11 de desembre de 2019 11/12/19
Per Vicent Albaro
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Cuarenta años de la Hermandad del Cristo

    Fue el historiador y cronista José Manuel Puchol, en su pulcra y metódica pasión por dar fe de los hechos acontecidos, quien me recordó el evento. El cuarenta aniversario de la Hermandad del Santísimo Cristo del Calvario de Alcora. Ha llovido mucho desde entonces y han pasado otras muchas cosas, buenas, malas y regulares… desde aquella primavera de 1976. La ya lejana Semana Santa del 76, cuando un grupo de jóvenes ataviados con túnica negra de luto, fajín y capirote beige -como el paño de pureza de nuestro Cristo-, bordada una cruz asaetada en verde esperanza en el antifaz, irrumpía con una fuerza inusitada en aquella procesión del santo entierro, llevando al Cristo alzado en bandolera, con dos niños portando las cintas a ambos lados. ¡Qué recuerdos!

    Porque el nacimiento de esta hermandad fue fruto del amor. El amor a una tierra, un pueblo, a la tradición, a la amistad, a la mujer y por encima de todo y de todos, a nuestro Cristo. Y no fue fruto de la casualidad ni de una espontánea ocurrencia, sino más bien todo lo contrario. Dos años de asociacionismo parroquial, con sede en el viejo colegio de la Consolación, lugar donde nos reuníamos chicos y chicas con inquietudes y un sutil toque de rebeldía. No eran tiempos propicios para el asociacionismo de ningún tipo. Fueron tiempos fructíferos para aquel grupo joven y mixto. Charlas, viajes, conferencias, convivencias y aquello que la época y ocasión permitieran. Así nació la Hermandad del Cristo, tras un rodaje de dos años en la asociación que llevaba el mismo nombre.

    Y no todos se apuntaron al comienzo, algunos chicos prefirieron colaborar al margen y allí estuvieron. A las chicas no se les dio opción, la cofradía no podía ser mixta. Aún con ciertas prebendas de autonomía grupal, regía muy mucho la influencia familiar y la oposición a las chicas fue definitiva. Cosa a todas luces incomprensible con los planteamientos de hoy, entonces las cosas eran diferentes. Mucho. Ellas estaban siempre detrás en muchas cosas, hasta que nació la Cofradía de la Virgen de los Dolores, toda ella femenina; se vengaron con sumo gusto de la discriminación sufrida, pero esa es otra historia.

    Durante ese invierno fueron múltiples los viajes a Villarreal para terminar los trajes con la modista Pilar Sempere. Mi tocayo Vicente Nomdedeu Lluesma, intimamos en el verano de 1974, juntos iniciamos esta aventura en las fiestas de la plaza de la Sangre, sentados cerca del portal de Marco. Acabadas las vacaciones marchaba a la Salle de Paterna y me dejaba la bugada suya que junto a la mía, asfixiaba mi tiempo libre hilando las entretelas cofrades. Pepe Membrado –el cura de entonces- nos subrayó en la hoja parroquial, éramos trece en el inicio, -ellos ya saben quienes son no hace falta nombrarlos-, trece como los de la fama de Cortés, como los peregrinos de Useras y los de Alcora, trece jóvenes y algunos casi niños que formamos ese año, delante de todos casi en la periferia por ser novatos en la cuestión. Membrado nos arropó mucho, no lo olvidaré nunca, como si de un capataz de trono andaluz se tratara, mostraba su empeño con ese grito de arenga celeste, el: “Ánimo valientes, al cielo con él”, con el Cristo claro.

    De negro con el capirote claro y un cirio en la mano, trece almas benditas en dos filas menos tres, uno que llevaba el Cristo en alzas con un correaje y dos niños a las cintas de la cruz. La imagen era la de la capilla de la comunión, la que saca el alcalde por la puerta de la iglesia en la fiesta mayor. La hermandad seguía los pasos de la asociación, se reunía periódicamente y levantaba acta de aquello más relevante. La aparición de aquellos jóvenes no pasó desapercibida al resto de cofradías, bueno una solo: la del Sepulcro con vestas negras y moradas juntos.

