20 d’octubre de 2019 20/10/19
Per Vicent Albaro
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Graduación en la Salle

    Habrá muchos, estoy seguro, que no distinguirán salesianos de lasalianos, y son los últimos, los maestros religiosos fundados por San Juan Bautista de la Salle, quienes desde 1929, imparten clases en un imponente edificio que antaño, se elevaba airoso sobre los tejados de las casas del barrio.

    Escribo esto mientras una sarta de berridos continuados e ininteligibles, sobresalen de unas notas ¿musicales? estridentes, sin mayor armonía y con el “chunda chunda” de rigor incorporado, machacando en esta calurosa tarde mis pobres oídos que ya no están para muchas chorradas, y cada día menos. Así que escribo mientras el Bestialc –el nombre lo dice todo- , se desarrolla en la cercana Pista Jardín sobre el césped cubierto por la arboleda, sin usar un magnífico escenario fijo que hay en el recinto, otra incomprensión más al archivo del absurdo. 

    Vuelvo al patio de la Salle donde hace escasos días asistí al acto de graduación de la clase de mi nieta. El escenario fue la magnífica puerta de entrada, con una arcada estriada descomunal decorando el fondo y allí se sucedieron: parlamentos, consignas, agradecimientos, músicas, entrega de diplomas con gorrito y banda pectoral, muy al uso yanki de tantas películas como nos hemos chupado los de mi generación. Un público devoto entre padres, abuelos, demás familiares y amigos, aplaudimos a aquellos mocosos de apenas seis años, en todo el proceso de conclusión y fin del curso.

    Un servidor estudió en ese colegio sus primeras letras. A un servidor le costó mucho reconocer a su colegio. Ya no solo porque el casalicio ha quedado casi engullido por los altaneros edificios colindantes, sino porque los mismos patios y el ambiente reinante, no tienen nada que ver con aquellos dulces años de finales de los sesenta. ¿Dónde están los pinos? Aquellos imponentes y majestuosos pinos con una sombra salvífica los días de verano, refugio de miles y miles de gorriones en sus correrías para dormir. Y los patios de hoy, impolutos, limpios como un culo de mono, sin pinocha ni restos de resina, sin migajas de pan, ni oquedades del “gua” para las canicas. Y todo pintado de gris…el gris es el color de los tiempos que nos toca vivir, anodino, amorfo, apático, insulso, vamos el traje gris de toda la vida para salir de cualquier apuro, sin vida ni entusiasmo.

    Pero lo más gordo del asunto… ¿Dónde estaban los hermanos? Es que no vi a ninguno con su sotana negra y la corbata blanca característica. Los profesores estaban, faltaría más… ellos y ellas, pero los hermanos debían de estar, aportando esa presencia imponente del Instituto la Salle. Porque la Salle en Alcora no es solamente un colegio más, es el Oxford y Cambridge de muchas generaciones, cuando el pueblo era un erial cultural, es la cátedra de muchos hijos de esta tierra que les dio base para enfrentarse a la vida. Los hermanos han de estar, sí señor, con su uniforme de reglamento, con esa figura imponente, no por altanera ni distinguida, sino por humilde, sacrificada, honrada y trabajadora con los niños. ¡Que en mis tiempos vivían casi de la caridad de los vecinos! Y se entregaban a la enseñanza en cuerpo y alma, los diarios, sábados, domingos y fiestas de guardar. Que el colegio y sus patios eran nuestra segunda casa…ese colegio lo fue todo para propios y extraños.

    Acabado el acto de Graduación, nos sirvieron un tentempié en el patio trasero donde se jugaba al fútbol por la tarde, antes de entrar a las clases, una legión contra otra, oséase…medio colegio contra el otro medio, empujando una pelota de portería a portería, épico. En ese recinto también hacían cine de verano, y esa máquina de ilusiones de aquel tiempo nos envolvía a todos, porque entonces el cine lo era todo. Por un momento cerré los ojos y escuche a la chiquillería actual, correr y gritar en sus juegos de ahora, el griterío era el mismo solo que bajo unas moreras estériles de fruto, en crecimiento.

    Retrocedí cincuenta años cuando el tiempo de los grandes pinos, que la mitad se derribaron con grandes cuerdas para construir la cancha de baloncesto. “Alabí, alabá, alabista está, la Salle, la Salle y nadie más” este sonsonete nos lo sabíamos todos. Y en este lugar del patio trasero, en el día de la fiesta de los Antiguos Alumnos, se celebraba la comida después del partido, la misa y la procesión con San Juan Bautista de la Salle. Aquellos chiquillos del pantalón corto y los mocos colgando, nos atiborrábamos de los restos de los botellines de Stark Turia, Mirinda, Fanta y Coca cola. A morro y todos a una, sin ascos ni temor. Con un par. Mientras los gorriones miraban desde las ventanas, listos para dar cuenta de las migajas del suelo, para alimentar a la prole que anidaba bajo las tejas.

    Miré, observé y recordé. Miré en el mismo escenario que compartí con mis amigos de entonces, como lo hizo mi hijo, y ahora mi nieta. Observé lo mucho que ha cambiado todo, para comprobar que aquello ya no volverá. Y recordé lo felices que llegamos a ser, en este bendito lugar de juegos y estudio.  Doce años de mi vida le dediqué a la Junta de Antiguos Alumnos, junto al director de entonces el Hno. Gregorio Juste y otros muchos amigos que compartimos juntas y asambleas. Cabalgata de reyes, cine, diadas, deportes, etc. actividades hasta no parar.

    Luego la vida te trastea, desapareces y tus campos de batallas son otros y lejanos. Pero mucho amor tuvo que haber en ese hogar lasaliano, para al entrar en el recinto y cerrar los ojos, una cascada de sentimientos me embargara hasta humedecerme los ojos, mientras mi nieta recibía su graduación, toda ufana y contenta junto a sus padres.

    Acabo de hacer una pausa, siguen los berridos provenientes de la Pista, y mi mujer me acaba de amonestar por lo de los hermanos presentes en el acto, sí que estuvieron y quizás yo no los vi. O iban de paisano y se mimetizaron con el resto del público. Claro, si es que no había caído. Es que…con estos que andan mandando hoy en día, y machacando a todo lo que huela religión católica, hay que ir con cuidado que te dan la patada y te quedas sin ayudas. Claro, claro, esto es una democracia, donde imperan la igualdad y la libertad… ¿Mande?

     1 comentari
    Vicent Bosch i Paús
    Vicent Bosch i Paús
    18/06/2018 04:06
    Tot el "Made in USA" sembla excel·lent.

    Graduacions? Hallowing o com s'escriga? A copiar i a més tenen un èxit fabulós. Jo tingué la sort d'anar a les monges en la meua infància, després un curs als "hermanos" i acabí amb els mestres. Per desgràcia no em van encaminar a Tarragona. Tinc un amic que va acabar fart de tants rosaris, sabatines, oracions; misses compulsòries i passant llista el dilluns... Als mestres també jugàvem. Ara els patis semblen més presons amb uns murs ben alts.

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