18 d’agost de 2019 18/8/19
Per Vicent Albaro
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La España vaciada

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La España vaciada- (foto 1)

Ya lleva tiempo en los medios el eslogan de la España vaciada. Ese que habla de los pueblos que se vacían de habitantes y se mueren de abandono y soledad. Es ahora en los últimos tiempos cuando más énfasis se le pone al asunto, como si fuera a acabarse el mundo, haciendo gala una vez más de la maleada sentencia: Aquello que no dan los medios de comunicación manipulados y manipuladores, no existe. Y así parece ser, que de la noche a la mañana los pueblos se están muriendo de gentes que se van. Que buscan otros horizontes lejanos del solar donde vieron la primera luz. Pues no, aunque lo cacareen las teles. No es nada nuevo este fenómeno. Ya hace tiempo que los pueblos se mueren, las casas se caen y sus moradores volaron lejos. En nuestras comarcas tuvimos hace medio siglo el primer envite de esta desgracia con el éxodo de los masoveros. Y nuestro Belchite particular era y es, las masías del Rogle en la pedanía de Araya.

La España vaciada de la que hablarán sesudos intelectuales de todo pelaje, comenzó hace muchísimos años en el entorno local, provincial, regional, y nacional. El de ahora es más doloroso porque es el del remate final. Es el último. Todos los que emigraron a buscar trabajo en las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta, dejando atrás sus casas natalicias, pensaron volver algún día y las mantuvieron en buen estado de conservación. Por morriña o sentimentalismo a la patria chica. Por lo que fuera. Pero éstos volvían al pueblo. Y los mismos que retornaron junto a los que decidieron quedarse, son los que se mueren ahora y con ellos la casa y el pueblo. Ya no hay relevo porque sus hijos nacieron capitalinos, con costumbres diferentes más holgadas (al niño/a que no le falte de ná), estudiaron o tuvieron más posibilidades que los viejos, y a éstos niños que crecieron con los Payasos de la Tele y la muerte de Chanquete, no los arranca del asfalto y sus bondades, ni la madre que los parió.

Es tan dramático este proceso, que resulta imposible desgranar en un artículo breve. Podemos quizás esbozarlo de forma incompleta. Pues el espejo roto de las masías de nuestro interior, es idéntico al de numerosos pueblos de las provincias afectadas por el abandono rural. Soria, Cuenca, Guadalajara, Teruel, etc. y obedece ya no solo a razones económicas como en su día lejano, sino también a aspectos culturales y al maldito estatus del ego hedonista del siglo XXI, que nos va a llevar a la perdición total. Abandonaron las masías porque en los pueblos se vivía mejor, abandonaron los pueblos porque en las ciudades se vivía mejor. Pero volvían al pueblo por fiestas, así que mientras la masía se caía a pedazos y era colonizada por las zarzas, o era saqueada por gente de todo pelaje, la del pueblo conservaba todo su esplendor añejo como reflejo del nuevo estatus adquirido. Vamos, había que hacer ver que al triunfador Paquito, le iban bien las cosas en la capital y se gasta sus buenos duros en la casa familiar.

Las razones económicas son mejor entendibles que las culturales. Esa cultura rural que los viejos se llevaron lejos y no supieron, o no pudieron trasmitir a sus descendientes. Esa tragedia cultural y etnográfica, ya es irrecuperable por más que alguno se empeñe. Siglos de vida familiar y social a la intemperie entre las masías, los bancales, la era, el corral, la huerta y todo el bestiario necesario para vivir, no caben en ningún tomo de supervivencia del agricultor autosuficiente. Es una forma de vida que ha muerto con todos sus  protagonistas dentro. Nuestros montes son un inabarcable cementerio. Hay muchos aprendices de notario y arqueólogo, que andan rebuscan entre los restos con machacona añoranza que no lleva a ninguna parte, salvo a alguna golosa subvención para recrear un aula temática para turistas ñoños y poco más. Algunos sueñan e inspiran a otros a volver a las masías,  pero ellos están en cómodos casoplones delante del teclado del ordenador, el aire acondicionado y las Higas de Internet. Así mi abuela. No he visto todavía  a estos falsos profetas, restaurar ninguna masía ni mucho menos los campos que la rodean. Al contrario, cada vez que paso por el Rogle hay más ruinas y maleza. Ni te cuento otros edificios con peor acceso.

Hoy lo único que funciona, o al menos así era no hace mucho, es el hotelito rural con todas las comodidades capitalinas para mayor gloria del cliente hambriento de paisajes verdes e indumentaria de coronel tapioca. O la restauración de platos típicos a modo de sorbetes de las bondades lugareñas. No es una crítica sino un espejo de la realidad. Y este fenómeno no es nuevo, si ahora se pretende facilitar la cobertura de internet a las zonas deprimidas, ya se materializaron las escuelas rurales a principios de siglo XX y la gente siguió huyendo de las masías, por lo que entiendo que el fenómeno es mucho más complejo que todo eso. En el mundo rural que conocemos hasta hoy, la subsistencia se ciñe a la agricultura y la ganadería. Dos gremios en decadencia por el fenómeno de la globalización que aplasta las pequeñas explotaciones. Y si los secanos son una ruina, el naranjal que gozaba de las bondades de salida al mercado en mejores condiciones, ha entrado en barrena hace lustros.

El poder de decisión se ejecuta desde las grandes urbes que engloban al 80% de la población, y deciden la vida del otro 20% y no siempre acertadas, más bien al contrario. Hay demasiado intervencionismo de todo tipo contra los habitantes del “ager”, que siempre ha sido el pariente pobre de la sociedad. Pero antaño al menos, les dejaban vivir. Hoy ni eso, el ecologismo doctrinario va a por ellos. La gente odia la agricultura en su vertiente profesional, pues no es comprensible como en zonas con el 30 % de paro, no haya mano de obra para cosechar y se contraten extranjeros. O quizás nos hemos vuelto tan señoritos que hay labores que producen urticaria. ¿Dónde está la solución? Lo que le dije a un paisano de la huerta comentando este asunto. Hay mucha gente cobrando fortunas del erario público, bien colocados con estudios y medios técnicos y humanos.  Ellos si se quieren aplicar,  pueden tener una visión más amplia del fenómeno y fruto de esos conocimientos, darle una solución. El resto es un brindis al sol. Al menos así lo ve este cronista de pueblo.

La España vaciada aún se vaciará más, y harán falta muchos cambios y sinsabores para un retorno, hoy por hoy, imposible. No hace mucho, he leído varios libros sobre el tema que recomiendo a mis queridos lectores. Uno es: “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares. Habla de la epopeya del los últimos habitantes de una aldea del Pirineo aragonés llamada Ainelle. Un dramático periplo bien narrado por el autor con final aterrador,  de una ternura poética mayúscula y una prosa soberbia que te atrapa desde el comienzo. Después, uno de Paco Cerdá: “Los últimos”, donde realiza un recorrido bien documentado de las provincias más despobladas de España, lo que él denomina…”un viaje al corazón de las tinieblas”.  Y, “La España vacía” magnífico ensayo de Sergio del Molino que debería ser de lectura obligada en escuelas e institutos.

Y casi termino con una frase de las “Hojas amarillas”: Como arena, el silencio sepultará las casas. Como arena, las casas se desmoronarán. Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos. Ahogados por el viento y la vegetación.

Y acabo con un prefacio capitular de: “Los últimos” que narra perfectamente el origen de este desastre. “A colocarse, y el que no esté colocado, que se coloque y al loro”. (Tierno Galván, 1984). Sobran comentarios, a buen entendedor…

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