18 d’agost de 2019 18/8/19
Per Vicent Albaro
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Vacaciones de agosto

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Vacaciones de agosto- (foto 1)

Llega Agosto como un éxodo estacional que hace moverse al personal. La masa humana se mueve de un lugar a otro cambiando de horizontes y de paisaje. A dónde va la gente solo ella lo sabe, pero la prueba irrefutable de este fenómeno es que el pueblo se queda solo. Así que la primera afirmación que se me ocurre es que no somos un pueblo turístico, de lo contrario se llenarían nuestras calles de gentes venidas de otros lares. Aquí no es que no se llenen, es que se vacían de los propios vecinos y residentes. Prueba irrefutable es el aparcamiento de nuestra finca, dónde solo reposan la noche dos vehículos, cuando lo normal son más de veinte autos. Y los tristes domingos que por norma son muy solitarios, en agosto parecen desiertos. Ya no se ven ni paseantes caninos que deben haber emigrado a otros lares a dejar sus restos orgánicos de aspecto vomitivo.

Yo participé en una loable iniciativa del ayuntamiento hace tiempo, se trataba de poner en valor los recursos turísticos de la población. Por allí pasaron muchos convocados dando ideas o promocionando sus propias inquietudes sobre el tema. No sé en que quedó la cosa ni si hay alguna conclusión que permita reconducir el asunto, que haga florecer nuevas expectativas de cara al futuro. Pero visto lo visto, largo me lo fiais. Y no es que quiera ser gafe ni inoportuno, pues lo que haga mejorar mi entorno vital es bueno para todos, servidor inclusive, pero revertir las querencias es muy difícil y complicado. Y siempre que toco este tema, me vienen a la memoria las palabras de un conocido que ya duerme el sueño de los justos y que decían, lo que muchos dicen con la boca pequeña: “Alcora es un pueblo solo para trabajar”. ¿Y después? Con la frase por terminar no hay que ser muy listo para completarla, y después…”marcha”. A otro sitio claro.

Como entiendo que ya habrá sesudos retorciendo las meninges sobre el asunto que ocupa, a los de mi edad que andamos pasados los sesenta y ya no nos mueven demasiado los jolgorios ni las bulerías, esta calma estival es como una bendición reparadora para lo que se avecina a final de mes, cuando estalle la primera carcasa. Porque las calles tienen ahora menos ruidos de motor, los parques solitarios, el aparcamiento es más fácil y casi, casi, el ascensor llega a categoría de  privado.

Por el contrario, hay un lugar donde no se nota la vaciedad social del entorno, y es en la huerta. Allí se mueven los paisanos con rutinaria puntualidad, eso sí, obviando las horas centrales de calor, regando las hortalizas que ahora se muestran generosas en su producción. Esa recolección lleva intrínseca el título de medicinal con un tomate a gusto de tomate, o pimientos, cebollas y pepinos para preparar una rica ensalada de verano, aliñada con aceite de oliva de la despensa otoñal. Y el colmo es aquel bancal que alberga buenos melones y sandías que se desparraman entre los hierbajos que le sirven de almohada y mimetismo anti robo.

Aunque me gusta retrotraerme al pasado reciente, en esta ocasión no lo haré, porque los huertanos siguen estando activos en las granjas, las huertas y los “masets” del término para recoger el fruto de su constante trabajo silencioso y callado. Ofrecer estos productos a la familia es un goce solo parecido, al que se siente pregonando sus virtudes ecológicas, que lo diferencian del comercio generalista al uso. Estos agricultores modestos y caseros, son lo más parecido a sus predecesores de hace décadas. Solo cambia su indumentaria, pues antaño lucían sombrero de paja y ropas un tanto andrajosas, mientras hoy visten ropa de marca, camisetas de colorines y gorra publicitaria. Ataban las matas con esparto machacado y ahora utilizan finas tiras de plástico mucho más baratas y eficaces.

Tengo claro por experiencia que ninguno de estos personajes hace vacaciones en agosto. No porque no puedan ya que la mayoría son jubilados, jóvenes en paro, o simplemente virtuosos del asunto. Simplemente no pueden abandonar la plantación en su época cumbre: la producción. Y siento que ni siquiera la buscan, porque conozco casos de gentes de esta condición marchar de veraneo, y volver raudos porque no saben ni pueden estarse quietos, ni tirados a la bartola. Son sin duda gentes especiales y en peligro de extinción. Yo trajino ese mundo como buenamente puedo. Más por nostalgia y recreación que por resultados. Mi huerta es muy poca cosa comparada con la de mis vecinos. Pero entre ellos me siento bien, cómodo y reconfortado.

Aprendo siempre que puedo de su sabiduría ancestral, que no saben que la tienen. Por eso la muestran con esa franqueza y gentileza propia de las gentes de buen corazón.  Gentes de otros tiempos más fraternales pues aquí igual se comparte un plantel de cebolla o de lechuga, como el producto final. O una técnica de abono natural experimentada o de eliminación de malas yerbas. Sin ir más lejos, el otro día me contaba el Chimo, vecino de arriba, que debía de embolsar la semilla de lechuga para hacer plantel el año próximo. Pues un bando de jilgueros estaba picoteando la floración y me dejarían sin labor. Mira por donde observé al cabo de unos días que dos nidadas de jóvenes jilgueros con sus padres, revoloteaban sobre las matas de lechuga.

Y pensé para mis adentros, de diez matas guardaré tres y dejaré el resto para que los jilguerillos sobrevivan. Pensado y hecho. Ya liquidaron en julio las alcachofas de las pencas sus padres para criarlos, ahora que aprendan ellos a procurarse el sustento. Como lo hacen los jóvenes mirlos que me limpian algún tomate “cherry”, pero también las babosas y otros insectos nocivos. O el alcaudón que persigue saltamontes y lagartijas por el bancal yermo. Un desdeñado parañero como yo, tiene un pacto hecho con estos vecinos huertanos que le dan vida a este entorno mágico. Yo te respeto y tú me limpias el huerto. Este pacto lo he extendido hasta los gorriones que me devoran las parras, pero ahora me necesitan porque los han expulsado del pueblo. Igual que las golondrinas que me robaban pedacitos de tierra húmeda para sus nidos.

Son una recreación de mis vacaciones del verano, cuando de niño me bañaba en la Fuente Nueva, y también iba con los abuelos al “hortet” de la Balsa la Vila a recoger tomates y de paso buscaba lombrices para pescar barbos en el río. Ya no me puedo bañar en la Fuente Nueva ni pescar barbos, está todo seco. Pero puedo oler la fragancia de las tomateras, gozar de sus encendidos colores, del aroma a tierra regada a última hora de la tarde, cuando salen a chillar los vencejos noveles. Ver los jilgueros jóvenes con sus alas doradas sobrevolar las matas de lechuga en flor. O el mirlo, volar raso como una flecha entre las barracas de judiones. Es lo más cerca que puedo estar de mis vacaciones de agosto de hace cincuenta y tantos años. Lo más cerca que puedo estar de todo lo que he querido y que el progreso me ha robado.  

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