21 de juliol de 2019 21/7/19
Per Vicent Albaro
Camins de l´Alcora - RSS

Tierra de poetas

FOTOS
Tierra de poetas- (foto 1)
Tierra de poetas- (foto 2)
Tierra de poetas- (foto 3)

La sensibilidad es un don que te da Dios y lo tienes o no lo tienes. Es como la voz al canto, por más que uno se empeñe si no hay facultades líricas, los gorgoritos desafinados pueden ser un estropicio monumental. Para escribir poesía aparte de cierta técnica, que la hay, es absolutamente necesario poseer un alma sensible, capaz de traspasar lo tangible hasta alcanzar una perspectiva casi etérea y espiritual. Para el común de los mortales, un árbol seco es una magnífica oportunidad de cortar leña para el hogar. Sin embargo para el poeta, es una evocación de lo que un día fue. Pletórico de vida con fragancias y hojas acorazonadas de verde esmeralda, refugio de pájaros cantores, aunque también refleje la parte material del uso de su tronca. Léase a Antonio Machado en su poema: “A un Olmo seco”.

La poesía forma parte de la vida. Para muchas personas una vida sin poesía, es más pobre y triste. Huérfana de emociones, que son el resorte que nos empuja y mantiene vivos. Aflorar sentimientos medidos en versos es un arte, que a modo de saeta penetra en los corazones. Hasta en los más rudos y zafios pueden hacer mella, palabras dichas en su justo punto y hora. Porque la poesía siempre es belleza, la hay de todos los colores y gustos. Nos puede agradar la de exaltación que enaltece nuestro entorno y realidad más inmediata. Nos conmueve la que a modo de epitafio, recuerda a personas fallecidas: “Elegía a Ramón Sijé” de Miguel Hernández es un buen ejemplo. En otras ocasiones es un aldabonazo a nuestras conciencias relajadas, cuando los versos narran una realidad social injusta, que alerta a remediar. O la religiosa, de profunda espiritualidad como reflejaran nuestros místicos: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. En definitiva, la poesía no es solo un compendio de rimas edulcoradas más o menos ligadas, de agasajo o crítica popular a un destinatario, evento o circunstancia, la poesía es tan grandiosa e infinita, como lo es la capacidad de amar, sentir y pensar de la condición humana.   

Y todo es poesía, la versada y la prosística. Pero como en la música, que es hermana de las Artes en mayúscula, la hay buena y mala. Fácil de entender y compleja en su interpretación y significado. Sencilla y barroca, dulce y amarga. Amorosa y despechada. En definitiva, una prolongación de las pasiones humanas registradas en un papel, con una métrica ortodoxa o libre, con el estilo propio de cada autor y sus luces innatas. Porque la gran pregunta sería, ¿el poeta nace o se hace? En mi modesta opinión son las dos cosas, pues como decía el clásico, la inspiración te tiene que pillar trabajando o al menos con los resortes de captación engrasados. No sé a estas alturas, si esta crónica acabará en la papelera, ya llevo tres desde la última publicada, porque a veces uno tiene la sensación de escribir para nada. De abrir las puertas de par en par y esperar a que algún viandante, pare y entre a compartir inquietudes y aconteceres. Y la mayoría de las veces la calle está vacía, y la parada y fonda más solitaria que los pueblos de la España rural. Pero siempre queda la esperanza de que al menos, aunque solo fuera uno, acoja el texto en su seno y saque provecho de él.

No están los tiempos para la lectura sosegada, sino más bien para el titular corto y estridente aunque el texto sea un esperpento. Es lo que hay. Pero no puedes resignarte a que tanta mediocridad sectaria e ignorante, se apodere de todo, lo manosee y lo rebaje a cotas de inepcia supina. Si titulo este artículo: Tierra de poetas, es porque es una certera realidad. Los versos inundan nuestras más puras enseñas populares en forma de Albadas, Trobos, Jotas, Seguidillas, Fandangos, Cantos de batre y otros. Los versos inundan capillitas callejeras a nuestros Santos, Cristos y Vírgenes, y excelsos patronos, con  estrofas devocionales en los gozos de las ermitas, y hasta de fuentes montaraces y rincones perdidos. El verso pretende ensalzar desde lo rutinario hasta lo sublime, darle carta de representatividad e identidad comunitaria. Ya desde Homero y Virgilio en la más remota antigüedad hasta el día de hoy, los versos nos han acompañado desde la cuna al sepulcro en forma bienvenida o de epitafio. 

Pero la poesía tiene un gran enemigo, aparte del desprecio del iletrado. Y es, que no se valora y como consecuencia, no se paga. Nadie vive de la poesía, a lo sumo, a la muerte del poeta sus descendientes pueden gozar de una mínima compensación, si es de gran talla y los derechos de autor han quedado registrados. Porque siempre hay alguno que te roba la idea, el verso, el poema y el libro entero. Y lagarto…lagarto. Hay canciones inmensas y enormes que todo el mundo tararea, la gente conoce al cantante o al compositor musical, pero muy pocos saben quien escribió aquella letra. ¿Para qué? Es como en mi pueblo, realizan una velada musical con poetas y en programa salen nominados todos los grupos musicales, hasta el presentador, pero los poetas son anónimos. Para muestra un botón. ¿Cómo va a haber poetas? Ni cobran, ni se les reconoce su sacrificado y silencioso esfuerzo. Con estos mimbres y al precio que están las vocaciones, esto se acaba.

De niño, en la escuela aprendíamos los versos de los Machado, Antonio y  Manuel. “Una tarde parda y fría. Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales. Es la clase”. “Polvo, sudor y hierro, por la dura estepa castellana, el Cid cabalga”  “Y el verde que te quiero verde”, o el llanto por Sanchez Mejías de Federico García Lorca, la lírica sublime de Luis Cernuda, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, etc. la mayoría del bando perdedor en la guerra con triste sino vital, estudiados en la época de Franco. ¿Suena raro? Pues es verdad. Tanto en la primaria como en el bachillerato del plan del 57, aún vivía el caudillo pero sus ministros tecnócratas eran ya muy modernos. En clase de lengua y literatura nos empachamos de poesía de la buena, y de la afición a leerla celebrando cada descubrimiento novedoso y ameno a vuelta de página. Por eso no era de extrañar que después pasaras a leer los poetas cercanos, que te narraban historias de casa. Con el hábito de lectura adquirido, era muy fácil comprender a Ernesto Nebot,  Cristóbal Bachero, Vicente Granell, Vicente Mallol, Joaquín Amorós, Enrique Moliner, Conrado Font, Soleriestruch, etc. y los de la plana Bernat Artola y Miquel Peris.   Y a partir de ahí otros muchos que no me caben en este artículo que se resiste todavía a ir a la papelera.

Hace pocos días fallecía otro grande: Manuel Alcántara, e hice la prueba, la misma que cuando feneció José Hierro. Saber su popularidad. El cuestionado me soltó entonces que si era un jugador del Real Madrid. El de ahora, que si era de la serie de TVE Cuéntame. Definitivamente, no hay remedio. Estamos en tierra de poetas, muertos y olvidados. Y no hay más, por duro que parezca. Por ello termino con unos versos del gran poeta malagueño, que de paso hago míos:

Cuando termine la muerte,
si dicen: ¡A levantarse!,
a mí que no me despierten.

Que yo me conformo siempre
y una vez acostumbrado
a mí que no me despierten.