    A partir del año siguiente comenzamos una actividad frenética, recuperar la procesión de las tres caídas al Calvario con un Jesús vivo como se hacía en los años cuarenta. El traslado del Cristo del Calvario a la Iglesia el viernes, ya teníamos dos procesiones en el cuerpo más la del entierro suman tres. Las dos primeras en la más absoluta soledad. Cristóbal Castells Forés, primo segundo mío fue el primer nazareno y Manolo Miralles Portolés miembro de la Hermandad, su Cirineo. Tratando con Felisa la escolana, con diplomacia y no menos delicadeza, rebuscando por arcones viejos de la sacristía apareció un viejo manto del sol y la luna que le venía al Cristo, ni que pintado. Permisos de rigor y manto a la cruz. Y sacar el Resucitado en la procesión del Encuentro, porque se quedó sin costaleros.

    Rebuscando en el libro de actas, existe una bastante curiosa sobre una acalorada discusión del color que sería la capa del futuro. Tres ponencias defendidas por tres hermanos. Una verde, otra beige y otra roja. Al final se impuso la tesis de la roja como simbolismo de la sangre derramada en la cruz. Los años fueron pasando con fulminante rapidez, la hermandad creció en número y actos de toda relevancia. El Cristo pasó de llevarlo en brazos a una peana prestada por la Caja Rural, obteniendo la categoría de paso, y elevarse en altura con decoración floral incluida, al Sepulcro y a la Dolorosa. Lirios morados y blancos, silvestres, recogidos de las cunetas de la carretera. Era lo mejor que le podíamos ofrecer a nuestro Cristo, no teníamos ni un duro, el presupuesto se nos iba con la cera. Los hachones de cerería Arrufat, siempre nos dejaban temblando.

    Un año contratamos tambores y cornetas, ante la desmañada solemnidad que sufría aquella procesión tan parca. Al poco tiempo le pedí a un joven estudiante de medicina, hermano apasionado de la semana santa, si tocaría el tambor para que nuestros solitarios desfiles fueran al menos, pregonados y alertados. Me dijo que no sabía nada de tambores, yo le insistí en el empeño, y me hizo caso. Ese estudiante es hoy, el Dr. José Luis Esteban. Siguieron pasando los años y me hice mayor, con niños y obligaciones profesionales, por ello dejé los cargos de la Hermandad del Cristo. Llegaron otros y continuaron el camino. Han llegado lejos en el mundo cofrade. Ya les perdí la pista hace años, Dios me llamó por otros rumbos. Pero les observo desde la distancia y pienso que cada cual es fruto de su tiempo, del que le ha tocado vivir.

    Nosotros iniciamos aquello cuando no había nada, y nada es nada. Le dimos cuerpo y forma, vitalidad y complicidad anímica. La “Cofradía” era lugar de encuentro, amistad y recogimiento. Muchos nos dejamos la piel en ello, las horas libres de ocio y algún que otro disgusto. Recordar esos cuarenta años me enardece, porque me devuelve a unos tiempos de valentía, coraje, entusiasmo y franca camaradería. Me devuelve a los veinte años de mi vida, joven, alocado y fuertote, pero también amigo, fiel y sensible. Y aún y con todo, seguro que volvería a hacerlo, y pienso que mi tocayo -a quien respeté siempre y por él me siento respetado,- sentado en la acera de la plaza de la Sangre, diría medio en serio medio en broma: ¡Venga, vamos a hacer una cofradía! , y que no quede por nosotros la cosa.

     2 comentaris
    Cofrare
    Cofrare
    23/03/2016 09:03
    Bajo Aragon

    Els bombos que dius, vingueren molt despres del que es compte en esta historia.

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