera que yo me quiera creer que su conversión ideológica es honesta, cuando abandone su partido, que se deje su cargo, se afilie como una persona más y empiece a militar desde la base, como hacen la mayoría de las personas. Y, si por el paso del tiempo, con el apoyo mayoritario, de las personas que ocupen los órganos del partido por los que vayan pasando, consigue de nuevo llegar a ocupar cargo público, o un puesto relevante en la dirección de su nuevo partido, habrá que felicitarte. Pero si resulta, que se deja el partido cuando su partido le niega la posibilidad de continuar en cargo público, y pocas horas después, aparece con cargo asegurado, en las filas de un nuevo partido, como en su día hizo Rosa Diez, y hace pocos días Soraya Rodríguez, pensaré que huele a podrido. En ambos casos se abandonó el PSOE, para irse a UPyD, la primera y a Ciudadanos la segunda. Por cierto, si mal huele cambiar de partido para seguir ocupando cargo público, no huele mejor el partido que los acoge.

No sé si podría ser la solución, pero el Tribunal Supremo de Brasil consagró el principio de “fidelidad Partidista”, de acuerdo al mismo todos los elegidos en nombre de un partido están obligados a mantenerse en el mismo mientras ostenten el cargo.

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